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Detrás de las pantallas

20 de septiembre de 2020 a las 12:01 a. m.
Natalia Ferreyra*
Detrás de las pantallas

Las plataformas de contenidos audiovisuales fueron unas de las ¿ganadoras? en este contexto de pandemia. Netflix, por citar una, incrementó 16 millones de usuarios en los meses de alerta sanitaria. Una cifra que impacta a primera vista, pero no sorprende.

Hace rato que las series se empotraron como un ficus en nuestras casas y monopolizan las discusiones en redes y reuniones sociales. Así como seguidoras y seguidores del fútbol no escatiman a la hora de ver partidos de las ligas europeas, la Copa América, el Torneo Nacional o las 1.500 copas que en épocas normales se disputan con cualquier excusa, los espectadores de series no se quedan atrás en seguir el ritmo de las temporadas y lanzamientos.

Hay necesidad de verlo todo, o estar al tanto de lo nuevo; de sentar una postura crítica sobre el último estreno; conocer la mayor cantidad de plataformas y, también, seguir los entretelones entre guionistas y directores.

La directora Lucrecia Martel expresó en varias oportunidades su opinión sobre este tipo de producciones: puro entretenimiento, anclado sólo en lo argumental (“puro guion”) y acusándola de una estructura mecánica y decimonónica.

Sin necesidad de plantar bandera de un lado o del otro, apunto a la potencia y el valor performático que pueden tener algunas producciones para destrabar estereotipos, interpelar bloqueos morales y evidenciar situaciones de atraso en materia de igualdad de géneros y diversidad.

En este sentido, sería interesante revisar el punto de partida de muchas historias filmadas. ¿Desde qué contrato de verosimilitud se erigen las producciones audiovisuales? ¿Qué tipo de mundo quieren representar en escena?

Me detengo en una serie sueca estrenada en 2017 que descubrí una noche de hartazgo familiar: Bonusfamiljen. La historia se resume en dos palabras: familias ensambladas. Los puntos de giro del guion son los planes hechos y deshechos que suceden en un raid de rutinas que la mayoría de las veces frustran y estresan a los personajes. Y en ese tironeo, logran sobrevivir, quererse u odiarse como pasa en todas las familias.

El principal acierto de esta serie es evidenciar cómo las tareas de cuidado que, al menos en nuestro país, reca en la mayoría del tiempo sobre las mujeres pueden asumirlas los padres de familia. La naturalidad con la que se retrata este escenario es fruto de la política pública que tiene ese país en relación con las licencias por ma-paternidad: 16 meses compartidos entre la pareja, 80% de sueldo durante 390 días y 90 días laborables para el padre a partir del nacimiento.

En la historia sueca, es Patrick quien decidió dedicarse al primer año de vida de su hija recién nacida. En la primera temporada, es un compañero amable y razonable. En la segunda temporada, con bebé a cuestas, lo vemos desbordado, obsesivo, pasado de sueño y haciendo callar a cualquiera que se atreva a despertar a la bebé.

Esta ficción promueve un aire fresco (no ingenuo) de lo que significa construir una familia. Los problemas con el dinero; los debates entre poner límites o no a hijas e hijos; la sexualidad de los adolescentes cuando el sistema educativo es el que promueve los cuidados en profilaxis; las diferencias entre un embarazo deseado o no; parejas abiertas; parejas de mujeres adultas dentro y fuera del clóset; la tenacidad y el apuro con que se diagnostica muchas veces TDAH a niñas o niños, y la estrella de la primera temporada: el lado B de la vida de los psicoanalistas.

Sin golpes bajos ni absurdos, es una serie para considerar en tiempos cuando las plataformas nos invaden, pero no siempre ofrecen historias potentes, frescas y más a tono con lo real.

* Periodista y escritora