Cómo se enseña un país
Tengo una sensación: tuvimos una guerra y nos olvidamos. Quizá por una operación de la memoria, quizá porque escondemos lo que nos da vergüenza.
Días antes del feriado por el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, la guardería a la que asiste mi hijo envió un comunicado. Informaba que el 24 de marzo no habría clases por el feriado. El aviso me sorprendió; algunos “mapadres” agradecieron por avisar. Nunca recibo anuncios de que no habrá clases por el Día de la Bandera o por el 25 de Mayo.
Entonces pensé: todavía falta.
La marcha del 24 de marzo desbordó las calles de la ciudad de Córdoba. Había casi 100 mil personas, que hacían visible parte de la historia más trágica de nuestro país. En la calle, los cuerpos de quienes marchaban les daban cuerpo a quienes todavía no fueron encontrados.
Volví a pensar en el comunicado del jardín. Sobre avenida Colón, a mi lado, un niño de 5 años preguntaba y una madre respondía. El niño quería saber qué eran los desaparecidos, por qué había mujeres con pañuelo blanco en la cabeza, una cadena de porqués que la madre respondía con ternura. Ella intentaba, buscaba palabras atentas a la edad del niño, y no había. Me acerqué a preguntarle cómo hacía y me respondió que, a medida que él preguntara, ella respondería.
Esas mujeres buscan a sus nietos y nietas. Porque no saben dónde están. Y los de más allá, a sus papás y mamás. Y dónde están, preguntaba el niño, y dónde están, mamá.
Escribo sobre Malvinas desde hace varios días. Cuando logré los dos primeros párrafos, empecé a llorar. Llamé a una amiga en ese trance de angustia y le pregunté: ¿por qué no hablábamos más de Malvinas? Ella es más grande y me dice que nunca puede. Además, vivió en el sur y escuchaba las sirenas. Sé el himno de las Islas de memoria. Me quedo en pausa ante cualquier obra que recuerde a los jóvenes y las jóvenes que murieron en ese territorio. Pero no hablo de las Islas.
Malvinas es una herida que escondemos. Está y no está. Casi que asumimos sin querer la detestable descripción que hacía Jorge Rafael Videla sobre los desaparecidos. La aplicamos a la guerra, la aplicamos a los soldados y a esas familias que quedaron rengas de hijos e hijas combatientes. Como si no existieran, pero sabemos que existen; como si nunca el gobierno de este país hubiera ordenado pelear por ellas. Una guerra que da vergüenza.
En 2012, el artista Luciano Burba montó una obra en el monumento a los caídos por la Guerra de Malvinas de la Plaza de la Intendencia, en la capital provincial. Una acción pequeña que clava una espina. Les puso bufandas a los soldados de bronce.
Años después, cuando yo ya vivía con Luciano, él montó una carpa que se utilizó en Malvinas en una muestra en Villa María. Sobre la tela verde y seca, pintó flores; la camufló de una pintura de la posguerra.

Recuerdo el día que llegó esa carpa a casa. Toqué la tela y pensé en qué finita era, sin piso ni aislante, una tela abierta en V como si fueran a un día de playa.
Tengo una sensación: tuvimos una guerra y nos olvidamos. Quizá por una operación de la memoria, quizá porque escondemos lo que nos da vergüenza. El broche de oro –y de colapso– de una dictadura que también libró una guerra. Como si hubieran hecho falta más muertes, más dolor, más balas.
* Escritora y periodista

