Para una crítica del poder
El poder, una bestia magnífica. Sobre el poder, la prisión y la vida (Siglo XXI, 2012), Michel Foucault. Rogelio Demarchi.
Aunque murió en 1984, Michel Foucault parece estar más vivo que nunca. Si al final de su vida era un intelectual de referencia, lentamente, tras su muerte, se convirtió en un autor casi imprescindible en el amplio campo de las ciencias sociales. Es muy difícil, hoy, abrir un ensayo ubicado en esa área temática y no encontrarlo en la bibliografía. Paralelamente, no dejan de aparecer libros que amplían su obra. Por un lado, está la edición de sus cursos; por el otro, la publicación de documentos sueltos, como es el caso de El poder, una bestia magnífica. Sobre el poder, la prisión y la vida (Siglo XXI, 2012), que recopila sobre todo entrevistas a Foucault y unas pocas conferencias o intervenciones no incluidas en libros anteriores.
La primera parte del volumen es la más interesante: está dedicada al tema del poder, reúne nueve entrevistas que se le realizaron entre 1977 y 1981, y permite entender que, de principio a fin, toda su obra buscó articular una crítica del poder; hablara de la medicina, la sexualidad, las prisiones, el derecho o cualquier otra cosa que pusiera bajo su filosa mirada. En consecuencia, él no duda en calificar a toda su obra como “investigaciones que son históricas y políticas al mismo tiempo”; investigaciones (vale pensarlo así) en las que era más importante lo político que lo histórico, en tanto el abordaje histórico era necesario sólo por cuestiones metodológicas, como si dijéramos que era la mejor luz disponible para iluminar lo político. “Se trata, en esencia, de un trabajo a partir de una interrogación política, política en sentido amplio: ¿cuáles son las relaciones de poder que actúan en una sociedad como la nuestra?”
En algunas de estas páginas, a partir del diálogo con sus entrevistadores, el lector puede aproximarse a la percepción del mundo que tenía el joven Foucault cuando, cerca de sus 30 años, en el final de la posguerra, en plena década de 1950, comenzaba sus investigaciones. Esa primera mitad del siglo 20 demuestra, según él, que el problema fundamental de la sociedad desde entonces radica en lo que provoca el exceso de poder. Pero no había instrumentos de análisis aptos para estudiar las “dos herencias negras” de la guerra, “el fascismo y el estalinismo”, y tampoco se contaba con la sensibilidad necesaria para captar las distintas formas en que se manifiesta el poder.
Cuando uno habla del poder, ejemplifica Foucault, “de inmediato, lo que se le ocurre a la gente es el ejército, es la policía, es la justicia”. Su objetivo, por decirlo de algún modo, sería enseñarnos a percibir el problema de otro modo: “Hay relaciones de poder entre un hombre y una mujer, entre el que sabe y el que no sabe, entre los padres y los hijos, en la familia. En la sociedad, hay millares y millares de relaciones de poder y, por consiguiente, de relaciones de fuerzas, y por tanto de pequeños enfrentamientos, microluchas, por llamarlas de algún modo”.
En esa cita, está el corazón de su legado y la razón de su vigencia. Hoy es casi imposible ver y entender el poder de otro modo.

