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Confesiones a un corresponsal

En nuestro país es imposible cercenar el derecho de huelga, que tiene rango constitucional y existe y se lo ejerce desde hace más de un siglo. Julio César Moreno.

28 de enero de 2012 a las 12:01 a. m.
Julio César Moreno (Periodista)
Confesiones a un corresponsal

En una entrevista con un corresponsal extranjero, al ser preguntado si en la Unión Soviética había derecho de huelga, José Stalin respondió: "No, porque en la URSS la clase obrera está en el poder y, por lo tanto, no puede hacer una huelga contra sí misma". La frase, que quedó para la historia, fue dicha a mediados de la década de 1930, cuando "el padrecito de los pueblos" ya había consolidado su hegemonía en el inmenso territorio soviético. En realidad, Stalin no hizo otra cosa que seguir al pie de la letra a Karl Marx, quien en el Manifiesto de 1848 había definido al comunismo como una "dictadura del proletariado", aunque esta era concebida como una "fase transitoria" que iba a culminar en una sociedad de "productores libremente asociados", en la que el Estado iba a ir desapareciendo de manera gradual, según aclaró Marx en uno de sus últimos y más célebres ensayos: "La crítica al programa de Gotha".Por cierto que la soviética no fue una "dictadura del proletariado" sino un régimen de partido-Estado, en el que el Partido Comunista controlaba todos los resortes del Estado, hasta el punto que el propio Stalin se definía como un simple "secretario del partido" que no tenía ningún cargo en el Estado pero que se desempeñaba como jefe del Estado y comandante supremo del poderoso Ejército Rojo. Este venció a la Alemania de Hitler durante la Segunda Guerra Mundial y entró vic­torioso en Berlín en abril de 1945, luego de rechazar a los alemanes desde Moscú, Stalingrado y Leningrado y en toda Europa del Este. En aquel momento, la imagen de Stalin se tiñó con el aura de los grandes vencedores y mucha gente –incluso en Occidente– silenció sus crímenes.Pero aquella "dictadura del proletariado", que parecía hecha para la eternidad, se desplomó a comienzos de la década de 1990, poco después de la caída del Muro de Berlín. Y no como consecuencia de una invasión extranjera o una derrota militar, sino por sus propias contradicciones y fracasos, que la llevaron a un atolladero histórico del que no pudo salir. En su lugar, surgió una sociedad tremendamente desigual, víctima del capitalismo salvaje y de una nueva burguesía nacida de la noche a la mañana, con una democracia endeble y sospechada de ilegitimidad y un Estado en el que los ex comunistas ocupan los principales puestos de mando. Hay elecciones, hay un cierto pluralismo y una libertad de prensa restringida. Pero no hay derecho de huelga ni convenciones colectivas de trabajo. Lo mismo sucede en China, una de las primeras potencias mundiales, en la que impera un "comunismo de mercado" controlado por el Partido Comunista.Tampoco en Cuba hay derecho de huelga. Y si lo hay, no se lo ejerce. Los regímenes populistas latinoamericanos recelan de los desafíos de los grandes sindicatos, allí donde estos existen. El ministro del Interior argentino tuvo hace poco una frase sugerente: "Si los dirigentes sindicales son realmente representantes de los trabajadores, no hay ninguna posibilidad de divorcio con el gobierno; el motivo es sencillo: este Gobierno tomó al trabajador como eje central de sus políticas". Pero hay una gran diferencia: en nuestro país es imposible cercenar el derecho de huelga, que tiene rango constitucional y existe en la realidad y se lo ejerce desde hace más de un siglo. No tenemos, por fortuna, una fantasmagórica "dictadura del proletariado", en la que el Estado pueda arrogarse una representación exclusiva y excluyente de los trabajadores.