Periodista en acción
Para los escritores que trabajan como periodistas, escribir una ficción que gire alrededor del periodismo es una gran tentación. Rogelio Demarchi.
Para los escritores que trabajan como periodistas, escribir una ficción que gire alrededor del periodismo es una gran tentación. Dejarse llevar, pasar de la fantasía a la acción, tiene sus bemoles: consciente o inconscientemente, implica representar, desde la perspectiva argumental que se haya elegido, no sólo cómo se practica la profesión, en qué condiciones laborales, sino –más importante aun– cómo entienden esos personajes periodistas a la sociedad y, en ella, a la función social del periodismo. Sergio Olguín trabaja como periodista desde 1984 y su nueva novela, La fragilidad de los cuerpos (Tusquets, 2012), es una trama policial en cuyo centro está Verónica, una periodista de 30 años, soltera, de buena vida, redactora de la sección Sociedad de la revista semanal (porteña) Nuestro Tiempo. Una muy buena elección de atributos para poner en acción a una periodista en nuestro tiempo (es decir, en estos años, algunos años después de la tragedia de Cromañón, por ejemplo, dato presente en el paisaje urbano de la novela): su juventud le permite tener cierta experiencia, pero no demasiada, de modo que puede recordar cómo aprendió lo poco que sabe y deducir dónde debe pedir ayuda por todo lo que no sabe; la soltería no parece forzada si se presta atención a su edad y a las tendencias actuales, al mismo tiempo que abre el juego a narrar su vida fuera de la redacción; y que trabaje para un semanario permite poner la narración a salvo del trajín cotidiano del diario y mostrar el mundillo de la redacción en cámara lenta. En ese marco, el periodismo aparecerá como una religión donde muchos ateos dan misa; como una actividad profesional cuyos principios básicos de funcionamiento no se enseñan en ninguna escuela de periodismo; como una tarea que les permite a sus prejuiciosos actores creer que quieren, pueden y saben ir (y llegar) más allá que la Justicia; y en un juego de palabras que remite, sin dudas, a Rodolfo Walsh, como un "violento oficio". Verónica investigará lo que para la Justicia es invisible: detrás del aparentemente "normal" suicidio de un conductor de trenes del ferrocarril Sarmiento, que a lo largo de tres años atropelló y mató a cuatro personas, y en el que la Justicia no detecta nada extraño, ella descubrirá una red criminal que ha montado un macabro juego de apuestas que pone en riesgo la vida de niños en las vías del tren. Y el jueguito con los chicos es un pequeño negocio para la red, aunque sea lo más importante para Verónica; lo principal es la trata de personas, el narcotráfico, el lavado de dinero.Verónica no duda, trabaja como vive: pone el cuerpo, que, aunque sea frágil, es más resistente que eso que llamamos alma, de modo que hay que saber percibir cuál es el límite. Olguín tampoco duda: en el epígrafe más político que enmarca su novela, establece un paralelismo entre "nuestro tiempo" y esa sociedad "dominada por una minoría de explotadores y dilapidadores" que caracterizó a la Baja Edad Media.
La fragilidad de los cuerpos (Tusquets, 2012). Olguín ofrece una trama de corte policial protagonizada por una joven periodista en la Argentina reciente.

