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Distracciones de aeropuerto

Cuando noté su presencia, ya lo estaba haciendo, delante de todos. Abstraída en la lectura de alguna novela, deslizaba entre sus dientes un hilo dental. Parecía cómoda con eso, no intentaba ser discreta.

11 de julio de 2015 a las 12:01 a. m.
Juan D’Alessandro (Periodista)
Distracciones de aeropuerto

Cuando noté su presencia, ya lo estaba haciendo, delante de todos. Abstraída en la lectura de alguna novela, deslizaba entre sus dientes un hilo dental. Parecía cómoda con eso, no intentaba ser discreta. La mujer –flaca, de rizos duros y ojos encarnizados– no mostraba compasión por los demás comensales. Cada tanto despegaba su atención de las páginas para observar algún resto de comida que había logrado rescatar de su boca, pero no miraba más allá del hilo dental. Sus gruesos lentes habrán sido para leer y la realidad le resultaría borrosa a su alrededor: no seríamos más que bultos en otras mesas.Ensimismada en su campo de visión, en su burbuja, la mujer desechaba el hilo usado sobre un plato, cortaba un trozo de hilo nuevo y volvía a su lectura.Dominaba la mesa con su libro desplegado, las sobras del almuerzo y el estuche de los lentes, rojo como sus uñas. El libro había sido aplastado con determinación sobre la mesa: no iba a cerrarse.Sus manos huesudas quedaban libres, entonces, para la faena.Un par de veces los dedos subieron en pinza hacia la boca, en busca de algo que no podía sacar fácilmente. Con la lengua recorría su dentadura, abultaba los labios y las mejillas, deformándolos.Era notable cómo aumentaba el nivel de dificultad entre las muelas, porque la mujer desencajaba la mandíbula y abría mucho los ojos. Pero ella no era consciente de esos gestos, estaba atrapada por el curso de la novela. Las sombras de esa historia se percibían en sus ojos, como las nubes en el agua.–Aerolíneas Argentinas anuncia la partida de su vuelo 227 con destino a la ciudad de Mendoza. Comienza el embarque en puerta número nueve. Muchas gracias.La mujer cerró el libro y se incorporó, bruscamente. No dejó propina y se fue sin devolverles la mirada a los asqueados clientes de aquel barcito en Aeroparque.No pude ver qué estaba leyendo.