Coincidencias
Las coincidencias eran evidentes. Habían nacido el mismo exacto día y, sin conocerse, recibieron idéntico nombre: Felipe.
Las coincidencias eran evidentes. Habían nacido el mismo exacto día y, sin conocerse, recibieron idéntico nombre: Felipe. Los dos tenían hermanos mayores y sus nacimientos fueron celebrados con esa tranquilidad que algunos padres muestran con los segundos hijos.A los 8 días de vida, un Felipe era circuncidado de acuerdo a la tradición judía. El otro, en el centro de una ruidosa reunión familiar, recibía de los futuros padrinos una medalla con la imagen de la Virgen María. Con distintos escenarios, pero en el mismo momento, los dos eran nuevos eslabones agregados a cadenas de tradición, con idéntica esperanza.Con 4 meses, Felipe era bautizado en la iglesia elegida por sus padres, mientras que Felipe entraba por primera vez a la sinagoga. En los oídos de los pequeños, comenzaban a resonar los ecos de liturgias milenarias. Aquel día, en cada templo, nadie ahorró deseos de salud y larga vida para los Felipe.Vecinos de barrio pero ignorantes de la existencia del otro, ambos recibieron una educación similar. A un Felipe le alegraba acompañar a su madre a misa de domingos. El otro disfrutaba ayudando a encender las velas en sabbat .Ambos disfrutaban de la paz de aquellos momentos. Uno, embelesado por las palabras de un cura sencillo y cercano que le proponía ser, simplemente, una buena persona. El otro, expectante cada atardecer de viernes, con las emociones y la piedad a flor de piel.Los dos, cada Felipe a su manera, agradecían por la familia que les había tocado. Felipe era buen alumno; el otro, también. Ambos recibieron, cada uno en su escuela, el premio al mejor compañero.Al finalizar la primaria, los dos atravesaron la esperable etapa de misticismo romántico. Felipe y Felipe compartían, también sin saberlo, el mismo altruismo infantil en que sentían a Dios muy cerca. Tan iguales y desconocidos, finalmente los Felipe decidieron que no serían ni cura ni rabino: uno quería ser biólogo; el otro, baterista.En segundo año de la secundaria, los padres de Felipe decidieron cambiarlo de colegio. No lograba adecuarse a la doble escolaridad, por lo que buscaron otra institución. Como podía ocurrir en una cadena de coincidencias, eligieron el colegio al que asistía el otro Felipe.Por supuesto, terminaron compartiendo banco. Felipe, el osado, comenzó a interrogar al tímido. Hablaron. Coincidieron. A las dos semanas, ya habían tomado la leche juntos, una vez en cada casa. Todavía no eran amigos, pero querían serlo.En un recreo, Felipe le contó al otro que haría su ceremonia de bar mitzvá. Felipe lo miró extrañado; no conocía esa palabra, por lo que recibió una completa explicación de lo que representaba para el judaísmo la mayoría de edad a los 13 años. Felipe quería que conociera su sinagoga; que estuviera con él.Esa noche, Felipe comentó con sus padres la invitación recibida. Era algo diferente a sus costumbres, pero atractivo. Fue la madre quien sugirió que Felipe podría, a su vez, proponer a Felipe que conociera su iglesia, algún domingo.Dos semanas después, allí estaban los dos Felipe, bien peinados y cómplices, entrando a misa. Escucharon atentos el mensaje del sacerdote, que proponía respetar, honrar, ayudar. Al regresar a su casa, Felipe, conmovido por las coincidencias, recordó la mirada de su amigo.Algo nervioso pero controlado, Felipe mostraba con orgullo su talit, el manto de rezos que había pertenecido a dos generaciones de su familia. Ahora era él quien lo lucía en el templo, en la ceremonia de bar mitzvá.Al frente, en primera fila, estaba su familia; al lado, su amigo Felipe. Leía párrafos de la Torá: respetar, honrar, ayudar. Felipe, emocionado por las coincidencias, elevó la mirada y se encontró con la de su amigo.
*Médico

