Vivir para escribir
El Premio Nobel de Literatura 2010 dice que no escribe para la gloria, sino porque escribir es la única forma de vivir que conoce.
Pedro Camacho, uno de los personajes más entrañables de la literatura latinoamericana contemporánea, es un escribidor de radioteatros en la Lima de los años ‘50 que se pasa la vida -literalmente- sentado ante una Remington inventando historias, indiferente a los vaivenes del estado de ánimo, la inspiración esquiva e, incluso, del hastío y el cansancio físico. No se permite distracciones ni placeres mundanos, desprecia todo aquello que sea ajeno a “su misión”, el día resulta una suma ininterrumpida de horas en la que el sueño y el alimento -frugales, como deben serlo para un monje- son los únicos intrusos tolerados, haciéndolos convivir en esa suerte de claustro donde, mediante una disciplina intensa, obsesiva e insaciable, decidió cobijar su vocación.
Mario Vargas Llosa publicó La tía Julia y el escribidor en 1977, cuando su propia vocación literaria ya había sido recompensada largamente con grandes premios, entre ellos el Rómulo Gallegos, y en esa visión retrospectiva de sus comienzos de escritor, que la novela recrea con delicia y exquisito humor, anida uno de los temas recurrentes en la obra del narrador peruano: el amor por el oficio que resulta de una reflexiva elección vocacional. “Varguitas”, el muchacho de 18 años que se vuelve compinche del escribidor, advierte en ese galeote de la máquina de escribir, en ese trabajador de resistencia hercúlea que pulsa las teclas con prisa y sin pausa, a una proyección de lo que le gustaría ser y que aún no sabe si será capaz de serlo: un escritor entregado, en cuerpo y alma, a su oficio. Por eso lo admira, como sólo puede admirarse un ideal, pese a las enormes diferencias estéticas que los separan -un consumidor de buena literatura ante un aficionado a la truculencia y la cursilería que ha renunciado a leer “para que nada pueda arruinarle el estilo”-, y pese a que esa admiración, que logra derribar cualquier bandera previa, surge al asistir a las consecuencias de la dedicación absoluta de un ser humano a su actividad vocacional. “Mientras más lo frecuentaba... -cuenta Varguitas en la novela- el hechizo que ejercían sobre mí su personalidad, su físico, su retórica, era mayor. A cualquier hora del día que me acordaba de él, pensaba: ‘Está escribiendo’”.
Hoy, a los 77 años y con el Nobel de Literatura en su vitrina personal, Vargas Llosa bien puede decir, haciendo un balance de su carrera literaria, que ya cumplió ese sueño máximo -vivir, como Pedro Camacho, para escribir-, y que no parece ser, curiosamente, el de algunos escritores consagrados, cuyos objetivos profesionales se canalizan más por el ansia de relumbrón, popularidad y distinciones. “Si bien afortunadamente he alcanzado ese ideal flaubertiano de dedicarme por entero a escribir, el escritor no tiene que aislarse del mundo encerrándose en una torre de marfil, sino que debe tener un pie en cada lado de la realidad, y para ello me ha ayudado mucho el oficio de periodista”, dice Vargas Llosa en la entrevista exclusiva concedida a este diario.
Y si su afirmación puede resultar exagerada, que hablen por sí solos sus 20 novelas, sus 20 ensayos, su autobiografía, sus nueve obras de teatro y los numerosísimos artículos periodísticos recopilados, a posteriori, en tres de esos 20 ensayos entre literarios y políticos ejecutados todos durante 61 años de inmarcesible creatividad, desde aquella obra de teatro escrita a los 16, La huida del inca, hasta la última, una novela próxima a publicarse llamada El héroe discreto, cuyo argumento, nos anticipa el escritor, se mete de lleno en la realidad del Perú actual, describiendo “el notable progreso económico conseguido pero, también, las desventajas que ha traído aparejadas, como la criminalidad y el narcotráfico”.
Se podrá argüir, sin embargo, que hay escritores con una fecundidad aun mayor; se podrá ejemplificar con en el inagotable Stephen King o, sin ir más lejos, con nuestro César Aira. Pero, más allá de aciertos y virtudes -e incluso de los gustos personales del lector-, tal vez sus libros no logren exhibir un nivel de calidad tan parejo, una variedad de temas tan rica, una ejecución casi siempre al borde de la excepcionalidad, un compromiso inquebrantable con la excelencia y el cuidado de la forma, como la producción del arequipeño. De modo que la cantidad de obras, unida a la ambición y al riesgo con los cuales acometió la mayor parte de ellas y que justifican por sí mismos un resultado cualitativo heroico y de gran goce estético, constituye, para mí, el legado mayor del escritor, uno de los más influyentes para una buena parte de la generación de narradores que lo sucedió.
Sin embargo, siguiendo esa articulación de influencias especulares, Vargas Llosa confiesa que no lee mucho a los contemporáneos, que sus lecturas se circunscriben “más a los clásicos, a la literatura del siglo 19, sobre todo Flaubert, y, especialmente, a Faulkner”. La sola mención del genio del Mississippi le enciende la mirada y reactiva su discurso. Afirma que en ese juego macroestructural, predilecto e inspirador, que combina la construcción de historias paralelas, la multiplicidad de narradores, los saltos temporales, el uso críptico del dato escondido y la organización matemática de los vasos comunicantes, en esa pulsión controladora de la narración hasta en sus más mínimos detalles subyace, en su novelística, la huella de uno de sus escritores más admirados.
Hay que leer, entonces, y seguir leyendo, a Vargas Llosa. Que sus posturas políticas -no sólo para quienes no las compartimos, sino sobre todo para aquellos que coinciden con ellas pero que sólo conocen lo que se desprende de sus declaraciones y nunca han leído sus ficciones- no sentencien el ánimo de futuros lectores ni contaminen la lectura de sus obras. Porque no leerlo por lo que piensa políticamente sería tan absurdo como no admirar el talento de Maradona porque lo sopesamos con sus exabruptos, o el del mismo Borges porque alguna vez cometió el error de elogiar a la dictadura. Ahora que es tan difícil despojarse de posiciones políticas maniqueas, pienso que vale la pena leer sus libros como se debería leer toda gran obra: como si no supiéramos que es de Vargas Llosa, es decir, del personaje Vargas Llosa, esa personalidad pública que cada tanto vemos vociferando en la televisión o leemos con sobresalto en los diarios, porque de ese modo, despojados de aprensiones y condicionamientos, nos permitiríamos disfrutar de una gran literatura, quizá de una de las más ricas que se han escrito en castellano en las últimas décadas.

