Días contados
Fragilidad. Por Martín Cristal.
Fragilidad
Paraíso postergado
Mi necesidad de escribir suele terminar igual de contrariada que el anhelo de leer declarado por el narrador de “El paraíso”.
En ese cuento de Augusto Monterroso, el protagonista quiere sentarse a leer cierta novela larga, pero primero debe atravesar el aburrimiento del trabajo, la locura urbana del camino a casa, la cena familiar, hasta que por fin, sí, aquí está: el momento más esperado del día, en el que (según se dice a sí mismo) “te sumerges en una lectura profunda, maravillosa, interrumpido tan sólo por tus propios impulsos, como son, por ejemplo, ir a orinar, o rascarte la espalda, o bajar por un vaso de agua, o poner un disco, o cortarte las uñas, o encender un cigarro, o buscar una camisa para el cóctel de esta tarde, o llamar por teléfono, o pedir un café, o asomarte a la ventana, o peinarte, o mirarte los zapatos, en fin, todo ese tipo de cosas que hacen agradable una buena lectura, la vida”.
Me ocurre algo parecido respecto de escribir. Mis lecturas se adaptan con felicidad a cualquier tiempo muerto, pero la escritura necesita su momento, sin que la interrupción –enemiga mortal– venga a coartarla.
No es que sea un procrastinador. Lo que digo es que tengo una larga novela en la cabeza; tengo el fortísimo deseo de escribirla; tengo el plan y hasta marco las horas en la agenda como un general pone tanques en miniatura sobre un mapa, pero los días se confabulan en mi contra, imponen sus desvíos y mi Novela Gorda se va postergando sin remedio.
Y es que los imperativos de la vida reducen cualquier veleidad artística a la nada misma. Vean, si no, esto que me pasó hace 20 días.
Era un sábado a la noche
La semana se me había escurrido en trámites burocráticos. Mi adorable mujercita, para bajarme el malhumor, me ofreció: “Mañana voy con la nena a lo de mis viejos, así vos podés escribir todo el día”.
Mi padre –exgalerista y pintor– siempre me había advertido sobre los “pintores de domingo” (esos que reducen la pasión artística a un mero hobby de fin de semana). Si hay algo que no quiero ser es un “escritor de domingo”. Y, sin embargo, esta vez acepté: no aguanto tanto tiempo sin tocar el teclado.
Pensaba levantarme temprano para exprimir el domingo, pero igual propuse: “¿Y si vemos una película antes de dormir?”.
Salimos poco de noche, efecto secundario de nuestro primer año como padres. “Tenemos Birdman”, dije.
Mi mujer sugirió: "Mejor esperemos a que la nena se duerma".Cierto. Tratar de ver una película con la bebé trepándose al sillón, llorando a moco tendido o manoteando la pantalla del televisor puede ser exasperante.
“En media hora, cae”, aseguró mi compañera, y se fue a la cocina a preparar una picada. Yo me quedé con la nena, que gateaba por el living.
Quiso seguir a la madre hasta la cocina; en eso estaba cuando pegó un grito agudo. Como si se hubiera pinchado con algo. Estaba justo encima de las sandalias olvidadas de mi mujer y supuse que había puesto una de sus manitos sobre una hebilla. Me acerqué a ver. Al levantar una de las sandalias, encontré un alacrán.
Tityus trivittatus, la especie local más peligrosa. Ya había encontrado otros en la casa y por eso, la semana anterior, había puesto rejillas nuevas en todos los desagües, y burletes bajo las puertas. También había desechado leña, limpiado el lavadero, rociado K-Othrina y Raid dorado en varios lugares clave. ¿Por dónde entró? Era muy pequeño y estaba enroscado, como muerto. Levanté a la nena de un tirón y llamé a mi mujer para que vigilara al bicho mientras yo buscaba un frasco.
Hay un cuento de Rodrigo Rey Rosa titulado “Siempre juntos”. El narrador es un alacrán. Cae por accidente desde el techo de una cabaña a la habitación donde dos parejas beben y ríen. También hay un bebé, que al alacrán no le interesa atacar; de todos modos, sabe que los humanos lo matarán si lo ven cerca de la criatura.
Intenta huir sin ser visto; lo atrapan. Pero no lo matan: lo meten en un frasco. En su pasión por el verosímil, la buena narrativa ofrece una ampliación adelantada de todas las experiencias posibles.
Apenas lo toqué con el borde del frasco, el maldito revivió y salió corriendo. Más rápidos de lo que se piensa. Lo aplasté de puro odio. Muerto pero reconocible, lo envasé igual, para mostrárselo a los médicos del Hospital de Niños. Adiós película.
Mientras esperábamos el taxi, le buscamos la picadura. ¿Será esta? Parece de mosquito. ¿Será esta otra? Nunca habíamos visto una picadura de alacrán. El tiempo se estiraba con crueldad. ¿Y, campeón? ¿Qué significa tu Gran Novela ahora?
En observación
El viaje nos pareció interestelar. Al menos, la bebé iba tranquila: buena señal. Llegamos al hospital a las 11 de la noche. El taxista juró que esa era la puerta de la guardia y se fue. Estaba cerrada. Caminamos por una oscura desolación hasta un quiosco mortecino donde nos señalaron la puerta correcta.
En ventanilla, un tipo al que los tatuajes se le escapaban por las mangas nos dijo que podía pasar un solo acompañante. Nos miramos con mi mujer.
