Un nazi en Buenos Aires
La vida cotidiana de Adolf Eichmann en el Gran Buenos Aires era rutinaria y gris como él mismo.
La vida cotidiana de Adolf Eichmann en el Gran Buenos Aires era rutinaria y gris como él mismo. A diferencia de otros nazis, vivía en condiciones muy humildes y apenas si frecuentaba los círculos de nostálgicos alemanes. Al principio había trabajado en Orbis, y ahora madrugaba para ir en colectivo a la fábrica de González Catán, de donde regresaba por la noche. Klaus, su hijo mayor, se había casado con una argentina, y trabajaba en un taller mecánico.
Eichmann casi no tenía contacto con sus ex camaradas, y sólo frecuentaba a uno de ellos, un holandés llamado Wilhelm Sassen, empeñado en escribirle sus memorias. Se habían encontrado en 1957 y el holandés, que en la guerra había sido periodista, grababa cinta tras cinta con las conversaciones. El mundillo nazi de la Argentina se había alborotado tras la caída de Perón, en 1955, pero con el correr de los meses había vuelto a la calma. Ninguno de ellos había sido molestado por el nuevo gobierno, y los pedidos de extradición, como había pasado en 1959 con Joseph Mengele, seguían siendo rechazados o demorados.
Eichmann se sentía seguro en su nueva vida; estaba confiado en su apuesta por el olvido y, sobre todo, ignoraba lo que estaba pasando en realidad.

