Rosas, el que murió en Inglaterra
Uno de los hombres más poderosos de nuestra historia falleció lejos de su patria, en Southampton, Inglaterra, el 14 de marzo de 1877. Fue enterrado en el cementerio del lugar. El 22 de septiembre de 1989, merced a gestiones de sus descendientes ante el gobierno británico, se exhumó el deteriorado ataúd que fue trasladado a Orly (Francia) por vía aérea. Allí se procedió a abrir la caja mortuoria y parte de la osamenta quedó al descubierto, junto a otros objetos, como una dentadura postiza que Rosas usó hasta el fin de sus días. Todo pasó a un féretro nuevo que días más tarde aterrizó en Rosario. Allí fue conducido a la iglesia Catedral y, enseguida, en medio de un colorido festejo federal, la misma cureña lo trasladó hasta el puerto. Al pasar la nave que lo transportaba frente a la Vuelta de Obligado, se evocó la gesta del 20 de noviembre de 1845.
En Buenos Aires prosiguieron los homenajes, en esa oportunidad encabezados por el entonces presidente de la Nación, Carlos Saúl Menem. Los restos quedaron depositados en el Cementerio de la Recoleta, en la bóveda familiar de la familia Ortiz de Rozas, junto a los de la esposa –Encarnación Ezcurra– y padres del extinto. No se cumplió la profecía de José Mármol, el poeta que profetizó que “ni el polvo de sus huesos la América tendrá”. Y sí, en cambio, la última voluntad de Rosas, expresada en su testamento, en el que pedía que su cadáver, una vez llevado a la Argentina, fuese colocado “en una sepultura moderna, sin lujo ni aparato alguno, pero sólida, segura y decente”.

