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Vestidora de ilusiones

Norma Ledesma ejerce con orgullo como vestuarista del Teatro Real desde hace más de un cuarto de siglo. Un oficio a mitad de camino entre la habilidad manual y la sabiduría artística.

15 de julio de 2012 a las 12:03 a. m.
Rosana Guerra (Especial)
Vestidora de ilusiones
Los secretos detrás de bambalinas. Norma Ledesma, protagonista de nuestro teatro (La Voz / Ramiro Pereyra).

–¿Por qué es vestuarista?–Desde joven me gustaba hacer mis vestidos para ir a los bailes. Aprendí sola pero después decidí hacer un curso de corte y confección. Me formé en la escuela de Sara Ros de Escobar en la calle Santa Rosa, al lado del edificio donde estaba el Hospital de Urgencias. Teníamos una directora muy exigente. Cuando le llevabas el material cosido, si había algo que estaba mal hecho te lo hacía descoser todo y hacerlo de nuevo. No te perdonaba nada. Por suerte nunca me pasó eso. En esa escuela estudié dibujo, matemáticas y corte y confección. Empecé como extra en la obra Sombrero de Tres Picos para el Ballet Oficial de la Provincia en el Teatro del Libertador. Estuve en la cocina de este teatro un tiempo, después trabajé en el taller de vestuaristas y luego me trajeron al Teatro Real.

–¿Qué habilidades tiene que tener una vestuarista?

–Primero tiene que manejar las técnicas y tener mucha creatividad para confeccionar las prendas. Hay que aprender a ser flexibles y a compartir ideas para que salga un buen producto. En este oficio siempre hacemos vestidos distintos y aprendemos cosas nuevas. En este tipo de lugares hay que tener carácter y saber poner los límites cuando por ahí los actores se encaprichan y quieren que su traje sea de cual o tal forma. Entonces les explico que tengo que confeccionar lo que dice el boceto y no lo que a ellos se les ocurre. Ahora, si viene el director de la obra y me autoriza, lo evalúo y lo hago.

–¿Cuáles son las claves para hacer una prenda para una obra?

–Ser vestuarista de teatro no tiene nada que ver con ser modista de calle, porque puede venir una modista de alta costura pero en la confección de vestuarios para obras teatrales hay otros secretos. Hay que tener en cuenta­ que los actores se mueven, se tiran al piso, saltan, van y vienen. Por ejemplo si va a hacer piruetas hay un truco con elásticos y botones entre el pantalón y el chaleco para que sean flexibles.

–¿Los vestuaristas van a las funciones?

–Sí, en todas las funciones de la Comedia Cordobesa estamos siempre en los camarines. En el taller somos cuatro mujeres: Octavia Lichieri, Inés Bustos, Elba Sosa y yo. En otros teatros está la que cambia al actor, la que cose, la que lava y plancha la ropa. Pero acá nosotras hacemos todo. La elaboración de la vestimenta la hacemos nosotras. En época normal trabajamos seis horas, pero otras veces estamos hasta 12 horas por día, los fines de semana y también los feriados.

–¿Recuerda alguna vez que la ­haya pasado mal durante una obra por una cuestión de vestuario?

–Generalmente siempre estamos a los costados del escenario viendo que toda la vestimenta de los actores funcione bien. Una vez había una directora muy estricta que quería que estuviéramos en la platea para ver la obra El Conventillo de la Paloma, allá por 1987. Me senté en la platea y de pronto vi que una actriz de la Comedia Cordobesa, Adriana Quevedo, renqueaba y pensé que se le había roto el taco. Toda la obra estuve angustiada y preocupada pero no me levantaba porque me parecía una falta de respeto irme de la sala antes de que terminara. Después le pregunté y ella me dijo con una sonrisa: ‘Es que yo hago de renga”. Siempre nos acordamos de esa anécdota.

–¿Las roturas de pantalones y cierres son percances habituales?

–Nosotras siempre andamos con las agujas listas por todos lados, con la bolsita de los elásticos, los alfileres y la tijera, porque por ahí se rompe un cierre y lo tenemos que coser al lado del escenario mientras que el otro actor que está en escena coopera extendiendo el texto. Y si no podemos hacerlo, sigue la función y lo arreglamos después. Muchas veces nos pasó que se les rompe el taco de un zapato a un actor y tenemos que salir a buscar un zapatero un sábado para que el domingo este listo para la próxima función. Una vez se le rompió un taco a la actriz Soledad Leiguarda que hacía de Cenicienta, y no sabíamos que hacer, porque tenía que volver a escena. Pero nos salvó su historia, como era Cenicienta no se notó que perdió su zapato. No obstante es difícil que se nos rompa una costura, las hacemos reforzadas.

–¿Es verdad que una vestuarista es capaz de transformar una tela de cortina en vestido de princesa?

