Adictos y vendidos, pero no solos
Lo sepan o no de forma consciente, las víctimas de este flagelo se han vendido. Y, sin dudas, lo han hecho a un precio vil, abaratando sus vidas.
No todo lo que se suele repetir es verdadero, pero a veces no deja de ser interesante. Sucede algo por el estilo con la pretendida etimología de la palabra "adicto" que –bajo una mirada un tanto psicoanalítica– se ha llegado a sugerir que proviene de la partícula "a" en el sentido de "no" (como en la palabra "anormal" que obviamente se refiere a lo "no normal") y "dicto" como lo "dicho", por lo que la "adicción" sería una suerte de imposibilidad del decir, algo que rozaría una gran dificultad de comunicar.Siguiendo este sendero, podríamos colegir que el adicto –casi sin quererlo– estaría ocultando, a través de su adicción, algún tipo de angustia existencial que no puede verbalizar, que no puede poner en palabras, y que falsamente imagina resolver por medio del consumo de alguna sustancia extraña que lo ayudaría a olvidar sus penas, sacándolo por un rato de su cruel realidad...Esta teoría suena por lo menos inteligente, aunque peque de una falencia lingüística, ya que ese "a" como algo negativo es propio del griego, mientras que el "dicto" como lo dicho proviene del latín. No importa tanto, porque a veces los orígenes se mezclan (como algunas drogas). Aunque en este caso el sentido preciso de la palabra latina que hace de raíz para este concepto – addictus – alude más que nada al que está "dedicado" (¿reconocen el "dic" de "dicto"?) en demasía a algo o a alguien, una especie de fanático, de alguien entregado por completo a tal o cual causa.Pasemos por un ratito al hebreo, donde al adicto se lo denomina " majur ", cuya traducción literal es "vendido". Me parece una conexión de sentido excepcional, porque desnuda de a poco la feroz patraña por la que atraviesan quienes han caído en las garras de alguna adicción.Lo sepan o no de forma consciente, las víctimas de este flagelo se han vendido. Y, sin dudas, lo han hecho a un precio vil, abaratando al máximo el valor inapreciable de sus existencias, que son sagradas, únicas e irrepetibles como la de todo ser humano. Y aun así, de tan barato, lo han hecho a un costo altísimo, que puede incluir hasta la propia vida como parte de pago.
Manos tendidas
Ahora bien, los que son vivos, en el peor sentido del término, son los que “compran” (a la gente me refiero) porque en base a la generación de una dependencia atroz los van esquilmando, obligándolos incluso a delinquir con tal de hacerse de unos pesos para seguir en el circuito perverso de la adicción, un circuito muy complicado de acechar. Y estos verdaderos malandras nunca lo hacen de golpe, por supuesto.
Es como que van de a poco “alquilando” ese ser al que finalmente poseerán. Por eso empiezan con una pequeña inversión, regalando y distribuyendo sin costo aquello que supuestamente vale mucho, a fin de hacer que las futuras víctimas muerdan el anzuelo.
Tal vez son sólo obviedades lo que relato, pero se me hace que quienes portamos una tradición religiosa, más allá de sus particularidades, debemos tener siempre las manos tendidas para quienes se han entregado, para aquellos que dicen sin poder decir, para todos los que se han vendido sin siquiera notarlo.
No nos toca a nosotros combatir el narcotráfico, ya que para eso están la Justicia y las fuerzas de seguridad.
Lo que sí nos toca en este ámbito es restituir –con valor y con valores– el maravilloso y divino valor de su existencia a quienes de alguna forma triste la han rifado. Que ellos y sus seres queridos sepan que no están solos.
*Rabino, integrante del Comipaz

