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Una Nochebuena para Guadalupe

Desde hace un par de meses, Guadalupe está con María y Pablo, sus padres adoptivos. El azar y la Justicia quisieron que sus destinos se cruzaran.

22 de diciembre de 2014 a las 12:01 a. m.
Una Nochebuena para Guadalupe

C orrían los primeros días de abril y un par de policías que en la noche del viernes hacían ronda por el parque Sarmiento sintieron un llanto. Desde la avenida del Dante, bajaron por el terreno escarpado hacia la "cueva del oso", guiados por los quejidos. Y se encontraron con una beba. A partir de ahí, todo fue vertiginoso, la llevaron a la Maternidad Provincial, donde la estabilizaron, la midieron y pesaron, y concluyeron que contaba, por lo menos, con una semana de vida. Tenía la cintita del cordón y un pinchazo en uno de sus talones, por prueba que se les hace a los recién nacidos en las maternidades para detectar enfermedades metabólicas congénitas. Todo indicaba que había nacido en un hospital, no en un parto domiciliario. Los cordobeses nos horrorizamos ante la noticia; a más de uno se nos escapó una lágrima o lanzamos un insulto al destino que había venido a golpear la vida, una vez más, con su mano más dura. Pero, como sucede generalmente, el impacto duró poco y cada uno volvió a sus cosas; todo siguió su curso. La mamá biológica nunca se presentó y la beba se fue de la Maternidad con una familia de guarda. Quienes la recibieron no sólo le compraron pañales, batitas y mantas sino que se las tejieron. Ese tiempo se lo pasó de brazos en brazos recibiendo los mimos que le habían faltado en aquella noche oscura y fría. Desde hace un par de meses, Guadalupe está con María y Pablo, sus padres adoptivos. El azar y la Justicia quisieron que sus destinos se cruzaran para, juntos, reparar los agujeros de esas vidas cuya trama venía tejiéndose de manera dificultosa e imperfecta y entrelazar ahora una más compacta, ordenada y resistente. La rutina de esta pareja empezó a girar como un trompo cuando se enteraron de que llegaba Guadalupe. Hoy se están acomodando, pero nada es igual en esa casa de un barrio del sur de la ciudad. Esta Navidad será la que desde hace tantos años vienen añorando. Guadalupe no pide nada, no puede hacerlo, y además, ya lo tiene todo. Se nota cuando larga una carcajada jugando al "tope-tope" con su mamá o cuando restriega el mordillo seguida con atención por la mirada de quienes esperan la aparición de otra puntita blanca, promesa del próximo diente. Guadalupe gatea, prefiere el yogur de vainilla a la manzana rallada y disfruta viendo los barriletes que los chicos remontan en el parque de los Niños los domingos a la tarde.María es enfermera y será quien se ocupe de darles los mejores cuidados a sus rodillas raspadas y también a sus heridas del alma. Pablo es un comerciante que sabe de la pelea diaria para lograr el peso. Está feliz pero muerto de miedo; desde que llegó Guadalupe, además de trabajar, se las rebusca para ahorrar y guarda cada mes un poco porque no quiere "que nunca le falte nada". A Pablo le gusta hacerla dormir en brazos, pero María no lo deja, dice que la está malcriando demasiado; entonces la ponen en la cuna y le acarician la carita hasta que la beba se duerme. Y se quedan los dos ahí al borde, mirándola, pensando que desde hace tanto la imaginaban y antes de tenerla ya la extrañaban.Ahora es Navidad y Guadalupe no pide nada porque ahora tiene todo; todo lo que necesita una beba de 9 meses. Las velas pestañean, igual que Guadalupe haciendo ojitos, desde los fanales que María hizo y decoró con broderie y ahora enmarcan el pesebre en una esquina del living. En esa casa quieren que Guadalupe tenga ahora una Nochebuena que compense aquella noche de horror. Y hacia adelante, muchas noches de paz.