El sistema de la violencia
Mohammed Merah, el terrorista abatido la semana pasada en Toulouse, fue un producto propio de una civilización dislocada, que parece marchar de retorno a la barbarie.
Mohammed Merah, asesino de tres soldados franceses de origen magrebí, de un profesor y de tres niños judíos, no puede ni debe ser utilizado para infamar a una religión ni una raza (un concepto absurdamente vigente, porque el mapa del genoma humano ha demostrado que las diferencias biológicas entre las supuestas razas no superan el 0,01 por ciento).
El horror de los genocidios se explica por esas presuntas diferencias raciales, que generan monstruos como el nazismo cuando se revisten de cientificismo.
Merah era ciudadano francés, nacido en el hexágono y segregado por la comunidad francesa por sus rasgos físicos y su fe. Fue, en realidad, un apátrida, como lo son centenares de miles de jóvenes marginados en ambas orillas del Mediterráneo: en el hexágono, por un deleznable racismo; en el norte de África, por ser franceses, herederos históricos de las atrocidades perpetradas por los imperios coloniales europeos.
¿Es acaso por un error que Nicolas Sarkozy se abstuvo de enviar sus condolencias a los deudos de los militares magrebíes franceses asesinados por Merah, pero se permitió la impudicia de armar una especie de duelo nacional por las muertes de los franceses judíos? No. Esa estulticia moral rinde ahora buenos réditos electorales. Por eso, arrebató su discurso fascista y racista a Marine Le Pen, cuya candidatura presidencial es un agravio al humanitarismo de la Ilustración, noble herencia cultural que los franceses de hoy parecen dispuestos a sepultar.
Merah se proclamó seguidor de Osama bin Laden y prosélito de Al Qaeda, individuo y movimiento enemigos jurados de Occidente, al que atribuyen el origen de todos los males que padecen sus pueblos, a los que eximen de responsabilidad alguna por su regresión cultural y sus explotaciones endógena y exógena.
Son una reducida minoría. Y éste es un fenómeno propio de esta era alienada, en la cual individuos o pequeños grupos asumen roles redentores y perpetran masacres. El atentado de la ciudad de Oklahoma (19 de abril de 1995), que mató a 168 personas e hirió a más de 500, fue ejecutado por un terrorista que actuó solo: el ciudadano estadounidense Timothy McVeigh. El 22 de julio de 2011, el ultranacionalista e islamófobo noruego Anders Behring Breivik asesinó a 69 personas, en su mayoría jóvenes aspirantes políticos.
Los programas de TV y los videojuegos saturados de violencia, la perversión del discurso ideológico y religioso, el uso de Internet para propagar aberraciones políticas y sexuales, los siderales presupuestos militares, la venta clandestina de armas a escala mundial, la dislocación de la institución familiar, el poder del mercado, que destruye soberanías nacionales y disemina miseria a mansalva, permiten afirmar que el disparo que destrozó la cabeza de Mohammed Merah no mató al último lobo estepario de la historia.

