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Pensar la infancia. Crecer sin palabras

13 de septiembre de 2025 a las 10:43 p. m.
Crecer sin palabras
Infancias. (Pedro Castillo / La Voz)

Les bastó cruzar miradas para gustarse.

Él, tímido entrenado, y ella, pudorosa de cuna, obviaron las palabras. Pronto supieron que eran el uno para el otro.

Caminaban de la mano, miraban el mismo cielo y hasta elegían idénticos sabores. No necesitaban nombrar lo que sentían: estaban juntos.

Mudos, descubrieron el embarazo. Desbordaron alegría, pero sin palabras. Tampoco las dijeron los abuelos, gente reservada que los llenó de abrazos y de buenos deseos, todo en prudente silencio.

Cuando el ecografista dijo que era niña, agradecieron. Primero, porque estaba “todo bien”; después, porque, fieles a su escueta manera de asumir la vida, la lista de nombres se había reducido a la mitad.

El primero en visitarlos en el hospital preguntó si se habían decidido.

Sorprendidos, acordaron Mia. Nombre simple, digno, pero fundamentalmente breve.

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El amor por la bebé fue aumentando con los días.

Alimentada y protegida con dedicación, Mia era demasiado pequeña para saber que se había sumado a una familia donde sobraban emociones y sentimientos, pero que nadie nombraba.

Por eso, para ella fue natural crecer sin canciones de cuna, sin palabras de aliento ni expresiones ante las primeras monerías. Su mundo –su hogar– era plácido, pero silente.

Antes de cumplir 1 año de vida, descubrió que “afuera” circulaban más palabras. Fue al debutar en un jardín de infantes. Durante las primeras semanas lloró cada día; no por extrañar, sino por el exceso verbal.

Dos meses le llevó sentarse a escuchar cuentos, canciones y tolerar gritos de sus pares, en tanto le aseguraran el regreso a casa.

Allí le esperaba rica comida, luces tenues y adultos que se comunicaban con sobreentendidos. Nada de radios, televisores o teléfonos que perturbaran el santuario.

Con 2 años, Mia era experta en escuchar. Dormía en su cuarto, sola y sin temores; para ella, la oscuridad formaba parte de ese universo normalmente sigiloso. Reclamaba comida con los ojos, aceptaba el baño diario sin quejarse y jugaba sin hacer ruidos. No necesitaba hablar.

Pero a no confundirse: nada de su entorno le era ajeno. Comprendía todo, se hacía entender con gestos y nunca se frustraba.

¿Para qué usar palabras, si les pertenecían a otros? Por ejemplo, a los chicos en el colegio o en la plaza, donde las usaban –según ella– demasiado.

Ya como alumna en sala de 4 años, sus compañeros la aceptaban como era, demostrando una sabiduría difícil de aceptar para los adultos.

Ellos, por su lado y como dictan las normas, consultaron a profesionales. Se solicitaron estudios y se emitieron diagnósticos distintos y hasta contradictorios.

Toda la evidencia reunida demostró que Mia era una niña vigorosa, sana y que no requería de palabras como los demás.

Sin embargo, esa posibilidad fue desdeñada, por lo que recibió medicamentos y terapias que, por supuesto, no causaron efecto alguno.

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Un día cualquiera, Mia aceptó –por primera vez– quedarse a dormir en casa de su abuela.

“Llamanos”, fue el mínimo comentario de la madre al dejarla.

Esa tarde, nieta y abuela jugaron con dados, naipes y cubos de colores. Cortaron flores del jardín para adornar la mesa, se lavaron bien las manos y cenaron.

Antes de dormir, y como cada noche, la abuela se arrodilló para rezar, las manos apretadas contra el pecho.

Mia no tardó en entender por quién rezaba. Esperó el final y dijo, con perfecta dicción: “Amén”.

Aquella sí era una palabra necesaria, pensó.

Y siguió creciendo de la única manera que había aprendido.