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Cómo aflojar un poco con las fotos familiares

 La abundancia de fotos digitales nos obligan a extrañas rutinas, no siempre placenteras. Publicaciones anteriores de la serie Días contados.

13 de febrero de 2016 a las 12:05 a. m.
Martín Cristal / www.martincristal.com.ar
Cómo aflojar un poco con las fotos familiares

Quiero aclararlo de entrada: definitivamente mi mujer y yo no somos de esos padres que persiguen a sus hijos todo el día sacándoles fotos. En ese aspecto en particular, hemos visto padres mucho peores que nosotros. Estamos sin dudas de mitad de tabla para abajo. Esto está fuera de discusión.Aprendimos pronto que la mera situación de "toma fotográfica" distrae a la niña. De inmediato abandona esa actividad tierna o graciosa que, según juzgamos, ameritaba una foto. Por querer congelarla en una imagen, deshacemos el momento, quizá para siempre.Con sólo 2 años, ella no sólo ya sabe que en las fotos se sonríe y se posa –lo cual hace cada vez con más naturalidad; es decir, con menos–. También sabe que, después de cada toma, hay que correr hacia el fotógrafo para ver qué tal salió la foto en la pantallita digital. Los adultos lo hacen; ella también.Todo esto arruina muchos momentos preciosos y mata la espontaneidad (como en aquel chiste de Mafalda en el que su padre intenta sacarle una foto a Guille mientras este dibuja). Si las fotos son con flash , el efecto distractor es todavía más grave.Un amigo solucionó el tema comprándose una cámara con zoom y tomándoles fotos a sus hijos desde lejos, sin que se den cuenta. Suelen ser fotos hermosas. Sin zoom a la vista en nuestra economía, decidimos aflojar un poco con el gatillo fotográfico, para no sabotear momentos valiosos con nuestra hija. "¿Sacamos una foto?". Al principio la respuesta era siempre "sí"; ahora distinguimos que a veces da y a veces no.Aun así, poco después su cumpleaños llega el día en que repasamos las fotos de los últimos 12 meses para seleccionar algunas y hacer copias en papel (somos de la generación que todavía necesita del papel para corroborar su pasado como algo tangible). Ese día siempre advertimos que, a pesar de todo, la cantidad de fotos que le sacamos a nuestra hija es enorme.

Consejos, genealogías 
y cálculos simples

Tres consejos me dio otro amigo, que había sido padre varios años antes que yo: 1) en la computadora, poneles fecha desde el principio a todas las carpetas de fotos que le saques, porque si no lo hacés de entrada, un día serán demasiadas para clasificarlas; 2) hacé copias de respaldo de esos archivos; y 3) acostumbrate a que de ahora en adelante no vas a aparecer más en el 99 por ciento de las fotos.

Cuánta razón acumulada.

Si uno tiene cerca de 40 años y quiere armar un álbum familiar que abarque toda su genealogía, puede que encuentre la siguiente proporción y calidad de fotografías:

De tatarabuelos y bisabuelos: una sola imagen de cada uno. Con suerte, dos. Pueden ser pinturas ovaladas, daguerrotipos maltratados o fotos (por lo general retocadas, o incluso coloreadas a mano).

Abuelos: puede que haya más fotos. Las más tempranas también fueron tomadas en estudio. Si se han conservado bien, suelen mostrar fondos falsos, utilería, gente bien vestida en poses solemnes, artificiales, todo esto tomado con una técnica fotográfica impecable.

Hay otras, también tomadas por fotógrafos profesionales, en viajes, en bodas, en otras celebraciones.

Tienen tonos de sepia o grises, y bordes blancos, dentados; están pegadas en álbumes de cartón, con las fotos sostenidas por esquineros. Entre ellas, a veces aparece alguna foto carné que retrata un gesto vacío, de formalidad circunstancial, que casi siempre terminaba avergonzando a su dueño.

