Show presidenciable
Cada vez se hace más difícil ser candidato a un cargo público en la Argentina.
Cada vez se hace más difícil ser candidato a un cargo público en la Argentina. Ya que no sólo hay que tratar de salir airoso de las internas partidarias, de armar alianzas electorales más o menos coherentes, de medir bien en las encuestas, de conseguir financiamiento, de zafar del corte en las Paso, de esquivar los baldazos de un "baño de humildad", de elaborar un plan de gobierno más o menos convincente, de evitar que los aliados políticos se desbanden hacia los candidatos que miden mejor en las encuestas, etcétera, sino que ahora también, en el caso de los presidenciables, ser candidato implica asistir al programa de Marcelo Tinelli para evitar quedar encasillado como un personaje huraño o antipático y, de paso, aprovechar los picos de 34 puntos de rating del programa. Este último aspecto es insoslayable. Un punto de rating considerando Buenos Aires y conurbano equivale a 100 mil personas, y a manera de ejemplo el presidenciable Sergio Massa debió remar como un galeote y recurrir a todo tipo de artilugios para llenar esforzadamente la cancha de Vélez con 50 mil personas. En algunos puntos del conurbano, el acto de relanzamiento de Massa fue presentado como un encuentro de Testigos de Jehová, lo que llevó a miles de fieles de esa Iglesia a concurrir al estadio. Una vez adentro, no se los dejó salir. Grosso modo , 34 puntos de rating equivaldrían a unos 3,4 millones de televidentes, una cifra que algunos candidatos sólo podrían convocar en una campaña electoral de 15 años de duración (sumando todos los actos) y otros, en el curso de una vida o dos.Además, en un acto proselitista masivo hay que gritar, despotricar, chicanear, prometer, contratar ómnibus y baños químicos, repartir choripanes, besar niños, apretar miles de manos (con el intercambio bacteriano que significa), etcétera, mientras que en ShowMatch hay que limitarse a unos pasos de baile, reírse constantemente de cualquier cosa, lucir desacartonados y confesar algunas intimidades simpáticas y de alto impacto (que la esposa tiene pediculosis, que el perro de la familia tiene mal aliento, etcétera).Sin embargo, no todos se le animan al desafío. Para llegar al programa no sólo hay que ser invitado, sino que hay que vencer el pánico escénico, un estado inhibitorio "que reduce la efectividad comunicacional e impide el despliegue de capacidades expresivas potenciales de los afectados", según reconoce el Orientador de la Conducta de origen rumano, Sergei Brújula. En otras palabras, un ataque de pánico escénico puede producir lo que en términos médicos se conoce como "garrotera", es decir, que un candidato podría quedar paralizado y doblado hacia adelante en el medio del show tal como le ocurría al Chavo, con lo cual su carrera a la presidencia quedaría completamente demolida en cuestión de segundos.Esta circunstancia determinó que haya dos clases de políticos: los que se animen a ir a ShowMatch y lo agradecen, y los que no se atreven y despotrican, contradicción que en estos tiempos de pasiones desbordadas determinó una nueva división de la clase política argentina entre "tinellistas" (partidarios de ir al programa para realizar una performance artístico-electoral) y los "antitinellistas" (los que repudian esta posibilidad)."No es una división tan grave como la de unitarios y federales, peronistas y antiperonistas, azules y colorados, menottistas y bilardistas, billikenistas y anteojitistas, pero es una división al fin", asegura el politicólogo especializado en divisiones y rupturas, José Cismático.El estudioso considera que esta discordia debe ser neutralizada de forma urgente, antes de que se extienda a la sociedad, con una reforma al Código Electoral que establezca la obligatoriedad de los precandidatos y candidatos a la presidencia de la Nación a pasar por ShowMatch para ser reconocidos como tales.Incluso algunos analistas aseguran que los pasos al costado ("baños de humildad") dados por los precandidatos oficialistas Diego Bossio, Sergio Urribarri, Carlos Castagneto y Agustín Rossi no obedecieron a una actitud de obediencia al pedido de la Presidenta, sino a: La imposibilidad de manejar el temor paralizante (acompañado por intensa sudoración y dilatación de las pupilas) que les generaba la sola idea de ir a al programa. La insoportable presión familiar, especialmente de las esposas, para que se presenten en el programa (con frases del tipo: "Si va Scioli y Karina, por qué no podemos ir nosotros. Sos el mismo quedado de siempre"). La certeza de que jamás serían invitados al programa, circunstancia que fue entendida como que las chances de llegar al Sillón de Rivadavia eran absolutamente nulas y sólo les alcanzaban para ver jugar a Independiente Rivadavia desde el sillón del living. Los políticos que andaban con una manta al hombro a esta altura parecen personajes prehistóricos. La política argentina no es apta para nostálgicos.

