Repensar el trabajo y la sociedad
En distintos países, asistimos al surgimiento de acciones colectivas que protagonizan distintos sectores (jóvenes, migrantes, jubilados), a los que el sistema económico les quita la oportunidad del trabajo y con ello la dignidad.
A pocos días de conmemorarse el 25 aniversario de la caída del muro de Berlín, símbolo de la unificación global capitalista en su versión neoliberal, es oportuno reflexionar sobre el impacto que tuvo sobre el trabajo y sobre el trabajador, uno de los grandes protagonistas socio-políticos del siglo XX.
Si bien la acumulación capitalista y los derechos e intereses del trabajador siempre estuvieron en tensión y conflicto, durante la modernidad, pero sobre todo en el llamado estado de bienestar y otras formas de estado social (donde los hubo), los trabajadores fueron ganando protagonismo, organización y reconocimiento de derechos. En su versión revolucionaria y anticapitalista, el proletariado como clase generó procesos de cambio que dieron lugar a diversas modalidades de estados y gobiernos socialistas.
Con la ruptura del mercado localizado y el debilitamiento del estado nacional, el capitalismo se transnacionalizó definitivamente. Con ello, se operó un cambio fundamental en la importancia y valoración del trabajo desde el punto de vista económico y también político y social.
Una de las consecuencias fue el incremento de la desocupación, que se vio, además, favorecida por la aplicación de tecnologías que reemplazan la labor humana. Por otra parte, los trabajos pasaron a ser exportables. Las empresas los trasladan allí donde los costos son más bajos y menores las cargas sociales y fiscales. La producción de bienes y servicios se desmembró, fragmentó y dividió internacionalmente. Esto es posible por innovaciones tecnológicas en el transporte y la comunicación, la ruptura de las fronteras para la libre circulación de bienes (no de personas) y la corrupción y cooptación de políticos y gobiernos.
En pocos años hemos asistido a la precarización del trabajo y pauperización del trabajador, bajo el eufemismo de la llamada flexibilización laboral, resultado, entre otras cosas, de bajos salarios, la pérdida de derechos, la desprotección del trabajador, la inestabilidad laboral, el trabajo informal y temporal y la reducción del trabajo de tiempo completo. La carrera laboral a largo plazo resulta cada vez más impensable.
Lo anterior es quizá más conocido. En lo que no suele repararse es en el deterioro del valor y prestigio social del trabajo. La desocupación y los movimientos de desocupados adquirieron mayor protagonismo social y político. No tener trabajo se tornó más significativo que tenerlo, lo que hace difícil concebir utopías estimulantes y transformadoras. Esto ha contribuido a que el trabajador como individuo y el proletario como clase dejen de ser actores revolucionarios y agentes de innovación social. Los partidos políticos se volvieron transclase y la sociedad se ha fragmentado en movimientos que vehiculizan múltiples reivindicaciones no necesariamente laborales. La pobreza más que el reclamo por el trabajo suele combinarse con ellas.
Consumir tiene más valor que producir y lo que es hasta paradójico, consumir sin trabajar, lo cual es funcional al capitalismo global. Por otro lado, la desilusión, la desconfianza, la indiferencia, la apatía, el descontento, la desesperanza y el escepticismo impregnan y dan un tono débil a las culturas políticas democráticas contemporáneas, lo que se ve acompañado por el incremento alarmante de antiguas y nuevas formas de fundamentalismo religioso y de versiones xenofóbicas y autoritarias. A partir de estos ingredientes es difícil visualizar futuros mejores y posibles.
En distintos países, asistimos al surgimiento de acciones colectivas que protagonizan distintos sectores (jóvenes, migrantes, jubilados), a los que el sistema económico les quita la oportunidad del trabajo y con ello la dignidad. Resulta comprensible que el hastío moral, el descreimiento político y el hartazgo alimenten la indignación antisistema de estos sectores económicamente amenazados y políticamente no representados. El riesgo es su captación por líderes mesiánicos y oportunistas o por gobiernos populistas que a través del clientelismo político manipulan la pobreza, pero no la solucionan.
Cualquiera sea la valoración que tengamos sobre el presente, es preciso considerar que la historia, como la biografía, no tiene retorno, ni las oportunidades se repiten; sólo cabe imaginar futuros. Este es el desafío a enfrentar para remediar lo destruido. Un punto de partida sería pensar la reconstrucción a partir de la dignidad como dimensión ética, -base de todos los derechos humanos-, que fundamente una crítica radical a la voracidad económica que produce su pérdida y a las estructuras políticas que la sostienen y justifican. Como lo afirma Alejo Carpentier en El reino de este mundo, “la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas”. En otras palabras, en trabajar para crear “aun para gentes que nunca conocerá”.
*Sociólogo, Profesor Titular Plenario de Sociología Jurídica Facultad de Derecho y Ciencias Sociales UNC

