¿San Martín o Belgrano?
A pesar de ciertos esfuerzos por distanciarlos, la realidad es que fueron coetáneos, amigos y protagonistas de la lucha por la independencia.
¿Quién es el número uno y cuál el número dos? La disyuntiva, que parecía estar clausurada a favor de San Martín, recobró vida en los últimos tiempos, alentada por reinterpretaciones de la historia argentina que encomian la “línea civil”, encarnada, entre otros, por Manuel Belgrano, por encima de la “línea militar”, en la que descuella José de San Martín.
Bartolomé Mitre los colocó en lo más alto del panteón nacional en sus obras fundacionales de la historiografía oficial: Historia de San Martín y la emancipación sudamericana (1887) e Historia de Belgrano y de la independencia argentina (1889).
San Martín comenzó a despegarse en las décadas siguientes al primer Centenario, consagrado ya como Padre de la Patria: en 1933 Ricardo Rojas publicó El santo de la espada ; en 1943 se instituyó la Orden del Libertador General San Martín como mención honorífica suprema; un año después se oficializó el Instituto Nacional Sanmartiniano. El primer gobierno peronista coronó la apoteosis declarando "Año del Libertador General San Martín" al año 1950, al cumplirse el primer centenario de su fallecimiento.
Esa andanada sanmartiniana desplazó a Belgrano un peldaño más abajo; situación que se reprodujo a través de décadas en el relato escolar, las efemérides y los discursos evocativos.
Vidas paralelas. Un primer dato para remarcar: fueron coetáneos. El ciclo de mayor protagonismo de ambos fue coincidente y breve a la vez: 10 años. Belgrano, entre 1810 y 1820, año de su fallecimiento; San Martín, entre 1812 y 1822, cuando se retiró de la vida pública.
No hubo rivalidad, sino amistad entre ellos. Se conocieron a comienzos de 1814, en una remota posta salteña. Compartieron un par de meses en el cuartel del Ejército del Norte, en Tucumán, y ya no volvieron a verse.
Belgrano, pese a ser ocho años mayor, sentía admiración y sincero afecto por San Martín. El 25 de diciembre de 1813, poco antes de aquel encuentro, desde Jujuy, le envió una carta que refleja esos sentimientos: “Empéñese usted en volar si es posible, con el auxilio, y venir a ser no sólo amigo, sino maestro mío, mi compañero y mi jefe si quiere…”.
Aunque no se conservan las cartas que San Martín pudo haber enviado a Belgrano en esa época, sí se sabe que tuvo especial cuidado en no desmerecer la imagen de su antecesor en la jefatura del maltrecho Ejército del Norte. Lo nombró su segundo y no vaciló en sancionar a Manuel Dorrego por burlarse de él durante un ejercicio de voces de mando. Además, intercedió ante las autoridades para que se postergara la tramitación de la causa abierta contra Belgrano por el fracaso de la segunda campaña al Alto Perú.
El 5 de febrero de 1814, San Martín ofició al gobierno central solicitando la permanencia de Belgrano en el ejército: “He creído de mi deber informar a V. E. que de ninguna manera es conveniente la separación de dicho brigadier de este ejército”. Y expone las razones de su pedido, basadas en la confianza que le inspira Belgrano: “Yo me hallo en unos países cuyas gentes, costumbres y relaciones me son absolutamente desconocidas, y cuya situación topográfica ignoro; y siendo estos conocimientos de absoluta necesidad para hacer la guerra, sólo este individuo puede suplir su falta, instruyéndome y dándome las noticias necesarias de que carezco, (…), pues de todos los demás oficiales de graduación que hay en el ejército no encuentro otro de quien hacer confianza”. Empatía pura.
Belgrano, finalmente, fue separado del ejército, pero hasta último momento trató de asesorar a San Martín con total honestidad y desprendimiento personal. El 21 de abril de 1814, desde Santiago del Estero, le escribe una carta: “Si no cree que tiene al Ejército bien disciplinado y en el mejor pie de subordinación, no haga movimiento alguno y estese a la defensiva; si no hay recursos, pedirlos al gobierno y que se busquen hasta el seno de la tierra”. Y enseguida se disculpa: “Mas yo estoy hablando con un general militar que yo no lo he sido ni soy; pero mi deseo de la felicidad de las armas de la patria y la gloria particular de V. me obliga a ello”.
