Datos, datos y menos datos
Mientras sigamos desnudos de datos fidedignos, la probabilidad de que nos acerquemos al paraíso será cada vez más lejana. Y este sí es un buen dato. Marcelo Polakoff.
El ámbito es, finalmente, lo de menos, pues esta clase de tropelías excede cualquier tipo de límites, no sólo espaciales. Y aunque no sea lo mismo si se refleja en los números de la inflación oficial o si lo que se distorsiona son los guarismos de la mortalidad infantil, el hecho es que seguimos asistiendo atónitos al más supino retoque de cuanto dato precise ser objetivamente conocido y comunicado. Sin dejar de reconocer que en este campo la objetividad extrema es prácticamente inexistente, tampoco hay que exagerar tanto la cuota como para caer en un abismo de incredulidad tal que impida sostener la más mínima confianza en lo que se nos cuenta. Y en ese abismo indefectiblemente nos hallamos. Es que ni siquiera tenemos el dato de dónde proviene ese vocablo. Una historia conocida. Podríamos pensar en principio en el latín, ya que los romanos cerraban su correspondencia escribiendo datus , o sea "dado" (probablemente refiriéndose a la carta entregada al mensajero) en tal fecha y tal lugar. De allí se amplió su sentido hasta abarcar todo lo "dado" como "data", una especie de sinónimo de "información", pero también como el plural de datum . Sin embargo, debemos corrernos un poco más atrás, hasta el hebreo, para intentar develar el origen más antiguo de ese término. Quienes se ocupan de la fonoaudiología saben muy bien que hay letras que se parecen mucho al pronunciarse, ya que utilizan las mismas partes de la boca para ser dichas. Así pues, la "d" y la "t" (dentales) son muchas veces intercambiables en la historia de los idiomas y he aquí que la raíz hebrea para "dar", como lo "dado" del datus, empieza con dos letras "t", habiéndose aflojado o suavizado la primera de ellas en su posterior pasaje al griego y al latín, al llegar allí como "d".Lo interesante del caso es saber cuándo aparece por primera vez esta palabra en la Torá. La historia es harto conocida, pero no por ello cabalmente comprendida: "La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Dios había hecho, así que le preguntó a la mujer: '¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?'" "Podemos comer del fruto de todos los árboles –respondió la mujer–, pero en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: 'No coman de ese árbol, ni lo toquen; de lo contrario, morirán'". Eva no fue muy precisa en su respuesta. Es más, agregó un dato, y no casualmente mentiroso. De hecho, es la primera mentirita humana, porque Dios en ningún momento les prohibió tocarlo. Sigamos: "Pero la serpiente le dijo a la mujer: '¡No es cierto, no van a morir! Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal'. La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenía buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió. Luego le dio ( TiTen ) a su esposo, y también él comió. Aquí nos topamos por vez primera con esa raíz hebraica del "dar", justito después de semejante "dato". Curioso, ya que de inmediato se nos relata cómo en ese momento se les abrieron los ojos a ambos y Adán y Eva tomaron conciencia de su desnudez. Por estos pagos, no tan edénicos, seguimos siendo conocedores del bien y del mal, pero mientras también sigamos desnudos de datos fidedignos, la probabilidad de que nos acerquemos un poquito al paraíso será cada vez más lejana. Y créanme, este sí es un buen dato.

