Decisionismo enlatado
Es de esperar que las seguridades dadas por la Presidenta, en el sentido de que no se aplicará el proteccionismo, se hayan basado en funestas experiencias del pasado y la vulnerabilidad económica.
Desde Madrid, donde participaba de las negociaciones entre América latina y el Caribe y la Unión Europea (UE) para crear una zona de libre comercio, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner desmintió que la Argentina hubiese decidido aplicar trabas al ingreso de alimentos enlatados que tengan su equivalente en la producción nacional.
Una decisión en tal sentido había sido anunciada a los supermercadistas de primer nivel, hace dos semanas y sólo mediante comunicación telefónica, por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, quien les advirtió que, a partir del 1º de junio, no podrían ser exhibidos en las góndolas alimentos enlatados e importados que también puedan ser producidos en nuestro país. Concretamente, según el funcionario, la medida involucraría al café, derivados del cacao, jugo de frutas, preparados de atún, whisky, chocolates y mermeladas, y quedarían eximidos los productos frescos como bananas, kiwis o pescados.
Debieron pasar dos semanas, y tomar una prudencial distancia, para que la Presidenta saliese a desmentir que el modelo se decantaba finalmente por el proteccionismo. En forma simultánea y con buen criterio, recordó a representantes de países miembros de la UE que "el proteccionismo no sólo está en las aduanas; proteccionismo es también subsidiar determinadas producciones, eximir de impuestos, dar beneficios a exportadores. Hay muchas formas de proteccionismo y todas deben examinarse con el mismo criterio".
El riesgo que se corre, si se imponen decisiones telefónicas como las que utiliza Moreno, es recrear los viejos mercados cautivos, que tantos perjuicios causaron en la economía, sobre todo en los sectores de ingresos fijos, que siempre fueron sometidos a inicuas exacciones por industriales que los exprimieron al máximo.
Las funestas experiencias argentinas ya deberían habernos enseñado que proteger no es promover. Sólo sirve para que un grupo de privilegiados se enriquezcan, sin realizar inversiones para modernizar el equipamiento fabril, mientras cobraban por bienes elaborados con tecnologías residuales precios superiores a los internacionales por productos de última generación, desde automóviles a televisores y equipos de computación. Y si Moreno hubiese implantado el control de precios, habría obtenido de inmediato dos perniciosos efectos que los argentinos ya padecimos: desabastecimiento y mercado negro.
Si Moreno pretendía defender los intereses nacionales, obró en sentido exactamente opuesto, porque olvidó que gran parte de la industria de la alimentación está ahora en manos de capitales extranjeros. Si procuraba evitar la salida de dólares, olvidaba también que las represalias de los perjudicados causarían una fortísima reducción del ingreso de divisas, porque en 2009 habíamos vendido alimentos por 24 mil millones de dólares e importado sólo por 1.500 millones.