Meses después, Belgrano, sobreseído de la causa en su contra, partió a Europa en misión diplomática, mientras que San Martín, tras una breve estancia en Córdoba para reponer su salud, se estableció en Mendoza, para organizar el Ejército de Los Andes.
Un par de años más tarde, el 12 de marzo de 1816, San Martín volvió a recomendar a Belgrano para comandar el Ejército del Norte: “En caso de nombrar quien deba reemplazar a Rondeau, yo me decido por Belgrano; este es el más metódico de los que conozco en nuestra América, lleno de integridad y de talento natural; no tendrá los conocimientos de un Moreau o Bonaparte en punto a milicia, pero créame que es lo mejor que tenemos en la América del Sud”, escribió. Esta vez, su contundente opinión fue tenida en cuenta y Belgrano quedó al mando del ejército.
Como señaló Mitre: "San Martín no tenía ni tuvo jamás en la Patria más amigo que Pueyrredón, ni más amistad calurosa que la de Belgrano". Contribución histórica. En un exceso de síntesis, puede decirse que Belgrano fue artífice de la primera hora del proceso independentista y de su ulterior consumación, y San Martín, el autor de la consolidación y proyección continental de ese proceso.
Belgrano fue miembro principalísimo de la elite que pergeñó la Revolución y pieza clave de la movida que fructificó el 25 de mayo de 1810. Instalada la Primera Junta, Belgrano, por su ascendiente y dotes intelectuales, podría haber sido el factor de equilibrio en la puja entre Cornelio Saavedra y Mariano Moreno, pero debió alejarse de Buenos Aires por las urgencias de la hora.
En lo estrictamente militar, sus dos victorias consecutivas, de Tucumán y Salta, salvaron el proceso independentista en el momento más dramático de la contraofensiva realista. Después, su rol militar quedó en un segundo plano, relegado por la campaña trasandina de San Martín y el desempeño de Martín Miguel de Güemes en el norte.
Ambos repudiaron con igual vehemencia el conflicto interno y, hasta donde pudieron, evitaron inmiscuirse.
“Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, transemos todo, y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieren atacar nuestra libertad”, escribió San Martín a Estanislao López en marzo de 1819.
“La Providencia ha querido abrirnos camino a la conciliación y amistad cuando más se estaban gloriando los enemigos de nuestra Nación, de la sangre que se derramaba y de la desolación y miseria en que caían nuestros Países, por disputas domésticas apoyadas tal vez en puerilidades y movidas por medios bien ajenos a la razón”, decía Belgrano a Francisco Ramírez un mes más tarde. Cartas que parecen escritas por la misma mano.
Asqueados por los enfrentamientos estériles, uno se murió y el otro se fue. Belgrano falleció en 1820 y San Martín partió a un exilio autoimpuesto en 1824. El destino dispuso que los dos estuvieran ausentes en esa segunda hora, turbulenta y traumática, de la década de 1820.
De la sucinta contextualización anterior puede inferirse que San Martín y Belgrano fueron actores centrales de la hora fundante de la Argentina, cuando ambos debieron trajinar en un escenario complejo y volátil, sin que hubiera un plan único y sistemático para lograr los altos fines propuestos.
Esas condiciones –inestabilidad, divisiones estériles y ausencia de un libreto unificador– obligaban a los protagonistas a extremar su intuición y obrar con pragmatismo y sentido patriótico, muchas veces contraviniendo órdenes superiores.
Los caminos de Belgrano y San Martín se cruzaron providencialmente cuando el proceso independentista pendía de un hilo. No hubo rivalidad ni competencia entre ambos, más bien lo contrario: afecto y confianza. No había ambiciones desmedidas ni ansias de figuración en ninguno de los dos; no tenían la petulancia de Rivadavia, ni el apetito de poder de Alvear. Se sentían, ante todo, servidores de la causa que obraba en ellos como valor supremo. Y no es que fueran iguales, porque no lo eran, ni en sus perfiles personales, ni en sus gustos o predilecciones. Sí lo eran en sus convicciones profundas, y allí está la clave del aludido entendimiento mutuo.
Por eso, que uno fuera civil y el otro militar es circunstancial: podría haber sido a la inversa y no cambiaría las cosas. Lo mejor que podemos hacer por ellos es asumirlos como padres de la patria que fueron y tratar, en la medida de las posibilidades de cada uno de nosotros, imitar su ejemplo y honrar el valioso legado que nos dejaron.

