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Sofovich y las hipocresías argentinas

Muchos lo detestaron y lo juzgaron con dureza en numerosas circunstancias, muchas veces con toda la razón del mundo. Sin embargo, fue un hombre clave, no solamente de la televisión, sino del espectáculo argentino.

15 de marzo de 2015 a las 12:01 a. m.
Sofovich y las hipocresías argentinas

"Toda la 'zurda' argentina siempre me puteó por mis programas y defenestraron a Olmedo y a Porcel… Hasta que se murieron. Ahí tomaron nota del talento de los tipos y los convirtieron en mito. Lo mismo pasó con Juan Carlos Altavista (que le daba vida al entrañable personaje 'Minguito', de Polémica en el bar)". Con voz socarrona, bien porteña y con su soberbia inconfundible (a veces insoportable), Gerardo Sofovich se ufanaba de sus éxitos y de que muchos de los que defenestraron sus creaciones después las aplaudieron.Tras su muerte, con el propio Sofovich pasa más o menos lo mismo. Muchos lo detestaron y lo juzgaron con dureza en numerosas circunstancias, muchas veces con toda la razón del mundo. Sin embargo, fue un hombre clave, no solamente de la televisión, sino del espectáculo argentino.No se agotó en Polémica en el bar y en el filme Los caballeros de la cama redonda , un típico producto de la picaresca porteña, a la que le supo encontrar una extraordinaria veta comercial.Fue importante, veloz, creador, autodidacta y dueño de una lógica que le permitía llegar a conclusiones acertadas, aun ignorando el contenido de la respuesta que tenía que dar a la pregunta de Los ocho escalones , el último éxito (aunque módico si se lo compara con anteriores) que lo tuvo delante de la pantalla.Formó una gran dupla con su hermano Hugo, con quien se peleó años y luego se amigó. Con la muerte del último, cayó un gran guionista y siguió el gran hacedor de producciones populares, que muchas veces rozaban lo berreta, aunque las taquillas reventaban.Córdoba vio el ocaso de Sofovich, con sus pasos ya lentos y cansados por Villa Carlos Paz, sus peleas con vedetongas a las que años antes no les hubiera atendido el teléfono y enfrascado en polémicas chiquitas.Sofovich fue todo eso. El creador nato, el dueño de la lógica que tiene el hombre con experiencia en ruleta y juegos de mesa, en cuyos casinos lo recibían como huésped de honor.Era peleador, duro con la plata y petulante, que gustaba humillar a sus contendientes. Se sentó a la mesa de Menem, a quien sedujo presentándole gente del "ambiente", con la cual el riojano se divirtió mucho. Fue jefe del Zoológico de Buenos Aires en ese período menemista impregnado de hábitos estrafalarios. Cortaba la manzana, jugaba al yenga y también daba a los interesados y por línea privada los teléfonos de señoritas sentadas en la primera fila de su programa dominical.Sin escrúpulos. Pero inventó mucho en la tele. Se aprovechó del morbo y convirtió en una estrella de los barrios a Florencia de la V., una chica con severos problemas en su infancia que eligió ser mujer y que él bancó, prioritariamente por motivos comerciales.Muchos se olvidan de los puntos negros de Sofovich. La hipocresía brilla, y hoy los que antes lo trataban de delincuente serial, le rinden sentidos homenajes. Las historias no hay que contarlas por la mitad.