Carta de un radical a otro
Hablar de “proyecto totalitario” puede ser excesivo, pero introducir ese concepto en el debate resulta imprescindible para sacar a la dirigencia opositora de su desconcierto. Claudio Fantini.
"El autoritario pretende que el otro haga lo que él quiere; el totalitario pretende que el otro piense lo que él piensa". Inquietante y profunda, la frase aparece en las líneas preocupadas que Enrique Paixao escribió a su correligionario Hipólito Solari Yrigoyen. Lo felicita por haber planteado que "la política del miedo es incompatible con el sistema democrático" y por condenar el "autoritarismo" que implican las "intimidaciones" con que el Gobierno nacional mantiene "a la sociedad bajo amenaza".En la misma carta, al definir como "totalitario" el proyecto de poder kirchnerista, el ex ministro de Justicia de Raúl Alfonsín señaló la "desorientación del partido (la UCR) respecto a la cuestión fundamental".En rigor, se refirió a la conducción nacional del radicalismo, a la que describió con la palabra "inopia", vocablo breve y extraño, cuyos dos significados describen a los máximos exponentes del radicalismo y las demás fuerzas opositoras."Inopia" significa escasez, indigencia, pero también refiere a la actitud de quienes no saben dónde están parados, no perciben ni entienden los rasgos fundamentales de la realidad que los rodea. O sea, los que están en Babia.Por cierto, hay excepciones, pero basta escuchar las letanías de los exponentes más visibles de la oposición para percibir que deambulan desenfocados ante una masa que los ignora y ha decidido actuar prescindiendo de ellos.También en la prensa crítica predomina la dificultad para enfocar el núcleo más oscuro del proyecto político que observa y cuestiona. Por eso, el solitario destello de Paixao pasó casi inadvertido.Aguda y lúcida, Susana Viau fue la excepción. Esta periodista de sólida formación política dedicó la mitad de su columna en Clarín a la mirada preocupada de uno de los juristas favoritos de Alfonsín, mientras por los restantes ríos de tinta seguían navegando la inflación, el "cepo al dólar", el "aislamiento de la Presidenta", la "inseguridad", el país que "se quedó afuera del mundo", etcétera.Hablar de "proyecto totalitario" puede ser excesivo, pero introducir ese concepto en el debate resulta imprescindible para sacar a la dirigencia opositora de su desconcierto.En su carta a Solari Yrigoyen, el penalista radical sostiene que debatir sobre totalitarismo debería ser el fundamento de una nueva y amplia política de alianzas. No se equivoca. Cualquier estrategia está condenada al naufragio si parte de un análisis erróneo de la realidad en cuestión.Mientras Paixao escribía estas ideas, la mayoría en la cúpula del radicalismo y el Frente Amplio Progresista, entre otras fuerzas críticas al Gobierno, seguía fijando "límites" a su política de alianzas, lo cual no estaría mal si esos límites fueran establecidos desde la circunstancia política real y no desde la inopia. Huérfanos. La inmensa porción del país que siente aversión por el liderazgo imperante se declaró huérfana de líderes y se pronunció en la calle, prescindiendo totalmente de las desconcertadas dirigencias opositoras. Sostener que las condujo la prensa crítica es una táctica de autoconvencimiento oficialista, porque en la dimensión mediática, con algunas excepciones como Susana Viau, también predomina el desconcierto.Ni los medios críticos ni la oposición habrían podido movilizar lo que se movilizó a sí mismo. El kirchnerismo tampoco podría inundar las plazas sin abarrotar sus alrededores de ómnibus que revelan la naturaleza armada y financiada de la movilización.En la mitad del país demediado que se opone al Gobierno, muchos cuestionan, con altas dosis de egoísmo social, que haya asistencia estatal para los más pobres. Otros se quejan de superficialidades y sienten una repulsión recalcitrante por los modos de la Presidenta. Pero están lejos de ser la mayoría.Confundir esos casos deplorables con toda la oposición es como equiparar a todos los que apoyan al Gobierno con los foristas que vomitan sus retorcimientos al pie de las notas críticas.Lo que parece mover a la mayor parte del país que no quiere al Gobierno es la convicción de que la democracia pluralista se está diluyendo en el flujo de odio político inoculado en la grieta que divide a la sociedad.Es el temor que genera la consolidación de un régimen en el que no hay oposición sino disidencia y donde las minorías que disienten son estigmatizadas y aborrecidas para justificar su exclusión.Aunque el vasto aparato mediático estatal y paragubernamental puso cámara y micrófono a las quejas más obtusas y reaccionarias, estuvo claro que a la mayoría la movilizó el rechazo a que la Constitución sea reformada por un liderazgo capaz de repetir una consigna totalitaria como "vamos por todo" y usar los aparatos de inteligencia y otros órganos del Estado para poner a la sociedad bajo control.En un país donde la cultura política de matriz autoritaria, con sus izquierdas y derechas, es más fuerte que la cultura política de matriz liberal, resulta esperanzador que un sector numéricamente significativo aún se resista a pensar y sentir como el liderazgo imperante quiere. Y además actúe prescindiendo de una dirigencia incapaz de detectar los tics totalitarios de un modelo político que impone culto personalista.Esa dirigencia no es la vanguardia, sino la despistada retaguardia de una masa huérfana de líderes y estrategas. Orfandad que se percibe en otros fenómenos del momento, como la fuerza movilizadora que adquirió Jorge Lanata. También en que los cuestionamientos más agudos provengan de ex miembros del Gobierno, como Alberto Fernández y Julio Bárbaro. Al resto de la dirigencia opositora estaba dedicada la carta que un radical escribió a otro radical.