–Sí, es así. Transformamos todo, reciclamos los trajes y las telas porque tenemos poco presupuesto. Aunque hay algunos de época que jamás reciclaría, porque son únicos, de gran valor histórico. Eso también aprendieron los directores, que si se puede lo hacemos y si no, no. Tuvimos una pérdida muy grande de vestuario en algunos préstamos que antes hacían algunos directores. Una vez a una persona que los traía en un taxi se los robaron. Eran trajes de época, muy importantes. Otra pérdida terrible fue la que tuvimos cuando se inundó el vestuario del Teatro del Libertador, hace muchos años, recuerdo que intentamos salvar varios y los pusimos en el techo para que se secaran.

–¿A qué figuras vistió?

–A Soledad Silveyra, la vestí como ama de casa para una obra en el Teatro del Libertador. Ella es amorosa, me dio un trato muy bueno, es muy delicada, no me costó para nada. También al bailarín Julio Bocca, él tenía sus distancias, era muy selectivo con la gente que lo ayudaba.

Es una persona que casi no habla y no te manifiesta ninguna simpatía. En cambio Maximiliano Guerra es más dado, más conversador y es mucho más cálido. También vestí hace muchos años a Alfredo Alcón para una obra en el Teatro del Libertador. Es muy buena persona y muy agradable al trato. Norma Aleandro también es una señora muy correcta, amorosa y suave. Y es gente de teatro. Pero me cuesta un poco vestir a las chicos del Seminario de Teatro Jolie Libois, porque ellos, como no tienen experiencia, piensan que los vestidos les van a quedar perfectos y no es tan así. Buscamos la perfección pero no siempre se logra. Algunas bailarinas también son muy pretenciosas y son difíciles de conformar. Y les gusta medirse solas para que las otras no les sepan las medidas.

–¿Cómo es el proceso de creación de un diseño para teatro?

–Primero conversamos con el director para que nos cuente la idea del proyecto y hay un bocetista que los diseña o a veces los hacen los mismos directores. Ellos nos dicen lo que quieren lograr y nosotros les explicamos hasta donde podemos hacer. Gracias a Dios la mayoría de los directores nos dan la mayor libertad para que podamos trabajar y confían en nuestra capacidad. Ellos nos cuentan cómo es el personaje, pedimos el libreto, leemos la obra, porque si no lo hacemos no sabemos qué tiene que hacer el actor en escena. Y es muy gracioso pero a veces el director todavía no sabe quién va a hacer los personajes, pero cuando leemos la obra nosotros ya nos imaginamos quienes serán los actores que van a interpretarlos, porque ya los conocemos a todos. Y casi siempre acertamos. El Teatro Colón y el Cervantes tienen los mejores vestuarios del país. Pero me llena de orgullo decir que nosotros somos el mejor equipo de trabajo del Teatro Real.

–¿Con qué director de teatro le fue más fácil trabajar?

–Jorge Aran fue un director de la Comedia Cordobesa y aunque era muy exigente también era muy accesible. El aportó muchas ideas a nuestro trabajo, nos transmitió muchas enseñanzas. Y otro director muy bueno fue Santiago Pérez y el maestro Constantino Jury, en la obra Los Tres Berretines. El confió en nosotras y dejó todo en nuestras manos. Una gran persona.

–¿Qué les gustaría tener en el taller para mejorar sus productos?

–Que los materiales para confeccionar lleguen a tiempo, porque trabajamos sobre la hora. Yo voy a todos lados, busco presupuestos, gestiono y perseguimos el material hasta conseguirlo. Me gustaría que los trámites no fueran tan burocráticos. Sería bárbaro tener una computadora para hacer el inventario de trajes de cada obra, aquí en el taller. Hace cuatro años que la pedimos pero todavía no llega.

También nos encantaría tener máquinas de coser industriales, porque tenemos varias familiares y por ahí no dan abasto porque tenemos mucho trabajo. Necesi­tamos más mobiliario para guardar los trajes.

–¿En que cambió el oficio de vestuarista en estos años?

–Creo que hay que volver a la excelencia en nuestro oficio, antes era más exigente entrar a un taller, ahora algunos llegan acomodados y están sólo por el sueldo. Es uno de los oficios más buscados pero está desapareciendo de a poco. La producción industrial no tiene nada que ver con nuestro trabajo, que es artesanal y especializado. Es muy caro estudiar en una escuela privada, pero está la escuela de Teatro Roberto Arlt en la Ciudad de las Artes donde se puede estudiar este oficio. Otra cosa que cambió es que ahora no hay jefas, somos todas iguales. En otros tiempos, no faltaba la jefa un poco egoísta, que no nos dejaba la oportunidad de crear. En cambio a las chicas les doy los bocetos y las dejo que lo interpreten y le pongan su propia creatividad.

Hacer un tutú clásico antes era un secreto, las que sabían lo hacían a escondidas para que no aprendiéramos la técnica.

Perfil

Norma Ledesma es la vestuarista más antigua del Teatro Real. Hace 28 años que se ocupa de  este artesanal y silencioso oficio. Comenzó trabajando como extra en una obra de ballet en el Teatro del Libertador, pero hace 26 años que está como vestuarista en el Teatro Real de la Provincia de Córdoba, frente a la Plaza San Martín. Vistió a actores como Norma Aleandro y Alfredo Alcón, entre muchos otros, además de a los elencos estables.