Concesiones de fin de ciclo
La práctica habitual de que ingresen miles de trabajadores al Estado cuando termina un mandato es una pesada carga no sólo económica,sino también cultural y moral.
Otra vez, como en todo final de mandato, la Nación, la Provincia y la Municipalidad se aprestan a engrosar las filas de quienes, a caballo de un Estado generoso, convierten el servicio público en una fórmula mágica contra el desempleo y obtienen una estabilidad infinita sin requisito alguno de competencia. Es otro milagro argentino: llenar cada área de gobierno con personal supernumerario, ese que la guadaña impiadosa de la década de 1990 redujo sin orden ni concierto y la generosidad de la "década ganada" superpobló sin empacho.Para muestra, basta citar lo que un veterano diplomático señalaba respecto de la Cancillería, donde se amontonan hoy más de ocho mil empleados, la mitad del total que emplea la Organización de las Naciones Unidas.Por estos días, se reitera en Córdoba el deporte nacional de exigirles a las administraciones que se aprestan a hacer las valijas que procedan a efectivizar a miles de contratados, cuyos puestos jamás fueron concursados. Y que cumplirán con el requisito cosmético de rendir concursos fabricados a medida.Sucesivas administraciones ya lo hicieron, con el saldo de un aumento de más de 50 mil puestos sólo en la Provincia de Córdoba. Y como si ello no bastara, algún candidato promete sumar miles de policías al total de 22 mil actuales, sin perder un minuto en pensar si se trata de una cuestión de calidad o cantidad.El resultado es siempre el mismo: las demandas salariales mensuales se desbordan, y convierten a provincias y municipios en mendigos de una Nación que sufre los mismos males.Córdoba tendrá en breve más del 50 por ciento de sus recursos abocados al pago de salarios, una bagatela si se considera que la Municipalidad les destina más del 60 por ciento.Es una fiesta de la irracionalidad, pero de alguna manera se deben abonar los compromisos adquiridos con militantes, punteros, parientes y amigos. Y la fiesta, vaya novedad, debe pagarla alguien. Lo hacen, claro, los contribuyentes con más impuestos, frecuentes retoques de alícuotas e inventos como la tasa vial, que encarecen el costo de todo lo que se produce en la provincia. Es eso o resignarse a que nadie pueda encarar la construcción de unos cuantos metros de cordón cuneta.Los beneficiarios del desmadre, debe recordarse, gozan de la gracia de la estabilidad perpetua, a la cual no acceden ni por asomo quienes pagan sus sueldos.En este reino del revés, no vendría mal una chispa de lucidez, un gesto de sentido común, un atisbo de racionalidad. Pero ello sería contradecir nuestra naturaleza, la que nos indica que el Estado es una exprimidora puesta al servicio de pocos que insisten en seguir haciendo lo que ya fracasó, en la pérfida ilusión de que esta vez nos salga bien.

