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Un limbo en el Líbano

Huyeron de Palestina en 1948 y rehicieron su vida en Siria. Ahora, la guerra vuelve a expulsarlos hacia otro país, el Líbano. El objetivo de una vida normal parece inalcanzable. Las carencias de todo tipo frustran cualquier esperanza.

13 de octubre de 2013 a las 04:39 p. m.
Texto: Ivan M. García - Fotografías: Pablo Tosco
Un limbo en el Líbano
Esa mezquita es su hogar. En el barrio de Wadi Zeina, Beirut.

E l centro comercial Al Waha se levanta en lo alto de una colina en Al Qalamoun (Trípoli). Su entrada es amplia, con seis puertas de cristal y revestimiento de mármol. Está rodeado de pinos frondosos y, a lo lejos, más allá de la falda de la montaña, asoma el Mediterráneo. Por las puertas sale de pronto una motocicleta blanca (Akkad Six Stars es la marca) pilotada por un chico de unos 12 años que con la destreza que otorga la inconsciencia desciende rápido por la escalinata de acceso al edificio. Un grupo de niños persiguen al motorista en divertida comparsa y dejan las puertas a medio cerrar.El complejo, abandonado hace unos años, está ocupado ahora por 130 familias que han huido del conflicto en Siria. "Viven en los locales comerciales. Algunos pagan un alquiler, según quién sea el dueño de la zona que ocupen", dice Rabab Sabbah, una refugiada que colabora con Oxfam.La organización provee cada día ocho mil litros de agua potable y lleva a cabo labores de higiene y saneamiento. "Tratamos de que tengan un lugar determinado para el aseo y mantengan los alrededores del centro limpio. De otro modo, la diarrea y enfermedades como la leishmaniasis se propagarían muy rápido", señala la mujer.Al Waha se abre en un patio interior de forma hexagonal, en cuyos portales se suceden los locales comerciales ocupados por familias sirias. Hay ropa tendida en cuerdas que van de una columna a otra. Alrededor de estas hay también mil y una conexión precaria de cables eléctricos. Los niños corretean entre alfombras de mimbre y colchones que se airean fuera de las tiendas. Las mujeres han dejado cereales y especias secándose al sol en palanganas de plástico. Desde los pisos superiores caen ramas de grandes hojas verdes y asoma un buen número de antenas de televisión por cable. Un aroma de guiso invade uno de los pasillos del edificio. Justo en este, un chico arregla un lavarropas y varios hombres atienden una especie de verdulería.Al lado del circunstancial negocio se encuentra el local donde viven Abu Yassef y su esposa. "Somos como una gran familia. Nos apoyamos en todo lo que podemos. Bastantes problemas hemos tenido ya en Siria", apunta este hombre recio y de semblante grave. "Pero es duro: nos falta el agua y el vale de Naciones Unidas para intercambiar por alimentos no es suficiente. Sobre todo para comprar verduras. En Siria todo era más barato. Además, la asistencia médica era gratuita y la educación también".La cuestión clave es que el Líbano no ha organizado nuevos campos de refugiados por el temor de que se conviertan en barrios permanentes, como pasó con los asentamientos palestinos que se formaron tras la creación del Estado de Israel y el éxodo de 1948.Así, los 726 mil refugiados que viven en este país (más de un millón si se suman los que no están registrados oficialmente) lo hacen, en su mayoría, en preexistentes barriadas humildes de la periferia de grandes ciudades. De hecho, el 80 por ciento de todos los exiliados sirios (más de dos millones repartidos en Jordania, Líbano, Turquía, Egipto e Irak) no vive en este tipo de campos.El informe Under pressure (Bajo presión) de World Vision (una ONG que se identifica como cristiana, pero auxilia a gente de cualquier creencia) denuncia que esta situación está dando lugar a una serie de problemas, como aumentos del alquiler en las comunidades que han recibido a los sirios.La ONG señala que los refugiados viven hacinados en locales en desuso o garajes por los que pagan locuras. El estudio hace hincapié además en el aumento de los precios de los alimentos básicos, porque "aumentó la demanda pero no el suministro". También menciona el cada vez más elevado riesgo de enfermedades derivadas de la falta de agua potable, ya que los servicios libaneses se han visto desbordados por la afluencia de exiliados.

La heladera es el armario

Saif Dawour encontró una noche un osito de peluche tirado en una esquina de Al Jalil (Baalbeck), el antiguo campo palestino levantado alrededor de unas barracas militares en 1948. “Estaba muy sucio. Lo traje a casa y, cuando los niños dormían, mi mujer y yo lo lavamos una y otra vez”, cuenta el hombre.

Al día siguiente era el cumpleaños de su hijita. “Ella se despertó y le dimos el osito. Lo primero que preguntó fue si él estaba a favor del Ejército Libre Siro (ELS) o del régimen de Bachar Al Assad”.

Saif, su mujer y sus tres hijos, dos niños y la pequeña del peluche, viven en una de las barracas del antiguo cuartel.

Detrás la puerta, un minúsculo cubículo donde el poco espacio que hay lo ocupan un lavarropas y una heladera. Ninguno funciona, pero los utilizan como armarios para guardar la ropa.

La vivienda como tal se abre espacio tras este cubículo, aunque sigue siendo pequeña para cinco personas. Es una habitación húmeda, de unos 15 metros cuadrados, con una sola ventana y una puerta al exterior que permanece cerrada. Los colchones cubren casi todo el piso y hacen las veces de cama, sofá y espacio para comer. Un viejo armario está situado en uno de los extremos, no tiene cajones y tampoco cabe en él toda la ropa, por eso de las vigas de madera del techo cuelgan pantalones, camisas, camisetas... La familia dispone también de un ventilador y un televisor grande y pesado.

