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Caperuza (o la postergación de los derechos de los niños)

En una pequeña aldea, vivía la niña. Su madre le cocinaba, le planchaba, le cantaba; se desvivía por ella. Ante tanto amor –el texto afirma que “enloquecía” por la hija– resulta difícil comprender por qué la señora decidió enviarla a través del bosque, con “una torta y un tarrito de mantequilla” para la abuela, enferma en cama. La sola idea de exponer así a la niña hace dudar de su responsabilidad para una crianza adecuada.

21 de junio de 2015 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski*
Caperuza (o la postergación de los derechos de los niños)

En una pequeña aldea, vivía la niña. Su madre le cocinaba, le planchaba, le cantaba; se desvivía por ella. Ante tanto amor –el texto afirma que "enloquecía" por la hija– resulta difícil comprender por qué la señora decidió enviarla a través del bosque, con "una torta y un tarrito de mantequilla" para la abuela, enferma en cama. La sola idea de exponer así a la niña hace dudar de su responsabilidad para una crianza adecuada.Cuando el cuento fue escrito –siglo XVII–, no había transporte público en los bosques; por entonces, se caminaba. Pero ¿hacerlo sola por caminos inciertos? Varios derechos infantiles son aquí amenazados: protección, seguridad, su asistencia a la escuela (excepto si aquel fatídico día era feriado). "Caperucita Roja" –cuento escrito por el francés Charles Perrault (1628-1702)– cita una "caperuza" ( capot en francés), un "gorro de algunas prendas –en especial capas– con punta inclinada hacia atrás y unido al cuello". La niña lo usaba con tanta frecuencia que adoptó su nombre. Otro derecho violentado: la identidad. No era Gabrielle, Brigitte o Claudine; la llamaban Caperucita. Y roja, de un color que –según el mito– enfurece a los animales salvajes. En verdad, los lobos son tan daltónicos como sus sucesores biológicos, los perros, pero los mitos no se cuestionaban en épocas del autor. Aparece aquí la niña expuesta a un nuevo riesgo: los peligros ambientales. Ningún párrafo de Perrault nombra al padre de Caperucita. La probable orfandad –de confirmarse la ausencia de alguien que ejerciera el rol paterno– agrega una cuota de romántico dramatismo al texto.Otro aspecto perturbador, cuando dentro de una educación integral debería incluirse el respeto a los mayores, es el desdén por la anciana abuela. Si estaba enferma, sola y postrada en una región plagada de lobos hambrientos, ¿por qué no la llevaron con ellas? ¿No era más seguro estar juntas? Tal vez la madre necesitaba aire; un tiempo sola. Enigmas.Sin embargo, el texto es llano: una familia monoparental del ámbito rural expone a su única hija a graves amenazas físicas y psicológicas. Sola, sin nombre propio, sin padre, sin saber cuándo anochecía, a pie y vestida con caperuza de color provocativo, la niña enfrentó una responsabilidad que sin dudas la excedía. No hay datos sobre la edad de Caperucita. Se sospecha preadolescente, con la ingenuidad que esto conlleva... o conllevaba en aquel siglo. ¿Podría considerarse su tarea como trabajo infantil? También su condición mental está en duda. ¿Hablaba con animales? ¿Confundía un lobo con su abuelita y sólo le genera sospechas la voz más gruesa?Por definición, en las fábulas los animales son parlantes, aunque no es descabellado pensar que Caperucita sufría algún trastorno confusional heredado, si se considera que su abuela también aparece en diálogos con el feroz animal.En nuestro tiempo, la niña hubiera merecido estudios adecuados a fin de descartar diagnósticos psiquiátricos. De todos modos, entonces o ahora, ningún niño debía ser objeto de encargos tan peligrosos.El relato original culmina con el famoso diálogo entre la niña mentalmente alterada y el lobo disfrazado. En el último párrafo, se lee: "Y diciendo estas palabras (¡son para comerte mejor...!), el malvado lobo se echó sobre Caperucita Roja y se la comió". Espantoso cierre, atroz escena; un total atentado a la psiquis infantil.Diversos autores anónimos intentaron –más adelante– agregar finales para suavizar el mensaje. Una versión habla de un leñador que, advertido por los ronquidos del lobo, acudió a la casa, le descerrajó un tiro de mosquete y rescató –vivas– a nieta y abuela de la panza del animal. Delirante argumento que propone, como final, una cesárea de urgencia realizada por un hachero.Sorprende que sea posible conocer, reafirmar y difundir los derechos de los niños releyendo algunos cuentos que, de infantiles, sólo conservan la fama.

*Médico