Poco a poco, a medida que los abuelos se fueron convirtiendo en tales, aparecen retratados con otros miembros más jóvenes de la familia, e incluso a color: es la llegada de la cámara propia y la fotografía hogareña.

De nuestros padres, las fotos también empiezan en blanco y negro –bebés envueltos como Oaky o emperifollados para la ocasión– hasta alcanzar el color de las fotos hogareñas. Curiosamente, hoy los mediotonos más antiguos de las primeras suelen estar mejor conservados que los “nuevos” colores de las segundas.

Las hay en formatos variados: rectangulares, cuadradas, cuadradas con borde blanco y la fecha en ese mismo borde, cuadradas pero con las esquinas redondeadas... Y también en soportes diversos: diapositivas con detalles secretos guardados en su miniatura, polaroids desvaídas... Al verlas, se nota que cada vez hacían falta menos motivos especiales para sacar una foto.

En este último grupo, ya están las imágenes de nuestra infancia: las fotos que nuestros padres nos tomaron con cámaras analógicas de distintas marcas y modelos. Con

flashes

descartables o incorporados. Quizá en blanco y negro, pero más frecuentemente en color. Con rollos de 24 o de 36 exposiciones, que guardaban su secreto mientras crecía la expectativa (o el olvido) acerca de lo que depararía el revelado.

Fotos hermosas mezcladas con muchas otras copias que no salieron tan bien, pero que igualmente habían implicado un costo, y que lo mismo se guardaban: subexpuestas, sobreexpuestas, movidas, mal encuadradas. Todas con los colores amalgamándose en uno solo, al ritmo del tiempo.

¿Cuántas fotos tenemos de esa infancia que inició cuatro décadas atrás? Dependerá de los usos de cada familia, claro; en mi caso, recuerdo haber visto cuatro o cinco álbumes con fotos de mi niñez y adolescencia. Exageremos con ganas y digamos que tengo 12 álbumes completos. Sigamos exagerando y digamos que tienen un promedio de 36 páginas cada uno, siempre con seis fotos por página.

Exagerando en todos esos aspectos –y también en el redondeo hacia arriba–, tendría casi 3.500 fotos de toda mi infancia y mi adolescencia.

Prendo la compu y reviso la carpeta de fotos familiares, pulcramente ordenada gracias al consejo de mi amigo. Clasificadas en 73 carpetas con fecha, mi hija ya tiene 1.888 fotos digitales (¡y videos!)... sólo en sus dos primeros años de vida.

A este ritmo, la misma cantidad de imágenes que yo tendría de mi infancia y mi adolescencia completas, mi hija la tendrá antes de cumplir los 4 años.

Existencias digitales

¿Cómo es posible semejante cantidad? Habría que preguntarse mejor lo contrario: ¿cómo podrían ser menos si –además de una camarita digital de 14 megapíxeles, nada del otro mundo– los dos padres de la criatura están armados durante las 24 horas con teléfonos celulares que a su vez también traen cámaras?

Casi 1.900 archivos en dos años, cerca de ocho

gigabytes

de información. Hay que decir que no todas esas fotos fueron tomadas por nosotros.

También tenemos archivadas muchas que le tomaron sus tíos, sus abuelos, sus maestras, los padres de otros amiguitos en sus respectivos cumpleaños... Este banco de imágenes es colaborativo: se va formando también por la facilidad con que hoy se pueden compartir los archivos digitales.

Esa facilidad de copiarlos y compartirlos tiene su reverso: la facilidad de borrarlos o perderlos. Un virus o un accidente que acabe con nuestra computadora, un ladrón que se la lleve... Cualquiera de esas desgracias nos rapiñaría demasiada data afectiva de una sola vez.

Ahí entra en vigor el segundo consejo de mi amigo: las copias de respaldo. Pero al ser tal cantidad de archivos, no es algo veloz de hacer. Hay que sentarse y dedicarle tiempo. Grabar DVD, por ejemplo. Fecharlos. Recordar que los DVD no son para siempre: muchas veces su información se vuelve inaccesible tras unos pocos años. Lo cual hace necesario un plan B.

