Sobre próceres y tumbas
El intento de traer a Córdoba los restos de Juan Bautista Bustos agrega un nuevo capítulo a la larga historia de la compleja relación de los argentinos con sus muertos.
¿Es importante saber dónde se encuentra la tumba de alguien, donde reposan sus restos? Por supuesto que lo es, al menos en culturas como la nuestra, en las que prevalece el mandato de conservar los restos y levantar monumentos funerarios para albergar lo que no es sino despojos. Túmulos, mastabas, mausoleos, catacumbas, cementerios, le sirvieron al hombre a lo largo de la historia para alojar a sus muertos hasta que se convierten en apenas un puñado de cenizas. Hasta el día de hoy, las tumbas de personajes famosos son lugares de permanente visita, cuando no de culto. Desde la de Napoleón en París hasta la de John F. Kennedy en el Cementerio de Arlington, en Washington. Ni hablar de las antiguas pirámides egipcias, sepulcros de los legendarios faraones, o la tumba del profeta Mahoma, en Medina. Si alguna vez se diera con la sepultura de Jesús, sería, por lejos, la más visitada. En Argentina, la mayoría de los principales protagonistas de nuestra historia murieron lejos de su patria o, por distintas causas, no recibieron en su momento las honras fúnebres que merecían. Por ese motivo, para facilitar la veneración de sus compatriotas o para proporcionarles un sitio más acorde con su jerarquía, en muchos casos hubo exhumaciones, repatriaciones y traslados. Huesos y cenizas que fueron y vinieron hasta hallar su lugar en el mundo. La lista es larga, lo que sigue son algunos ejemplos.
Los próceres, uno por uno

