Autoconsideración exenta de autocrítica
Hay dirigentes opositores que hablan del acuerdo de YPF con Chevron como si fuera el “pacto Roca-Runciman”. Y no lo es. Tampoco se puede equipararlo tan livianamente a la privatización con Repsol. Claudio Fantini .
El kirchnerismo militante aplica mejor que nadie la proverbial enseñanza de Séneca: lo que importa es lo que tú pienses de ti mismo y no lo que piensen los demás. El problema es que también deja de considerar la realidad. Lo grave no es la contradicción entre autoconsideración y realidad, sino que no se la asuma desde la autocrítica o desde la explicación, como hacía el propio Séneca cuando elogiaba a Epicuro siendo él un filósofo estoico.El kirchnerismo militante es feliz porque está convencido de que la realidad es su discurso, y no la realidad. Por lo tanto, no debe ni se debe explicaciones y autocríticas. Con voluntad militante, puede ser al mismo tiempo chavista y "chevronista", o pensar que las acusaciones contra Ricardo Jaime son una patraña de los enemigos de la patria, la inclusión social y la buena gente.Por cierto, no son los únicos cultivadores de un autoconvencimiento desopilante. El "denarvaísmo", por ejemplo, se convenció de que Francisco de Narváez es peronista, cuando en realidad, y salvando diferencias en buen gusto y utilidad, es una suerte de Ricardo Fort de la política. El personaje mediático usó su fortuna para comprar un lugar inservible en el escenario televisivo, mientras que el empresario, al que hay que reconocerle autocrítica y evolución, usó su dinero para comprar un lugar expectante en el escenario peronista.También hay dirigentes opositores que hablan del acuerdo de YPF con Chevron como si fuera el "pacto Roca-Runciman". Y no lo es. Tampoco se puede equipararlo tan livianamente a la privatización con Repsol.Lo que está claro, en todo caso, es que el acuerdo con Chevron vuelve ridículo el discurso que lo precedía. En síntesis, la ridiculez está en el discurso, en las poses que lo acompañan y en hacer de cuenta que el Gobierno siempre propuso y pensó exactamente eso que está haciendo ahora.La realidad no importa. Lo que importa es el discurso. Por eso los mapuches que protestan en Vaca Muerta contra el acuerdo con Chevron corren el riesgo de perder el estatus de pueblo originario y convertirse en "qom", o sea una muchedumbre a la que se puede excluir, ignorar y reprimir sin perder "sensibilidad progresista" y sin que sus muertos cuenten a la hora de afirmar que no se criminaliza la protesta.También se volvió ridícula la palabra "modelo" cuando se redolarizó la economía con el Cedín y el blanqueo. Aún más ridícula suena en los nuevos discursos de Daniel Scioli, quien hasta el lanzamiento de Massa sólo decía "modelo" para referirse a la profesión de su esposa. Giro de cardumen. El arte de reemplazar realidad por discurso permite pasar, en un santiamén y sin sonrojarse, de decir que Bergoglio fue cómplice de crímenes de lesa humanidad a proclamarlo "Papa peronista"; y de ostentar la creación de la mejor Corte Suprema de la historia, a considerarla brazo judicial de corporaciones siniestras. Los mismos funcionarios que denostaban a Scioli por neoliberal-menemista colgado del éxito del matrimonio patagónico, ahora lo aplauden en los actos donde estrena convicciones de último minuto, tan creíbles como su brazo derecho.El seguidismo militante al zigzagueo que el Gobierno hace en una baldosa de tiempo, se parece a la metáfora con que Martín Lousteau describió a los peronistas moviéndose tras sucesivos liderazgos durante décadas: son como los cardúmenes que van masivamente enfilados en un rumbo, hasta que el pez líder gira para marchar en dirección exactamente opuesta.En el oficialismo, todos giran en el acto y marchan con determinación hacia la nueva "dirección correcta", como si la "dirección correcta" quedara en la yema del dedo índice de la Presidenta.Con la misma voluntad militante se puede arribar a la certeza de que, si Jaime no consiguió todo lo que tiene con el sudor de su frente sino recaudando sobornos, Néstor Kirchner no sabía nada. Un ejercicio mental idéntico al de la derecha chilena que, al enterarse de los crímenes ejecutados por Manuel Contreras con la Dirección Nacional de Inteligencia (Dina), se empeñaba en creerle a Pinochet cuando negaba haber ordenado o sabido de aquellas atrocidades. Sencillamente, era imposible creer que, por su propia cuenta y sin que el dictador se enterase, el general Contreras enviara al sicario Michael Townley a matar a Orlando Letelier en Washington, a Carlos Prats en Buenos Aires y a Bernardo Leighton en Roma (este dirigente democristiano sobrevivió milagrosamente).Igual de imposible es pensar que Kirchner ignoraba lo que hacía el secretario de Transporte que reportaba directamente a él. Sólo un pelele podía desconocer el motor que impulsaba el espectacular ascenso económico del funcionario al que había acogido, jovencito y pobre, en Santa Cruz. Y si algo no fue Néstor Kirchner, es un pelele.Pero no sólo el kirchnerismo militante confunde la realidad con su discurso. En la oposición furibunda muchos creen que el odio político sigue siendo un monopolio kirchnerista. No los trajo a la realidad ni siquiera la ola de tuits atacando a Cristina con burlas por el nacimiento de su nieto.Chicanas disparadas hacia la cuna de un recién nacido muestran mal gusto y mala entraña. Al fin de cuentas, una cosa es cuestionar a la abuela y otra muy distinta es tirarle con un bebé.

