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Cristianos a la fuerza

Hasta el momento, Occidente se ha mostrado como el poder del sable. El espíritu, diría Emmanuel Mounier, mora en otro lugar.

06 de agosto de 2016 a las 12:01 a. m.
Héctor Ghiretti*
Cristianos a la fuerza

Desde que surgió como bando beligerante y en sus diversas denominaciones, el islamismo radical ha atentado contra los más variados objetivos: edificios corporativos, atracciones turísticas, medios de transporte, centros comerciales, espacios públicos, edificios gubernamentales, locales de diversión. Los centros neurálgicos del Occidente liberal, democrático y capitalista. Con el suplicio y martirio de Jacques Hamel, sacerdote católico francés, en una parroquia de Normandía también profanada, la ofensiva adquiere una modulación simbólica particular.No es la primera ocasión en que los islamistas radicales secuestran, hieren y martirizan a cristianos: viene sucediendo de forma sistemática contra las comunidades cristianas en Oriente y en África.Este genocidio ha sido minimizado o disimulado por la prensa laica, liberal y progresista de Occidente. Pero lo que parecía hasta ahora un conflicto religioso entre árabes o africanos toma otra dimensión con el martirio y la profanación en territorio europeo.El ataque define a la perfección al verdadero enemigo del islam radical. Que no es sólo el Occidente democrático, laico y secularizado, de las libertades y los derechos.Para el islam radical, poco importa que los occidentales se definan ateos, anticlericales, agnósticos, liberales, nacionalistas, comunistas, demócratas, feministas, homosexuales, tolerantes, progresistas... Ellos siempre serán cristianos, cruzados, romanos, nazarenos.Da igual que sus tropas lleguen embanderadas con la Cruz de Jerusalén, la de San Andrés, las barras y estrellas de los Estados Unidos, la hoz y el martillo o los logos de las multinacionales del petróleo. El enemigo siempre es el mismo.Pero ¿es que el islam radical se equivoca al meter en una misma bolsa a las diversas identidades del mundo occidental, muchas de ellas radicalmente opuestas entre sí?En absoluto. Para ellos, ser ateo, anticlerical, agnóstico, laicista, liberal, nacionalista comunista, demócrata, feminista, homosexual, tolerante o progresista son apenas formas diversas de ser cristiano. Todos los que compartimos la condición cultural de occidentales somos cristianos, querámoslo o no.Y es que la condición de posibilidad de estas múltiples identidades es, precisamente, una sociedad y una cultura cristianas. Sólo el cristianismo, en su fascinante y compleja dinámica de opuestos, permite que puedan surgir y desarrollarse formas sociales y culturales que se definen como la negación del sustrato donde han nacido.Pero esta profusión de identidades diversas proviene de la descomposición del universo cristiano. El islam radical identifica a la perfección al enemigo. Occidente ya no sabe bien qué es. Es una sociedad de raíz cristiana, pero también poscristiana: no hay unidad de espíritu; sólo división y enfrentamientos internos. Las resultantes de esa descomposición son identidades débiles, fragmentarias, residuales. Algunos occidentales que consideran la fe religiosa como una instancia cultural superada entienden bien que esas identidades derivadas necesitan un arraigo en una noción fuerte, protectora, que defina un ámbito de pertenencia. Oriana Fallaci tenía el cuidado de definirse como una "atea cristiana".Otros piensan que podrán enfrentarse al desafío del islam radical exclusivamente a partir de esas identidades rotas que reflejan, cada uno a su modo y según sus limitadas capacidades, el esplendor de la antigua cosmovisión de los cristianos.Lo cierto es que, en una lucha que se ha prolongado por casi un milenio y medio, quien ha conseguido defender a Europa, sus tradiciones y su pensamiento, desde los tiempos de las cruzadas y la reconquista de la Península Ibérica, es el cristianismo.Su espíritu fuerte y su capacidad de respuesta han sabido contrarrestar la agresión de una religión esencialmente militarista y de conquista como es el islam (lo cual no equivale a decir que el cristianismo no tiene elementos de ese tipo: los tiene, pero no en esencia).Napoleón, uno de los mayores genios políticos militares de Europa, poco inclinado a consideraciones sobrenaturales y pensamientos idealistas, dijo en una ocasión que "no hay más que dos poderes en el mundo: el sable y el espíritu. A la larga, el sable siempre es vencido por el espíritu".¿En qué fuerza confía Occidente hoy para defenderse? En el contexto contemporáneo, resulta poco realista pensar en un regreso a las fuentes de su identidad, en una recristianización de la cultura de Europa y de América.Tampoco parece concebir soluciones políticas, que obligarían a revisar a fondo sus relaciones con los países islámicos o replantear sus criterios migratorios o de minorías étnicas.Tal parece que su respuesta sólo es técnica: mantener los intereses económicos en la región de conflicto, intervenir en los enfrentamientos internos de los países que la integran. Responder en ocasiones con represalias militares en esos territorios y aumentar el control policial en el propio.Hasta el momento, Occidente se ha mostrado como el poder del sable. El espíritu, diría Emmanuel Mounier, mora en otro lugar.

* Profesor de Filosofía