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Todos los nombres

Todos los nombres es un texto laberíntico, atento a los detalles mínimos, a la digresión y al uso de alternativas argumentales múltiples. José Saramago sigue la estrategia estilística habitual en sus obras 

04 de octubre de 2015 a las 12:01 a. m.
Todos los nombres

Don José es un funcionario menor de la Conservaduría General del Registro Civil de una ciudad europea, cualquiera, preferentemente meridional y grande, en algún momento temprano de la segunda mitad del siglo 20. La tarea que cumple es la de escribiente, casta más baja de un rígido sistema jerárquico cuya punta suprema es el conservador, jefe totémico que no necesita dar órdenes porque todos saben interpretar lo que comunican sus gestos y silencios. A los 50 años y con una foja de servicios intachable, don José (el único con nombre propio en el relato, siempre que no se cuente a la misma Conservaduría, el otro gran personaje de la novela) vive en una casita adosada al edificio donde trabaja, como si fuera una excrecencia de ese monstruo antiguo, inmutable y anacrónico que guarda, desde que el mundo existe, los expedientes de quienes viven y mueren en la ciudad y al que el hombre accede por una puerta trasera cuya llave sólo él conserva. Entre esa llave, don José, el conservador y el edificio girará el conflicto, desencadenado por la abulia vital del escribiente, un don nadie solitario al que han abotargado la rutina y el aburrimiento. Esta atmósfera kafkiana no debería llamar a engaño sobre las pulsiones de su protagonista, un ser que, si bien corto de metas y condenado a un trabajo embrutecedor, se permite soñar con las vidas de otros y compartir sus éxitos y fracasos desde que se aficionó a la colección de gente célebre, cuya información, siempre a mano en los infinitos ficheros de la Conservaduría, trafica clandestinamente desde los armarios a un cuaderno secreto que llena cada noche antes de dormir. Es ahí, en el traspapeleo de un fichero, cuando involuntariamente caen en sus manos los datos de una mujer desconocida, quien fomentará en él, por una inexplicada razón, la necesidad de buscarla. La búsqueda es el combustible de la novela, y son su dificultad y las múltiples dilaciones y obstáculos que riegan la pesquisa de don José, muchos de los cuales él mismo fabrica –falsifica firmas en documentos apócrifos de la Conservaduría, renuncia a buscar en la guía la dirección actual de la mujer, se convierte en un delincuente durante un día–, los que lo llevan a una obsesión febril que provocará negligencias inéditas en su tarea diaria y llamarán la atención de la superioridad. Pronto empieza a tener problemas para dormir ("Si no duerme bien", dice el conservador, "es porque tiene una falta en la conciencia") y cae enfermo con frecuencia, mientras desplaza la burocracia en la que trabaja hacia el modus operandi de su búsqueda, desandando la biografía de la mujer a través de parientes que desconocen su paradero pero que le brindan datos que lo acercan cada vez más a ella sin alcanzarla nunca lo suficiente. Don José eterniza así el proceso, menos interesado por el éxito de la búsqueda que por su continuación. Todos los nombres es un texto laberíntico, atento a los detalles mínimos, a la digresión y al uso de alternativas argumentales múltiples (del tipo qué hubiera sucedido si en lugar de esto sucedía esto otro), pero que, por obra de la ironía fina, el humor y ciertos momentos de belleza descriptiva, llega al lector cribado en fluidez y deleite. José Saramago (1922-2010) sigue la estrategia estilística habitual en sus obras y que, en esta novela, pareció querer justificar en una frase de transición: "... es sólo cuestión de tener el supremo cuidado de no intervenir cada vez que ante un pensamiento ya de por sí dispuesto a distraerse se presente una bifurcación atractiva, un ramal, una línea de desvío".