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Otra vueltade tuerca

Noche de invierno en una vieja casa en penumbras. Una chimenea fulgura en un rincón. Frente al fuego, sentados en círculo, fascinados espectadores escuchan a alguien que relata un hecho sobrenatural experimentado por un niño.

01 de marzo de 2015 a las 12:01 a. m.
Otra vueltade tuerca

Noche de invierno en una vieja casa en penumbras. Una chimenea fulgura en un rincón. Frente al fuego, sentados en círculo, fascinados espectadores escuchan a alguien que relata un hecho sobrenatural experimentado por un niño. La fascinación crece aún más cuando otro, Douglas, eleva la apuesta y dice que le puede dar otra vuelta de tuerca al asunto porque él tiene para contar una historia de fantasmas también, pero no con uno, sino con dos niños como protagonistas de la experiencia sobrenatural. Explica que es una historia que dejó escrita una mujer, una vieja institutriz que ahora está muerta. Para mantener el interés de los espectadores, anuncia que mandará buscar el escrito a Londres y que sólo entonces podrá contarla. Así, con un claro mecanismo de cajas chinas (un relato dentro de otro), comenzará la verdadera historia de Otra vuelta de tuerca , esa que los lectores esperan encontrar cuando abren el libro. La estrategia no es caprichosa, sin embargo, más allá del nulo valor que la introducción representa para los intereses argumentales de la novela. No sólo sirve para anticipar a grandes trazos el nudo del problema, algo así como un tráiler cinematográfico, sino que también delinea el modo estratégico que el neoyorquino Henry James (1843-1916) eligió para avanzar en el relato: retrasando, como Douglas, los datos escondidos mediante expectativas a cada instante (en cada línea) insufladas por la insinuación, el sesgo y el embozo más que por la información precisa y la aseveración calculada. Diálogos y situaciones vagas inundan el libro reflejando la intención del autor de no ir más allá de sus propias narices, de contar sugiriendo más que diciendo, para que la incertidumbre contamine al lector y le otorgue una capacidad de comprensión distinta. ¿Para qué? Probablemente para acrecentar el horror de la historia, para hacernos sentir lo que espeluzna a esa joven institutriz a quien un hombre del que está enamorada, su patrón, ha dejado al cuidado de sus dos pequeños y muy particulares sobrinos.Particulares porque, según la mente ¿turbada? de la institutriz, los niños, Miles y Flora, son cómplices de dos fantasmas, el de un hombre y el de una mujer que sólo ella parece haber visto vagando por los interiores y los jar­dines de la mansión a la que ha ido a trabajar ("Así pude verlos, como ahora veo las letras que trazo en estas páginas"). Esa sospecha de complicidad se intensificará en la joven al ritmo de su creciente familiarización con aquellas visiones. Resulta que el hombre y la mujer eran, en vida, el criado del patrón y la antigua cuidadora de los niños, y parece que había una relación sentimental que los unía y de la cual las criaturas, de un modo retorcido y oscuro, participaban activamente. A partir de ahí, de esa revelación nacida en una frontera imprecisa entre la fantasía perversa y la fabulación, la atribulada joven buscará las respuestas al enigma inmaterial que acecha a las en apariencia inocentes y celestiales criaturas. Para ello contará con la colaboración del ama de llaves, la señora Grose, cuyo candor y analfabetismo servirán de apoyo a la testigo de esas fantasmagorías y harán del relato de sus visiones algo confiable para el lector. James escribió este libro en 1898, tras un período de duelo por la muerte de su padre, su madre y uno de sus hermanos. En su historia de fantasmas que a lo mejor no son tales, de la que transpira la posibilidad y la creencia de que una dimensión distinta es capaz de convivir con la realidad, el escritor quizá buscó trocar el dolor en consuelo mediante un ejercicio literario am­biguo y sutil.