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Aterrados

Toda dominación que no sea acompañada de trabajo y de cuidado irá, indudablemente, minando el jardín que conforma nuestro planeta. Marcelo Polakoff.

28 de agosto de 2012 a las 12:01 a. m.
Marcelo Polakoff (Rabino, integrante del Comipaz)
Aterrados

No suena muy cuidadoso en principio –lo reconozco–, pero una lectura algo desencajada de semejante texto podría dar lugar a una aseveración un tanto errónea. Es que de entrada nomás, e inmediatamente después de haber sido creada la flamante pareja humana, la Torá nos espeta sin anestesia el primer mandato divino: "Procrear y multiplicarse". Claro está que, si nos detenemos allí, no habría nada para criticar, pero si avanzamos un poco más en dicho versículo apreciaremos que a continuación se nos impele a "... llenar la tierra y dominarla...".El problema no recae justamente en el "llenado" del planeta (aunque la superpoblación no sea un tema secundario); el problema yace en qué significa la dominación.Si por ella entendemos la expoliación de todos sus recursos naturales y el ilimitado usufructo de ello en un corto plazo que inexorablemente conlleve a la absoluta despreocupación por la sustentabilidad futura, pues entonces, aun cuando de dominación se trate, haríamos mejor en llamarlo "suicidio".El juicio al que asistimos en la ciudad de Córdoba, en el que se condenó por primera vez en América latina la fumigación irresponsable y tóxica de campos aledaños a miles de hogares, no es más que una evidencia concretísima y casi obvia de que todo suicidio involucra a la vez un homicidio.La horrenda cantidad de habitantes de barrio Ituzaingó Anexo que sufre todo tipo de cánceres es la cara visible y lacerada de quienes no reparan más que en aquel texto bíblico para dar rienda suelta a pingües ganancias monetarias, sin importar quién esté ante sus narices, y mucho menos lo que ellas inhalen.Sin embargo, los primeros capítulos habitualmente son continuados por los segundos. Y es allí –cuando se nos vuelve a relatar la mítica creación humana– donde se nos avisa desde el mismo texto de la Torá que Adán y Eva habían sido explícitamente conducidos por Dios al Jardín del Edén para "trabajarlo y cuidarlo" (Génesis 2:15).No se puede soslayar este versículo si se quiere comprender de qué se trata el vínculo propuesto por aquellos que sostenemos lo divino como eje conciliador entre los humanos y la naturaleza (amén de entre los propios seres humanos).Probablemente se pueda resumir así: toda dominación que no sea acompañada de trabajo y de cuidado irá, indudablemente, minando el jardín que conforma nuestro planeta.La leyenda judaica lo transmite con una claridad meridiana a partir de una ancestral alegoría que afirma que luego de crear al hombre, Dios mismo le hizo una especie de tour por el Edén y, mientras le enseñaba las maravillas, le decía de manera cálida y a la vez severa que tuviera sumo cuidado con aquel vergel, porque de arruinarlo no habría nadie que a futuro pudiera repararlo...Sabias y elocuentes palabras, que resuenan en nuestras conciencias con tanta actualidad que aterra presenciar –a un mismo tiempo–tanta indiferencia al respecto.Más cuando en las dinámicas que sólo priorizan cuestiones de mercado lamentablemente aún ni siquiera se comprende del todo que, incluso desde un punto de vista económico, esta maximización del cuidado a largo plazo también redunda en beneficios gananciales.Maimónides, en la otra Córdoba, en el siglo XII, ya señalaba con maestría que el año sabático que prescribe la Biblia para que las tierras no se siembren cada siete años no se reducía a una cuestión de "conmiseración y liberalidad hacia los hombres", sino también a que el sentido de ese período de barbecho era facilitar "que la tierra se torne más fértil para fortalecerse con el descanso".Dominación con trabajo y cuidado sería, entonces, la fórmula precisa para crecer y multiplicarse. De otro modo, seguiremos aterrados.