“En Damasco trabajaba para una compañía petrolera croata. Un buen empleo, vivíamos muy bien. Pero aquí llevo buscando un trabajo desde que llegué y no encuentro nada. Sólo necesito tres dólares al día. Sólo eso para que podamos vivir un poquito mejor”, masculla entre dientes Saif, mientras busca a tientas su paquete de cigarrillos sobre la alfombra. Junto a este hay un cenicero repleto de colillas y ceniza y varios vasos servidos con té hasta el borde, que nadie ha bebido aún.

“El alquiler cuesta 100 dólares al mes, quedan 10 días para el pago y no tenemos con qué. El subsidio de la UNRWA se ha retrasado y no sé como vamos a pagar este cuarto”, reconoce.

La UNRWA es la agencia de Naciones Unidas para los refugiados palestinos. Estos suponen el 10 por ciento de los exiliados que han llegado al Líbano tras el conflicto sirio, según la ONG local Najdeh. Pero ni muchos menos reciben la décima parte de los pocos fondos recogidos por Naciones Unidas para esta respuesta humanitaria. Así que los palestinos son los peores atendidos. La situación no tiene visos de mejora si, finalmente, la ONU rebaja un 30 por ciento los fondos destinados a los refugiados, tal y como ha previsto este organismo.

Saif y su familia, a pesar de haber nacido en Siria, conservan el estatuto de refugiados porque descienden de familias que abandonaron Palestina durante la Nakba (catástrofe) del ’48. Eso implica, entre otras discriminaciones, que hay trabajos que no pueden ejercer en Líbano por el mero hecho de ser exiliados palestinos: todo tipo de ingenierías y profesiones liberales como la abogacía y el periodismo.

Canciones palestinas

Sawthan Alshami lleva un año viviendo en el barrio de Wadi Zeina, de mayoría palestina, en las afueras de Beirut.

Es un vecindario humilde, de edificios bajos, con la pintura descascarada y balcones casi a nivel de la calle. Está ubicado en una pendiente que termina en la playa, jalonada por chiringuitos y cabañas de verano.

De camino a su casa hay un mezquita con ropa tendida en sus pequeñas ventanas. Es la vieja mezquita del barrio, que ahora acoge a cinco familias. “Viven aquí gratis”, dice esta mujer que trabajaba como tutora de una guardería en Yarmouk (Damasco).

El interior está divido con grandes tablones y laminas de cartón en espacios para cada familia. Estas comparten dos letrinas, a pesar de que no hay agua corriente en el lugar.

Sawthan vive con su marido y sus tres hijos –dos chicas adolescentes y un niño– en un local comercial que alquilaron a poco de llegar.

La ropa recién lavada está colgada fuera de la tienda, en una cuerda que va de un árbol al marco de la vidriera del local. Junto a la ropa hay una mesa y una silla de plástico.

“Esta es la habitación de invitados”, bromea la mujer. El alquiler sube a 150 dólares por mes. “¡Es lo que nos costaba mantener a este gato en Siria!”, exclama la mujer señalando al animal que, asegura, es sordo. “Por eso no tiene nombre”, bromea de nuevo.

La mensualidad les da derecho a habitar un espacio de unos 20 metros cuadrados en el que han tenido que separar la cocina –en realidad, una garrafa de gas y un mueble con vasos y platos– del resto de la estancia con telas colgadas del techo.

“No hay agua potable, así que la tenemos que hervir para cocinar. Y tampoco hay baño, hemos organizado algo parecido aquí fuera”, explica Sawthan sin perder la sonrisa.

La peor parte, como lamentablemente ocurre a menudo en estos contextos, se la llevan los chicos. “No podemos enviarlos a la escuela, sólo el transporte cuesta 100 dólares al mes”, reconoce la madre.

Y es que la escolarización es otro de los grandes problemas. Por un lado, en Siria era gratuita, así que en el Líbano supone un gasto inalcanzable para muchas familias de refugiados. Por otro, la diferencia en los programas escolares y el hecho de que en el Líbano estos se impartan en inglés y francés y no sólo en árabe, como en Siria, no ayudan a la integración de los niños y adolescentes. “Nunca en la vida pensé que terminaría viviendo en una carpa”, dice Nadiya, la hija mayor, que estudiaba música en Damasco.

“Cantaba y tocaba varios instrumentos; pero aquí no puedo hacer nada. A veces salgo con mi madre, pero la verdad, no hay mucho por hacer aquí. Otros días voy al mar, pero regreso enseguida”, añade la joven, que quiere ser periodista para “algún día contar esta historia”.

Los padres y abuelos de Sawthan abandonaron Palestina en el ’48. Su generación nació y vivió en Siria y ahora ellos, palestinos nacidos en el exilio, se han visto obligados a un nuevo éxodo.

A la pregunta de si se plantean la posibilidad de que el Líbano sea su nuevo hogar, la mujer niega rápido con la cabeza. “No, no, no. Nunca, en absoluto. Siria ha sido nuestro hogar y es allí adonde queremos regresar. Pero ahora todo se le ha ido de las manos al gobierno, no tiene sentido que siga actuando así. Este régimen debe llegar a su fin, pero para ello lo que necesitamos es una salida diplomática. Ya se ha derramado mucha sangre”.

Nadiya y su hermana permanecen apoyadas en la vidriera del local hombro con hombro. Cuchichean algo al oído y empiezan a cantar. Es una canción tradicional palestina, cuya letra habla de un pueblo sin tierra y de una lucha eterna. Uno de sus versos dice: “Madre, no nos vamos a rendir; a pesar de los golpes y heridas no dejaremos de ser personas”.