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Debates, sí; escraches, no

Los repudiables abucheos y agresiones verbales que sufrieron Amado Boudou y Axel Kicillof son manifestaciones del actual clima de intolerancia que vive la sociedad argentina.

08 de febrero de 2013 a las 12:01 a. m.
Debates, sí; escraches, no

Tensionada a extremos preocupantes, la sociedad argentina viene dando muestras de un clima de intolerancia que ya no parece ser patrimonio de algunos sino un mal de casi todos. Los recientes episodios que involucraron al vicepresidente Amado Boudou y al viceministro de Economía de la Nación, Axel Kicillof, dan cuenta de ello. Y estos incidentes no deben ser desligados del padecido por el periodista Nelson Castro, al que un propietario de un bar declaró persona no grata en la ciudad de Buenos Aires.

Es cierto que la naturaleza de estos episodios difiere. Los silbidos a Boudou se produjeron en el marco de un acto político donde tales manifestaciones suelen abundar, lo que no implica concederles carta de ciudadanía. El caso de Kicillof es más grave, pues se produjo cuando este viajaba en compañía de su familia.

En algún momento de la trajinada historia argentina, nuestra sociedad parece haber perdido el rumbo. No es que no le haya sucedido antes, pero siempre tuvo la capacidad de reformularse a partir de sus carencias, aun en los momentos más oscuros, algo que no sucede por estos días. Desde que la crisis de 2001 instaló el concepto del escrache como una forma de expresión ciudadana, paradójicamente alentada por el actual Gobierno, algo se ha roto de forma definitiva.

Un historiador ha teorizado que las naciones latinoamericanas se fundaron sobre la práctica del degüello, la destrucción absoluta del oponente. Y una frase infortunada que fuera acuñada por aquí ratifica dicha concepción: “Para el enemigo, ni justicia”. Lo ingratamente novedoso es que ciertas prácticas ya no identifiquen a un color partidario en particular y se consideren legitimadas para un amplio espectro, una suerte de aceptación de que no existen otras vías para la expresión del descontento. Lo que equivale a decir que se ha renunciado a la discusión como herramienta para la construcción de una sociedad democrática.

Es verdad que el clima de confrontación a todo o nada ha sido potenciado por funcionarios de gobierno de modales monárquicos y que la misma Presidenta dedica buena parte de su tiempo a atacar a enemigos elegidos para la ocasión. Pero no es menos cierto que recoger el guante equivale a cumplir con el aserto borgeano de que no se puede terminar con la antropofagia comiéndose a los caníbales.

Una sociedad de escraches es una que no discute, no confronta ni debate, una sociedad que ha perdido la valoración del otro. Y sin los otros, no hay sociedad. Puede que, atento a esto, Nelson Castro haya querido darnos una lección de convivencia democrática, al negarse a suministrar la dirección del bar donde fue agraviado por la intolerancia ajena. Para que nadie victimice al energúmeno de marras suministrándole una dosis de su propia medicina. Un raro y valorable gesto de republicana cortesía.