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Derecho a voto

25 de octubre de 2015 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski (Médico)
Derecho a voto

Profe, ¿por qué no podemos votar? –pregunta Leandro, interrumpiendo de pronto la clase de Geografía. –¿Cómo por qué?... Las personas habilitadas para votar deben tener más de 16 años y ninguno de ustedes todavía los cumplió.–Pero yo escuché que los candidatos "van a enfocarse en los niños y adolescentes", y como soy adolescente quiero opinar –argumenta Mariela desde otro banco.–Tendrán que esperar. Por ahora, votan sus padres por ustedes.Alejo no quiere desaprovechar el momento (Geografía le cuesta) y, buscando extender la charla, exclama:–¡Mi papá va a votar por Stolbizer, aunque no tenga chances!–¡Mis papás quieren el cambio! –interrumpe María–. Lo eligen a Macri.–¡Los nuestros a Scioli, para que el proyecto siga! –retrucan los mellizos García.La clase se alborota, todos gritan y levantan el brazo al mismo tiempo. Del Caño recibe el apoyo de Felipe, que con impostada seriedad reclama: "Justicia para los desposeídos".Massa es vivado por Javier, quien aclara que "como amigo de José Manuel de la Sota, va a ayudar a Córdoba". El desorden aumenta.–Chicos... ¡chicos!, un poco de calma. Sé que están cansados, que hace calor y Geografía no es la materia preferida, pero hay que completar el tema.–¡No, profe! Afloje con los sistemas agrarios. ¡Esto es más importante! –grita Nahuel, sacando del bolsillo un folleto con la imagen de Rodríguez Saá.–Nosotros tenemos nuestras ideas y reclamamos el derecho a opinar –explica Marisa, que ya cerró la carpeta y agita a sus compañeros.–...No sé si corresponde... estamos en clase...–¡Pero profe! Esta es la realidad. ¡Propongo que cada uno diga lo que piensa! –sugiere Leandro, el iniciador de la revuelta.–¡Sííííí! –aclaman varios.–¡Y después votamos para saber quién ganó en el aula! –dispara Nahuel, sorprendido por su propia idea.–Está bien, pero primero prometan estudiar para la evaluación.–¡Síiiii! –el apoyo y la alegría son unánimes.–Muy bien. Pero quiero ver conductas democráticas. En orden, cada uno tendrá un minuto para plantear su posición. Nadie interrumpe, nadie molesta. Todos escuchamos a cada uno y después votan.–¿Un minuto, profe? Es poco para explicar tanto –acota Marisa.–Entiendo, pero ustedes son 27; así no terminamos más. A menos que alguien no quiera hablar.Todos miran a todos y lentamente se elevan las manos de ocho alumnos tímidos. O indecisos. O precavidos. O desinformados.–Muy bien, ¿quién comienza? –pregunta el profesor, con un brillo diferente en los ojos.Demoran en organizar el orden de participación. Finalmente, la lógica del abecedario decide la lista de oradores. Los primeros hablan con seguridad, otros parecen repetir frases familiares; algunos se embanderan en utopías y las agitan con fiereza. Nadie queda al margen, aun los que eligieron sólo escuchar. El último orador defiende principios republicanos: libertad, participación y diálogo. Con una pizca de obsecuencia –producto de su bajo promedio en Geografía– agradece al profesor la "oportunidad que nos ha dado de hablar de política en su clase". Las últimas palabras desaparecen bajo una furiosa silbatina. –¡Shhhhh, chicos, respeto, por favor! –tranquiliza el profesor, mientras prepara la caja donde recibir los votos.La ceremonia de sufragio transcurre con una cadencia reverencial. Algunos sonríen nerviosos en su turno, otros hacen bromas de ocasión, y todos se cuidan de no "cantar" el voto. Nadie se puede sustraer de la emoción que ha impregnado el ambiente.El recuento es rápido; ya hay un elegido. Suena el timbre, pero nadie se mueve de su banco. El profe anuncia.–Los resultados son preliminares; el recuento oficial va a demorarse. Por ahora, sólo puedo adelantar que esta ha sido la mejor clase del año. (Nota del autor: señores candidatos, los chicos piensan, opinan, militan y esperan. Mientras ustedes resuelven los temas centrales –y laterales–, no olviden que ellos los siguen mirando).