Tiempos hipermodernos
Una de las máximas creaciones de Charles Chaplin es Tiempos modernos , película de 1936 que describe la alienación del trabajador en las cadenas de montaje industrial, símbolo por excelencia de la modernidad. Rogelio Demarchi.
Una de las máximas creaciones de Charles Chaplin es Tiempos modernos , película de 1936 que describe la alienación del trabajador en las cadenas de montaje industrial, símbolo por excelencia de la modernidad. En una de sus escenas más famosas, Carlitos está en una línea de trabajo y su función es ajustar las tuercas de algo que se desliza sobre una cinta transportadora; tras él, otro trabajador debe martillar el objeto en su centro. El problema es que Carlitos es algo lento y distraído, y la concentración del operario debe ser total y su velocidad de trabajo acorde a la que el capataz le imprime a la línea.
Esa escena contiene, asombrosamente, dos pequeños momentos que dan cuenta de la hipermodernidad en que vivimos hoy, unos 80 años después: la fábrica cuenta con un sistema de videovigilancia que le permite al patrón ver todo lo que está pasando, interactuar con los capataces para que aceleren o frenen las líneas de producción y hasta retar a Carlitos cuando en su descanso está fumando en el baño.
En El ojo absoluto (Manantial, 2011), Gérard Wajcman afirma que los tiempos de la hipermodernidad se caracterizan exactamente por eso: porque nos miran. “Somos mirados todo el tiempo, por todas partes, bajo todas las costuras. No, como antaño, por Dios en la cumbre del cielo o, como mañana, por monigotes verdes desde las estrellas; nos miran aquí y ahora, hay ojos por todos lados, de todo tipo, extensiones maquínicas del ojo, prótesis de la mirada. Y en definitiva, siempre hay en algún lado alguien que supuestamente ve lo que ven esos ojos”.
Hay cámaras en las calles y en las autopistas; en los negocios y en los edificios de departamentos; en muchas casas; en los subterráneos, allí donde los hay; en los museos; en los cajeros automáticos, claro; en algunas guarderías y jardines de infantes, que hasta las citan como parte de los servicios que brindan, porque así los padres podrán ver cómo están sus hijos a través de sus computadoras; el intendente de Córdoba, Ramón Mestre, anunció esta semana que pondrá cámaras en los basurales. Y donde no hay cámaras pero hay algo que supuestamente debe ser registrado y denunciado, cualquier teléfono celular está disponible para ese rol.
El argumento de la seguridad es el más repetido para justificar todos estos usos. Pero esto, como dice Wajcman, nos ha vuelto una sociedad en la que nos dejamos ver porque no nos sentimos seguros hasta que nos aseguran que podemos verlo todo.
Por supuesto, nada es gratis; pagamos este juego con la pérdida de nuestra intimidad. “El territorio de lo íntimo podría definirse de un modo simple: es la posibilidad de lo oculto. Que haya frente al mundo un lugar del sujeto, un lugar que sea su lugar, en el que pueda sustraerse a la mirada del Otro”. O también: “Un lugar donde el sujeto que se encuentra fuera de toda mirada puede mirarse a sí mismo”. Vaya paradoja ofrecernos al ojo del Otro hasta el punto de no tener ya dónde mirarnos a nosotros mismos.