El hombre ilustrado me condujo hasta la sala de observación. Ocho camas, una junto a la otra. Nos tocó la del centro. La nena estaba mucho más relajada que yo, pero atenta, curiosa. Quizá no la había picado. Se lo dije al enfermero. Le mostré el frasco y las manitos de la bebé, las piernas, señalé puntitos misteriosos.
Me informaron: más que inflamación, la marca suele ser una roncha rojiza. No se veía ninguna. Le tomaron la temperatura (normal) y la conectaron al monitor para verificar su ritmo cardíaco. Con el manoseo, empezó a llorar; la acuné y se le pasó.
Vino una doctora que parecía la jefa. Tuve que repetir todo. Me explicó que el tamaño del insecto no tiene relación directa con la potencia del veneno; esta depende de otros factores: si el alacrán comió algo antes de picar, o si ya había picado recientemente, acciones que afectan su cantidad de veneno disponible y su nivel de toxicidad. Probablemente no había pasado nada –el dolor suele ser constante, los chicos no paran de llorar, pero a ella se la ve muy tranquila, me dijo–. De todos modos, tendríamos que quedarnos cuatro horas en observación, por si aparecía algún síntoma.
Me senté con mi hijita (toda cableada) en brazos y me dispuse a esperar. No quise dejarla en la cama: esas sábanas me recordaban lo que dice Bill Bryson en Una breve historia de casi todo: “No podrías dormir tan tranquilo si tuvieses conciencia de que tu colchón es el hogar de casi dos millones de ácaros microscópicos, que salen a altas horas de la noche a cenar tus grasas sebáceas y a darse un banquete con todos esos encantadores y crujientes copos de piel que desprendes cuando te mueves en sueños”.
Okey, pero mi almohada es mía: sus ácaros son mis vecinos. En los del hospital, no podía confiar. Cada tos ajena me hacía recelar: la posibilidad de contagio de cualquier cosa hacía que me arrepintiese de haber llevado a mi niña hasta ahí.
Claro que era fácil de decir ahora, con la falsa alarma casi confirmada. Le mandé un mensajito a mi mujer, que esperaba noticias en la sala exterior, parecida a una terminal de ómnibus abandonada. Enseguida llegó su reconfortante respuesta. Incluía el consejo: “Tratemos de pensar en cosas lindas”.
Cuatro horas pensando cosas feas
La bebé se durmió, a pesar de que en su monitor de control –justo sobre nuestras cabezas– se disparaba una insistente alarma, como si alguno de sus signos vitales estuviera fallando. Los médicos iban y venían, atareados; alguno que se hartaba de oírla sonar la apagaba cada tanto. A los dos minutos exactos, arrancaba de nuevo.
¿Qué estaba mal? Nervios. Finalmente uno se apiadó: a la nena no le pasaba nada. Cierto cable no estaba conectado (no había necesidad) y el aparato, en vez de indicar “sin datos”, daba la alarma como si ese signo vital marcara “muerto”.
No pudieron arreglarlo; al final, me explicaron cómo se apagaba y empecé a hacerlo yo mismo, cada dos minutos. Cuatro horas así: sentado, alarma, de pie, apagar, sentado. La niña siempre durmiendo en brazos. Terminamos turnándonos en el apagado con la mujer que cuidaba al nene de la cama de al lado (gastroenteritis, 7 meses).
Un bebé de otra cama lloró durante casi dos horas; el padre ya no sabía qué hacer para aliviarlo. Un chico de 10 años, grandote, llegó medio desmayado: había sufrido una convulsión y se había golpeado al caer. Hubo que anestesiarlo, hacerle pruebas de laboratorio. Y esperar. Y aprender a esperar.
Yo esperaba frente a un panel con un (en mi caso, inocuo) panteón de figuras de yeso del culto católico –el Niño casi siempre presente–, entreveradas con Cristos y Franciscos en cuatricromía, borrosas fotocopias sobre el dengue y, como un castigo, un póster con las diferencias entre las dos especies cordobesas de alacranes. Explicaba qué hacer en caso de picadura. No describía la picadura en sí.
En un televisor lejano, el Festival de Peñas, nunca menos interesante. Le hubiera sido más útil a mi mujer, que esperaba sin distracción posible en un desolado limbo tercermundista, incluso comiéndose las uñas durante la hora que pasé sin señal en el celular.
A las 2 de la mañana, cambio de turno: la jefa les explicó el caso de cada cama a las doctoras entrantes. De mi beba, dijo: "Posible escorpionismo, ni siquiera sabemos si hubo picadura. No presentó síntomas hasta ahora. Si sigue así, a las 3 se le da el alta".Sólo una hora más. Traté de recibirla como a otras cosas que duran lo mismo y que, porque me gustan, se me suelen pasar rápido. Un capítulo de Black Mirror. Tres capítulos de The Big Bang Theory. El disco Legend, de Bob Marley.
Llegamos a casa a las tres y media. Acostamos a la nena y nos quedamos despiertos media hora más, buscando alacranes como maniáticos.
El domingo, por supuesto, me levanté tardísimo. Y no escribí nada, aunque pensé en esto: en el hospital, con su cuerpito contra mi cuerpo, había sentido "su breve carne indefensa" –como dice Joaquín Giannuzzi– y así descubrí que no es necesariamente con el parto cuando empieza la paternidad de un hombre, sino con el miedo de corroborar la fragilidad extrema de ese nuevo ser.El miedo a perderlo: a algunos les llegará antes, a otros después. A mí me llegó esa noche de sábado, a un año y pico del parto. Como padre, yo acababa de nacer.
*Escritor www.martincristal.com.ar

