De vigilantes y vigilias
Vigilantes. Custodios. Guardianes. Eso fuimos esa madrugada y su posterior mañana, sabiendo que la tarea en realidad no había comenzado allí ni menos aún allí terminaría.
Tal vez sería una nota más dulce si se tratara de los vigilantes que acompañan a las medialunas o a las palmeritas en un rico y extremadamente calórico desayuno. Pero no.
Al ya tradicional calor de diciembre se le ha venido sumando un tipo de calentura diferente que –aunque no hace elevar para nada el mercurio– sin duda alguna potencia de manera no muy grata el malestar social acumulado durante el resto de los meses del año.
Y, para colmo, se ha venido tornando en costumbre fomentar las famosas “profecías que se autorrealizan”, pronosticando –en muchos casos no sin cierto grado de intereses sectarios– que los tiempos de fin de año se parecerán al final de los tiempos, al Apocalipsis. Una locura, por supuesto.
Y, como si todo esto no fuera ya de por sí demasiado, tenemos que sumar a esta original mezcla el primer aniversario de los nefastos sucesos que convirtieron por un par de jornadas a Córdoba en un territorio donde imperó la mal llamada “ley del más fuerte” (¿dónde está allí la “ley”?).
Es en este escenario donde, remitidos al abandono de su rol de custodios, los vigilantes –amén de sus justos reclamos en torno de sus ingresos y de sus derechos– nos dejaron más que torcidos, a merced de algunas bandas de delincuentes que, junto a socios espontáneos (y a otros seguramente no tanto), aprovecharon esa circunstancial falta de autoridad policíaca para sumirnos en una especie de anomia contagiosa, y lograron que el verbo “saquear” se adueñara de nuestros barrios.
En ese marco de ausencia de todo tipo de diálogo y con la violencia desatada, algunos miembros del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz) fuimos convocados a la Casa de Gobierno para intentar mediar entre las autoridades provinciales y los familiares de los policías amotinados.
Increíblemente, lo que terminamos haciendo el obispo Pedro Torres y quien suscribe estas líneas fue nada más ni nada menos que convertirnos en vigilantes. Y así, con mucha tensión de por medio, pudimos ayudar a destrabar desconfianzas mutuas, siendo custodios de la palabra entregada; pudimos ayudar a fomentar el valor de la gradualidad tornándonos en guardianes de acuerdos a más largo plazo; pudimos ayudar a mensurar los efectos críticos que puede tener una parte sobre el todo, insistiendo en defender en primera instancia la convivencia pacífica por sobre los reclamos sectoriales; pudimos ayudar a escoltar a sendas partes a sentarse en una misma mesa de diálogo, cuando muchas veces ese diálogo se resquebrajaba.
Vigilantes. Custodios. Guardianes. Eso fuimos esa madrugada y su posterior mañana, sabiendo que la tarea en realidad no había comenzado allí ni menos aún allí terminaría. Y sabiendo también que no éramos sólo nosotros los llamados a cuidar la paz social.
Es que, quizá sin tenerlo claro, tan sólo cumplimos con la tarea encomendada a los míticos y primeros habitantes de este suelo, Adán y Eva, a quienes Dios –según la Torá, el texto bíblico– ubicó en el Jardín del Edén “leovdá uleshomrá”, que en hebreo significa “para trabajarlo y para cuidarlo”.
*Rabino, miembro del Comipaz

