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Pelé y la máquina de atrasar

Por suerte, desde hace unos años, argentinos y brasileños hemos comenzado a superar esa historia de desencuentros y desconfianza recíproca que se mantuvo incólume en la relación bilateral durante años.

04 de agosto de 2013 a las 05:38 p. m.
Pelé y la máquina de atrasar

Por suerte, desde hace unos años, argentinos y brasileños hemos comenzado a superar esa historia de desencuentros y desconfianza recíproca que se mantuvo incólume en la relación bilateral durante años. Fuera de la colorida rivalidad futbolística, ambos países parecen haber aprendido que los intereses comunes están por encima de los debates infructuosos, que terminan o terminaban generalmente en un diálogo de sordos.Por suerte, y más allá de las fuertes pulseadas en el seno del Mercosur, Argentina y Brasil construyeron una relación bastante sólida.De todos modos, siempre aparecen obstáculos casi banales, que en el fondo carecen de sentido, pero que no hay que dejarlos pasar.El jueves pasado, el mundialmente conocido Edson Arantes do Nascimento, Pelé, comentó la visita del papa Francisco a Brasil. Dijo que es la primera vez que un brasileño aplaude a un argentino. Una descortesía que él mismo advirtió de inmediato. Será por eso que también reconoció que Messi es el mejor jugador del mundo, pero pronosticó que en unos años lo será el brasileño Neymar.En realidad, Pelé fue un extraordinario jugador de fútbol, el mejor de su época y con pergaminos suficientes como para estar en los puestos más privilegiados del podio de la historia de ese deporte.Tuvo una niñez sufrida, llena de sinsabores y limitaciones económicas. Su talento para jugar a la pelota le dio fama, reconocimiento y dinero. El establishment económico lo adoptó y lo sentó en silla de oro cuando, por su edad, debió dejar de jugar.El brasileño humilde y sonriente aprendió buenos modales, vistió trajes de modistos exclusivos y tuvo un nivel de vida propio de lo que llegó a ser: un millonario.Sus ideas siempre estuvieron a la derecha de la derecha. Si se lo hurga un poco, tal vez termine reconociendo que la democracia no es el sistema que más le gusta. Obviamente, esto nunca lo dijo ni lo dirá, pero de sus palabras alguna cosa puede sospecharse.Tiene, también, un viejo resentimiento con los argentinos. Vive confrontando. Parece jugar a una guerra fría que nunca existió. Y, cuando puede, le da vida a un enfrentamiento que las autoridades constitucionales de ambos países decidieron clausurar hace dos décadas.Argentina y Brasil, más allá de sus diferencias comerciales y de las idas y vueltas de sus gobernantes, han puesto el futuro común por delante.Están mucho más allá del análisis apolillado y casi irrespetuoso del que fue un genio del fútbol.Habría que decirle al exjugador de fútbol que la vida pasa por otro lado, y que los dos países miran en otra dirección, más allá de los duelos futboleros, que seguirán siendo a suerte y verdad y tan pasionales como siempre.Hay que tener en cuenta que los ídolos son siempre seguidos e imitados. Pero a veces no son infalibles.