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Una de terror

Carmilla.Fue publicada por Fondo de Cultura Económica, en México, el año pasado, y se acaba de distribuir en Argentina. El libro está ilustrado por la española Ana Juan.

04 de agosto de 2014 a las 12:01 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
Una de terror

A  los niños y adolescentes, les fascinan las historias de terror. Nadie sabe bien desde cuándo esto es así. Tal vez los ayudan a enfrentar sus propios miedos. A Gilbert K. Chesterton se le adjudica esta idea: los niños no leen cuentos de hadas para saber que los dragones existen, cosa que ya saben, sino para saber que se puede matar a los dragones. Con el terror puede pasar algo semejante. Como se cumplen 200 años del nacimiento del padre de la literatura de terror moderna, y como el domingo que viene es el día del niño, por qué no juntar las dos cosas en un libro que, como objeto, además, es una verdadera obra de arte, ideal para regalar a cualquiera que, más allá de la edad que tenga, se sienta niño. Uno mismo, tal vez.Joseph Sheridan Le Fanu nació en Dublín, Irlanda, en 1814. Estudió Derecho, pero se dedicó al periodismo. Tenía alrededor de 50 años cuando comenzó a publicar cuentos y novelas de misterio. Ficciones de terror como Drácula le deben casi todo. Su novela corta Carmilla, publicada en 1872, sería el texto que influyó en Bram Stoker, creador del famoso conde. Le Fanu murió poco después, en 1873.Ilustrada por la española Ana Juan, Carmilla fue publicada por Fondo de Cultura Económica, en México, el año pasado, y se acaba de distribuir en Argentina. Sus dibujos sólo utilizan el lápiz negro. Eso le alcanza para estar a tono con la misteriosa atmósfera que construye Le Fanu, ahora encuadrada en una estética que recuerda a Tim Burton y le sienta de maravillas.Un castillo en el sudeste de Austria es el espacio elegido para esta macabra historia. Un inmenso castillo con foso y puente levadizo y hermoso bosque y suaves colinas a su alrededor. Es un "lugar solitario y primitivo", pero cargado con todos los elementos necesarios para definir un paisaje cualquiera como idílico. Por algunos datos temporales, se puede deducir que la historia transcurre hacia 1850. Su protagonista es Laura, una joven que vivió lo que narra a sus 19 años. Y de esos horribles días con sus noches han pasado ocho años. O sea que la joven se salvó, pero su testimonio alcanza casi el valor de una declaración judicial: lo que se cuenta es insólito, nadie podrá creerlo, pero ocurrió, me pasó a mí. Eso que pasó es tan ominoso que la palabra que lo designa con exactitud es negada durante las tres primeras cuartas partes del relato: Laura cayó, en su propio hogar, en las redes de una vampira. La seducción está narrada de manera bastante explícita y debe haber llamado la atención en su época por atrevida. El vampirismo, por el contrario, está implícito en un discurso elíptico que, por ejemplo, registra las víctimas que, en las proximidades del castillo, fallecen repentinamente, sin explicación médica alguna; y esa elipsis no está exenta de poesía: "Los sueños (entiéndase lo que soñamos mientras dormimos) atraviesan muros de piedra, iluminan cuartos oscuros o ensombrecen los iluminados, y sus personajes van y vienen a placer, burlándose de los cerrojos".