Pedro Páramo
El mito que siempre sobrevoló a Pedro Páramo habla de ese célebre detalle argumental que contribuyó en buena medida a agigantar la valoración de esta obra extraordinaria.
El mito que siempre sobrevoló a Pedro Páramo habla de ese célebre detalle argumental que contribuyó en buena medida a agigantar la valoración de esta obra extraordinaria, elaborada con una prosa poética que parece haber roto el molde en cuanto a la fabricación de atmósferas crípticas. Ese detalle argumental del que nace el mito –que, aunque célebre, se tratará de obviar aquí– se funda en la ambigüedad que se mantiene en gran parte de la novela hasta el momento en que súbitamente se desbarata. Los dobles sentidos indudables, los equívocos y las referencias a distintos planos de la realidad confundidos adrede entre sí obligarán a postergar la seguridad de la hipótesis cuando unas alusiones perdidas por ahí –ya sean un nombre, una palabra o un gesto– despierten otra vez las dudas sobre el verdadero destino de los personajes. Comala, pueblo mítico, arrasado y yermo, consumido por la ardiente canícula de agosto ("Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al Infierno regresan por su cobija"), recibe la visita de Juan Preciado, un hijo del poderoso Pedro Páramo, hombre rico, déspota y amoral a quien nunca conoció pero que deberá encontrar ahí porque así se lo hizo prometer su madre en su lecho de muerte: "Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas".Todos en Comala parecen ser hijos de Pedro Páramo, amo y señor de la Media Luna, extensas tierras que se enroscan como víboras alrededor del pueblo desierto adonde el huérfano peregrinó para honrar la promesa materna. En este punto, apenas sucede su llegada, aquella ambigüedad se sostiene contrariando las afirmaciones que se vierten en las escenas previas, estampas breves que el texto separa con espacios en blanco. Cuando alguien le dice a Juan Preciado que en Comala no vive nadie, a continuación se desdibuja esa certeza cuando él se topa con una mujer. El asombrado joven que viene de Suyala, pueblo antagonista lleno de vida, habla con ella y hasta recibe indicaciones para llegar a la casa de una amiga de la madre, Eduviges, quien de algún modo ya se habrá enterado de su muerte.Como en este episodio, el lector se enfrentará muchas veces con una revelación que robustece la sospecha que asoma en cada línea del texto ("Su cara se transparentaba como si no tuviera sangre, y sus manos estaban marchitas; marchitas y apretadas de arrugas. No se le veían lo ojos") pero que inmediatamente se relativizará, ya sea por el desequilibrio temporal de la novela, que trajina del pasado al presente y vuelta al pasado, o bien por el convencimiento del muchacho de que ciertos vecinos del pueblo están locos, los mismos que le cuentan de muertos que hablan, que comen y ríen. Junto con ese convencimiento, la figura de Juan Preciado de pronto se diluye en esa atmósfera de parquedad y mutismo hasta que se lo traga la tierra, de un modo literal pero posible. Aparecen entonces otras voces, surge la historia de Pedro Páramo, sus amores de juventud, sus crueldades y crímenes, que sin embargo serán un relámpago entreverado en la oscuridad irrespirable del relato principal. En su única novela publicada en vida, Juan Rulfo (1917-1986) metaforizó genialmente el culto a los muertos, ese tema que siempre fascinó a las clases populares de la sociedad mejicana. La claridad y limpieza de la forma son engañosas. Su simplicidad esconde un gran secreto que sólo develaremos con el tiempo. Con todo el tiempo que nos permite la eternidad.