Podría ser el de comprar un disco duro externo y copiar las fotos también ahí. El proceso es mucho más rápido y práctico –los archivos se pueden editar, reordenar y renombrar–, pero al disco hay que tratarlo con cuidado: pueden pasarle las mismas cosas que a cualquier computadora... lo cual hace necesario un plan C.

¿Qué tal un respaldo extra en la compu de la madre, por las dudas? Lo hacemos, y está bueno: la nostalgia materna las tiene más a mano ahora, y la niña, a veces, pide ver fotos –supongo que es una variante del “estadio del espejo”, en el que los niños se miran a sí mismos para afirmar su propia identidad–; la verdad es que mostrárselas en la pantalla más grande de esa compu resulta cómodo.

Pero ojo: esa máquina es vieja, también puede romperse... ¿Plan D? Subir las fotos, además, a “la nube” de Internet.

Los archivos se triplican y cuadruplican; también el trabajo. Lo mismo pasa a la hora de descargar las fotos a la compu desde los respectivos celulares y cámaras, desde correos y mensajes de WhatsApp. Burocracia pura. Por eso decidimos hacerlo sólo una vez por mes.

Y, por supuesto, los parientes quieren que les mandes fotos de la nena, porque “hace mucho que no la vemos” (un mes). Hay que seleccionar fotos recientes, adjuntarlas y enviarlas...

¿Adónde iremos a parar?

Recuerdo y busco en la biblioteca un cuento conmovedor de John Crowley, titulado “Nieve”. Es de 1985 y está compilado en

Obras maestras

, una antología de ciencia ficción hecha por Orson Scott Card (el autor de

El juego de Ender

).

En el cuento, las personas ricas pueden pagarse una “avispa”: una microcámara voladora que las seguirá a todas partes, filmándolas sin tregua, no con un afán de control –tal como nos ha acostumbrado la variante distópica de la ciencia ficción–, sino para enviar esas imágenes a un archivo unificado de video.

Cuando esa persona muera, sus deudos podrán acceder a dicho archivo audiovisual en el cementerio parque donde se la entierre. Cada mausoleo tiene una pantalla. El sistema asegura un almacenamiento mínimo de ocho mil horas.

Sin embargo –y esto es lo genial del cuento–, los deudos no tienen acceso al archivo completo de principio a fin: no pueden buscar y ver una escena concreta; sólo se les permite acceder a fragmentos de video al azar. Esto es para que el material sólo se pueda usar para la conmemoración del finado y el consuelo de los deudos, y no para otras investigaciones

post mortem

(biográficas, judiciales, impositivas, etcétera).

Ese

random

obligatorio hace que el acceso de las imágenes sea más afín a los procesos normales de la memoria humana. Ofrece recuerdos que surgen de improviso, sin razón. A veces son importantes; a veces, triviales. Escenas que, una vez vistas, tienen poquísimas posibilidades de volver a aparecer en la pantalla.

A la larga, resulta que el material almacenado no es eterno: su calidad va disminuyendo con el uso. Cada vez muestra menos definición. El folleto del servicio ya lo advertía. Aparecen interferencias sobre las imágenes: algo flota sobre ellas. Como si fuera un poco de nieve.

Así será siempre, parece decirnos Crowley. Las fotos de papel se ajan, se queman, se decoloran, se pierden. Los archivos digitales se dañan, se desactualizan, se sobreescriben, se eliminan, se pierden.

Esa nieve que recubre los recuerdos más preciados de nuestra mente también caerá, inexorable, sobre los soportes materiales o virtuales con los que pretendemos salvar esas memorias de la aspereza con que las trata el tiempo.

Finalmente, la memoria es un milagro o es un trabajo. Mientras tanto, que la foto del bosque no nos impida mirar el bosque.