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De nuevo en posición de duelo

Se justifica sospechar de un complot iraní contra Arabia Saudita, pero no se puede descartar que se trate de un ardid para justificar un ataque a Irán. Claudio Fantini.

15 de octubre de 2011 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini (Periodista)
De nuevo en posición de duelo

Parece una trama de John Le Carré. Un agente iraní quiere contratar en México a un sicario de Los Zetas para asesinar al embajador saudita en Washington. Pero contacta a un espía norteamericano, que se había infiltrado en la organización criminal vinculada al narcotráfico. De ese modo, la DEA desbarata el complot y los sabuesos del FBI descubren que el agente iraní actuaba por mandato de Teherán y que los planes incluían atentados contra las embajadas saudita e israelí en Buenos Aires. Parece una novela de espionaje, pero con elementos indudablemente reales. Por un lado, una conspiración iraní contra Arabia Saudita es tan posible como una conspiración saudita contra Irán. Sucede que son dos viejos enemigos, enfrentados por razones que empiezan en la religión y terminan en la geopolítica. Para el wahabismo, que es la vertiente coránica oficial en el reino de la familia Saud, el chiísmo es una forma de apostasía, algo así como una traición al Islam; mientras que en la costa del Golfo Pérsico que está al frente de la Península Arábiga hay una nación que no es árabe y en la que el chiísmo es abrumadora mayoría; cuenta, además, con una teocracia chiíta, o sea basada en los preceptos del profeta Alí, primo y yerno de Mahoma que comenzó a producir el cisma de los musulmanes en el siglo VI.Esta enemistad teológica se materializó en la historia, sobre todo a partir de la caída del sha Pahlevy, cuando el régimen del ayatolá Jomeini procuró generar una cadena de revoluciones islamistas contra los "apóstatas gobernantes laicos" y contra las "corruptas monarquías que se aliaron con las potencias infieles". Ese plan insurreccional incluyó alentar la rebelión de los chiítas saudíes, que son una comunidad numerosa en la Provincia Oriental del reino.Desde que comenzó la "primavera árabe", Arabia Saudita multiplicó sus denuncias sobre intentos iraníes de provocar sublevaciones, tanto en su Provincia Oriental como en Bahrein, reino donde los chiítas son mayoría pero es sunita la dinastía Al Jalifa y la nobleza que concentra el poder económico. Por eso la región vive una escalada de tensión en el marco de la cual el gobierno de Mahmud Ahmadinejad, o bien alguna facción radicalizada de las tantas que gravitan sobre Al Quds, el cuerpo de elite encargado de las operaciones en el exterior, bien pudo urdir un complot contra los sauditas. Aunque también es posible que el blanco del complot sea Irán. Excusa de guerra. No sería la primera vez que Estados Unidos denuncia una conspiración para justificar una guerra. Y en este caso hay que tener en cuenta que el régimen iraní ha persistido contra viento y marea en el desarrollo de su programa nuclear, sin disipar las dudas de que pueda ocultar un fin militar. A Israel lo desvela el avance de ese proyecto porque seguro estaría en la mira de las ojivas cargadas con megatones que los iraníes podrían montar en su misiles.Netanyahu lleva tiempo solicitando una suerte de permiso mundial para atacar Natanz, Arak, Isfahan, Busherh y Lashkar Abad, los centros atómicos en los que, supuestamente, se desarrollaría en secreto la militarización del proyecto.Más allá de la credibilidad que en estos temas ha sabido ganarse la Oficina Federal de Investigaciones (FBI, por sus siglas en inglés), no es descabellado sospechar que todo es un ardid elucubrado en la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el Mossad, para justificar un bombardeo quirúrgico que, de paso, desestabilice al régimen del ayatolá Jamenei.Además, tanto en el Pentágono y la CIA como en los lobbies que influyen sobre el Capitolio y la Casa Blanca, hay halcones deseosos de un conflicto, por dos razones: las guerras suelen estimular economías estancadas y desviar la atención de las sociedades indignadas con su dirigencia política. Para atacar Irán, además del proyecto nuclear, están esas razones económicas y políticas y también un régimen oscurantista que genera noticias tan deleznables como la condena a prisión y latigazos que recibió una actriz, por protagonizar una película que desnuda la vida real que se desarrolla a espaldas de la hipocresía ultramoralista que impone la religión en Irán. Dos injusticias más: la castigada es la mujer, a pesar de que su marido fue el director del filme; el castigo incluye 90 latigazos, que es una forma espeluznante de tortura. Una aberración que deja al desnudo que el buen cine que floreció en la década de 1990, cuando el reformista Mohamed Jatami fue ministro de Cultura y surgieron cineastas de la talla de Abbas Kiarostami y Majid Majidi, fue una primavera posteriormente asfixiada por el clero dominante. En síntesis, no se puede descartar que sea un ardid norteamericano para justificar una acción militar, pero tampoco que el régimen o alguna facción extremista actuando por su propia cuenta efectivamente planificaran los ataques en Washington y Buenos Aires. Al fin de cuentas, la propia Constitución de la República Islámica podría habilitar ese tipo de acciones, ya que en un artículo proclama "la misión ideológica de la Yihad, que es llevar la soberanía de Alá a todo el mundo".