Dime tus cualidades como equilibrista y te diré dónde terminas
Pese a que Daniel Scioli terminó dos puntos arriba en el número final, lo suyo fue psicológicamente una derrota demoledora; y Macri tiene, hoy por hoy, todas las de ganar.
Una de las curiosidades más notables de las elecciones nacionales ha sido que Daniel Scioli obtuviera un porcentaje menor de sufragios en la elección general que en las mismísimas primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso), instancia donde había sido el candidato más votado. Paradoja si las hay en esta Argentina llena de sorpresas, ya que esos votos le fueron arrebatados nada más y nada menos que por su principal contrincante, Mauricio Macri. Si observamos los números del resto de los candidatos, vemos que se mantuvieron dentro de los mismos guarismos. Nadie, ni siquiera el más optimista de Cambiemos, esperaba semejante resultado, que sumió al oficialismo en una crisis profunda, con silencios cómplices y acusaciones mutuas de traición, muy difíciles de superar por el escaso tiempo que queda hasta el 22 de noviembre, día previsto para la segunda vuelta. ¿Qué pasó entre las dos elecciones? Sin dudas que el candidato del Frente para la Victoria –un idóneo motonauta que llegó a la política de la mano de Carlos Saúl Menem– transcurrió ese lapso como un temerario equilibrista que caminaba por una tensa cuerda, con una vara larga y angosta, entre dos edificios de gran altura y sin ningún elemento amortiguador bajo su cuerpo para soportar una eventual caída.Por un lado, Scioli se debía a Cristina Fernández, quien le allanó su candidatura pero a cambio de ello designó a su vicepresidente y le armó la lista de diputados y de senadores nacionales.El objetivo de la Presidenta era claro y expreso: mantenerlo controlado desde las cámaras. Como si eso fuera poco, los K más ortodoxos –como Hebe de Bonafini y Horacio González– se encargaron sin eufemismos de vapulearlo públicamente, advirtiéndole sobre las nocivas consecuencias que tendría cualquier desvío del manual del relato.Sobre llovido, mojado. Había que contrarrestar el crecimiento geométrico de la cándida figura de María Eugenia Vidal frente a la pésima imagen de Aníbal Fernández en la provincia de Buenos Aires, en la que reside la friolera del 38 por ciento del padrón electoral nacional.Para completar el cuadro, las interminables cadenas nacionales de la Presidenta previas a las elecciones –que, con la excusa de mostrar algunos logros, estaban dirigidas a promocionar a sus familiares que eran candidatos en Santa Cruz– lograron incrementar el malestar social, lo que se podía percibir muy rápido en las redes sociales.El abuso en la utilización de los medios de difusión públicos empezaba a tener consecuencias negativas para el Gobierno nacional.Del otro lado del escenario, los asesores publicitarios le sugerían a Scioli que para perforar el 40 por ciento y ganar en primera vuelta debía mostrarse más moderado, lejos de los K "puros" y con un discurso más proclive al diálogo, aunque sin participar en el debate presidencial.El costo de su inasistencia a este último encuentro fue altísimo y, más allá de la imagen de cohesión que quería brindar su equipo, la confusión era completa, lo cual se podía percibir leyendo entre líneas algunas contradicciones de los discursos de campaña y analizando el preocupado rostro de sus colaboradores más cercanos. Se había hecho casi imposible para Scioli quedar bien con todos, y ya aparecían grietas.
Superar la división
En la otra esquina del “cuadrilátero”, aparecía un Mauricio Macri más tranquilo, con dos grandes ventajas sobre Scioli. Lideraba el único timón de su espacio político, lo cual lo eximía de internas, y tenía el convencimiento de que Sergio Massa, a pesar de su campaña agresiva, no crecía lo suficiente para hacer peligrar su segundo puesto.
Por último, el exintendente de Tigre –una figura con una potencialidad futura interesante– sufría su propia sangría interna, lo que hacía mella en su enorme esfuerzo por tener más protagonismo.
El combo era completo. La mayoría de los argentinos había demostrado en las Paso que deseaba un nuevo modo de hacer política, con más diálogo, menos soberbia, más sinceridad y respeto por las opiniones ajenas.
Algunos todavía dudaban, con el práctico argumento de que la situación económica en general había mejorado respecto de la catástrofe de 2001. Pero, a juzgar por los resultados, primó en la conciencia superar la profunda división entre los argentinos, una crisis moral y cultural sin precedentes, la falsificación estadística, el uso de la TV pública y otros canales cooptados para hacer campaña a favor del Gobierno con recursos de todos y un aumento geométrico de la pobreza y la indigencia.
Pese a que Daniel Scioli terminó dos puntos arriba en el número final, lo suyo fue psicológicamente una derrota demoledora y Macri tiene hoy por hoy todas las de ganar.
Ahora, la pelota y la responsabilidad están en la cancha del jefe de Gobierno porteño, y de él y de su equipo depende no sólo garantizar un triunfo el próximo 22 de noviembre, sino de demostrarle a la ciudadanía que, junto al radicalismo, PRO y la Coalición Cívica pueden gobernar un país acostumbrado al peronismo en todas sus variantes, con un ánimo de reconciliación y pensando en el futuro.
Scioli todavía está en el juego, pero, debido la dura interna del Frente para la Victoria, remontar semejante cuesta parece una misión harto dificultosa. Veremos.
*Doctor en Ciencia Política, docente UNC, UCC y CUP

