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Crianzas naturalizadas

Recién en el siglo 20, cuando empezaba a expandirse la visión de las ciencias sociales sobre niños y adolescentes, la infancia comenzó a ser considerada una entidad con derechos.

19 de febrero de 2017 a las 12:01 a. m.
Crianzas naturalizadas
Dato. La historia muestra pocas referencias infantiles.

Sin dudas, los niños ocupan un lugar principal en la escena familiar actual.

¿Quién podría dudar hoy del valor de los años fundantes; de su impacto en la constitución de subjetividades?

Sin embargo, el concepto de infancia es nuevo. Recién en el siglo 20, cuando empezaba a expandirse la visión de las ciencias sociales sobre niños y adolescentes, la infancia comenzó a ser considerada una entidad con derechos.

La historia –siempre escrita por adultos– muestra pocas referencias infantiles, al punto de parecer sólo habitada por mayores. Infancia invisible, infancia negada.

En su libro La evolución de la infancia, Lloyd deMause postula que "la fuerza central del cambio histórico no es la tecnología ni la economía, sino los cambios personales resultantes de interacciones entre padres e hijos en sucesivas generaciones". El autor analiza hábitos de crianza infantil en diferentes culturas y períodos, cuestionando la indulgencia con la que eran aceptados el maltrato y los abusos.

En coincidencia, Louise Despert expresa su consternación en El niño con problemas afectivos, entonces y ahora, por la "crueldad y dureza de corazón de los padres en la antigüedad", amparados en certezas incuestionables de la época.

Lo cierto es que la consideración de la niñez predominante en diferentes períodos refleja cómo (des) cuidaba cada sociedad a sus menores. Entre los cazadores-recolectores de la prehistoria, el filicidio era práctica corriente, limitando el crecimiento grupal que hiciera peligrar la provisión de alimentos.

La venta de niños era legal en la antigüedad, considerados mercancía casi tan valiosa como animales de carga o especias.

Hasta el siglo XVIII, era usual ceder los hijos a amas de cría; luego de crecidos, se convertían en sirvientes en casas ajenas. Por entonces, el tiempo compartido con sus padres era insignificante.

Benjamin Disraeli, político y escritor británico que retrató la Inglaterra industrial, describe la situación de niños de origen humilde, empleados desde temprana edad, justificando que los padres cedían a sus hijos “para que aprendieran a hablar o recibieran alimentación”.

En tanto, el abuso sexual era un derecho de padres y madres reconocido hasta finales del siglo XIX, que abarcaba desde hábitos simples como juegos humillantes, hasta violaciones reiteradas.

Estas visiones naturalizadas sobre la crianza facilitan parámetros de comparación con prácticas actuales que parecen tener idéntico riesgo de violentar la niñez como en la antigüedad, y con justificaciones tan “sólidas” como las de entonces.

Es imposible disimular el abandono paterno que representa depositar a sus hijos en instituciones educativas, considerando que el tiempo frente a docentes triplica al compartido con los padres. Claro está, para una “mejor educación”.

Se los abandona también al dejarlos navegar por internet sin límites ni supervisión de mayores. Pueden acceder a valiosos datos, sí, pero también a conceptos erróneos u ofensivos; se comunican con amigos, sí, pero asimismo con potenciales agresores.

Es arbitrario proponer la imputabilidad desde los 14 años por cometer delitos, logrando demonizarlos como los nuevos delincuentes, sin reconocer el fracaso de las estructuras sociales que debieran protegerlos.

Y es injusto el planteo de “bancarizarlos” desde los 12 años, argumentado un “aprendizaje financiero”, entrenamiento funcional a intereses económicos que probablemente generaría más consumidores que ciudadanos.

A juzgar por los síntomas emergentes en los chicos (epidemia de desatentos, ansiosos, intolerantes, impacientes, demandantes y sin motivación por actividades escolares), sería oportuno buscar alternativas que naturalicen otros conceptos: presencias humanas y no virtuales; deportes al aire libre; más educación familiar y menos tarea escolar; espacios para el arte y la creatividad. Y pausas que les permitan valorar su tiempo. Y toda idea que evite el lamentable retorno a la negación de la infancia.

* Pediatra