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Armenia, 1915

Llegamos hace dos días. Este galpón, aún en ruinas, es suficiente para protegernos de la lluvia. Intentamos recuperar fuerzas después de dos semanas de marcha. El diluvio comenzó ayer y el agua cala los huesos.

27 de abril de 2014 a las 12:02 a. m.
Enrique Orschanski (Médico)
Armenia, 1915

Llegamos hace dos días. Este galpón, aún en ruinas, es suficiente para protegernos de la lluvia. Intentamos recuperar fuerzas después de dos semanas de marcha. El diluvio comenzó ayer y el agua cala los huesos.

Mi mamá dice que tenemos que ser fuertes porque nos llevan a un lugar donde vamos a estar mejor. Creo que lo dice para tranquilizarme, porque yo sigo sin entender qué está pasando. Tengo hambre.

Todo comenzó el sábado de Pascuas. En nuestro pueblo, muchas familias sabían del peligro, pero nunca imaginábamos lo que vendría después.

Esa noche llegaron a casa hombres armados. Buscaban a papá. Yo vi cómo le ataban las manos y le cubrían la cabeza. Él gritaba, preocupado por nosotros, pero no nos lastimaron.

Mi papá es maestro en la escuela del pueblo y mamá dice que lo llevaron porque está en contra de los que gobiernan.

Desde esa noche, no lo volvimos a ver. Todos dicen que no me preocupe, que papá está bien y que nos encontraremos en ese lugar adonde nos llevan.

Mi hermanita llora como si entendiera; todavía no camina y mamá la carga en brazos.

Dejamos atrás el pueblo por el camino de piedra, el del bosque; caminamos varios días sin hablar. El grupo es grande, formado por chicos y madres; no hay padres.

También nos acompaña un abuelo viejito, vestido con un capote hasta el piso. Camina con dificultad, ayudándose con un bastón. Los días son iguales y a la vez confusos.

Por momentos, siento que volvemos a pasar por los mismos lugares. Para cubrir una trepada, tuvimos que usar las manos y muchos se lastimaron.

Pedimos descansar, pero los guardias se enojaron; gritaron palabras que no entendí. Me lastimé una rodilla; mamá intenta limpiarme, pero sigue sangrando. No duele.

¿Ya dije que tengo hambre?

Ahora caminamos por un sendero arenoso; todo es más lento. Algunos caen rendidos y duermen, aun al rayo del sol. Yo pregunto a mamá qué piensa y ella sólo me acaricia la cabeza.

En una pausa, se acerca a nosotros el abuelo; busca sentarse a mi lado. Interroga con la mirada a mi madre y me ofrece un pedazo de galleta. Acepto con media sonrisa y mastico con ganas. Pregunta mi nombre: “Krikor”.

“¿Saben por qué estamos aquí?”, murmura. “Para encontrarnos con papá”, respondo. Hace un largo silencio mirando el suelo, luego se levanta apoyado en su bastón y se aleja, sin decir más.

Pasó otra semana. El grupo se ha reducido sin que podamos saber dónde están los que faltan; nadie explica.

Los chicos han dejado de llorar; ahora lo hacen algunas madres. Volví a preguntar cuánto falta para llegar, pero mamá sigue silenciosa.

Esta tarde descubrimos agua de un estanque; pudimos beber unos sorbos y ahora nos duele la panza. A todos menos a mi hermana, que todavía se prende al pecho.

Sigo con hambre.

Al atardecer, cruzamos una aldea. Pensamos que allí podríamos descansar, pero no había gente. Mamá me prohibió mirar, pero pude ver muchas casas quemadas; de algunas, todavía salía humo negro. También vi dos animales muertos; casi vomito.

En este momento, mamá duerme. Sostiene a mi hermana, que está quieta y con los ojos abiertos. Trato de adivinar en la oscuridad cuántos quedamos. “Vamos hacia el sur”, dijo un chico que viaja solo, “nos van a matar a todos”.

No le creo. ¿Por qué alguien querría eso? Solamente hay que soportar este viaje. Cuando nos encontremos con papá, vamos a estar mejor.

Mamá sigue durmiendo.

Ya no siento hambre.

Según historiadores, el Genocidio armenio incluyó la muerte de decenas de miles de niños. La mayoría de las pérdidas, ocurridas durante su deportación hacia zonas desérticas, fue por inanición, enfermedades o castigos. (www.genocidioarmenio.org)