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Nueva York a la medida de...

En un mismo momento, la gran ciudad de Estados Unidos puede ser tan diversa y contrastante como la imaginación y la realidad lo permitan.

11 de diciembre de 2011 a las 12:02 a. m.
Mariana Winocur (Especial desde Nueva York)
Nueva York a la medida de...
Tasa de interés. Un manifestante dice que a los que toman las decisiones no les importa la gente (Archivo / AP).

Los infelices. Parece extraño. Los medios del mundo hablan de crisis, pero en la ciudad de Nueva York esa crisis no se advierte a simple vista. Si no fuera porque los desalojarían un par de semanas después –con lo que les darían más visibilidad mundial–, hasta entonces, "los indignados" parecían otro atractivo turístico más. Los Occupy Wall Street tomaron el Zuccotti Park (en ple­no corazón financiero de Manhattan) pero durante mucho tiempo estuvieron tan ordenados en una sola manzana que casi parecieron haberse convertido en una atracción turística más. Aunque ahora ya no acampan con bolsas de dormir en el parque, lo que se veía de los indignados de Manhattan no parecía tener la fuerza de otros movimientos similares. Seguramente la crisis de la propiedad, la dificultad para encontrar trabajo y la falta de dinero para estudiar les siga preocupando y los afecte, pero los damnificados no alcanzaban a expresarlo cabalmente, salvo por algunos carteles que levantaban para que fueran leídos.Los pocos cientos de indignados de Wall Street, a diferencia de los miles de Madrid, estaban perfectamente ubicados en una manzana. En un costado, un vendedor de guantes y gorros de lana aprovechaba la concurrencia de la zona para ganar sus dólares. Todo cuidadosamente organizado. Unos policías, varios, los vigilaban desde la vereda. Una de las calles laterales de Zuccotti Park se llama Liberty Street.Más que a indignación, el campamento parecía la ocupación de un espacio público en el que un par de personas exhiben a los curiosos carteles con consignas de todo tipo: desde los que piden la libertad en China hasta quienes usan bicicletas fijas para generar electricidad y producir compost con la basura orgánica."Recuerden, los carnavales son baratos", había advertido el hoy popular filó­sofo Slavoj Žižek a los indignados de Wall Street cuando llegó hasta el cam­pamento para leer unas palabras de apoyo que dieron vuelta a todo el mundo. Propuso pensar en alternativas a la vida capitalista que ha dejado insatisfechos a muchos. Por ahora no se sabe cuáles serán esas alternativas, pero los indignados siguen ahí, fotografiados por quienes pasan a su lado. Estaban a escasas dos cuadras del Memorial 9/11, un monumento que toca el corazón al recordar a las cerca de tres mil personas muertas por el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001. Unos tienen voz. A los otros, los silenciaron. Los ausentes. El Memorial del 11-S está emplazado donde estaban las Torres Gemelas. Es un gran monumento, en un enorme parque con dos piletas en las que el agua forma cascadas y en cuyos bordes de bronce están inscriptos los nombres de las víctimas del 11-S: las que estaban en las Torres, las de los vuelos 11 de American Airlines y 175 de United Airlines, las del vuelo 77 de American Airlines contra el Pentágono y las del vuelo 93 de United Airlines estrellado en Pensilvania. También están los nombres de las seis víctimas de un ataque contra una de las Torres en 1993. El necesario rescate de la memoria queda reflejado, en este caso, en un espacio tan sobrio y conmovedor como imprescindible, porque obliga a no olvidar. Los nombres de los ausentes, de los que se fueron antes de tiempo, están ahí, escritos en letras imborrables. Que lo sepa el mundo. La entrada al Memorial es gratuita, pero para poder ingresar hay que pedir turno o buscar pases con anterioridad. Las filas para entrar son largas y cada visitante es exhaustivamente revisado como si fuera a abordar un avión. Salvo dos o tres comentarios, en general la visita transcurre en voz baja. Es un espacio de reflexión y de recuerdo. Memoria para no matar. Memoria para no morir. Los felices. La indignación y la memoria ocurren bien lejos de la gran fiesta de la ciudad que es la ya tradi­cional maratón que miles de perso­nas corren el primer domingo de noviembre desde 1970. Y que es, de las ma­ratones griegas, la más famosa del mundo. La de este año fue el día 6 de noviembre y contó con la participación de unos 47 mil corredores y caminadores, pero muchos, muchísimos más alen­tadores (cerca de dos millones) que a lo largo de los 42 kilómetros 195 metros por los que se extendió, no pararon de aplaudir y animar a los héroes de ese día.Este 6 de noviembre, un hombre de Kenia rompió el récord de esa maratón y cubrió el largo trayecto en dos horas cinco minutos seis segundos. Casi dos minutos menos que el año pasado. Una maravilla. Pero la gran mayoría, los que no tienen el nombre en su pechera sino un simple y largo número, esa gran mayoría la hace en más tiempo, no importa cuánto (pueden ser hasta 15 horas), pues tienen toda la tarde y hasta la noche para llegar a la meta. Corriendo, caminando, en silla de ruedas, con muletas, en triciclos... La gran maratón de Nueva York sale de Staten Island y pasa por Brooklyn, Queens, luego entra a Manhattan por la calle 59 (inicio del Central Park), sube hasta el Bronx y baja por la 5° Avenida hasta terminar en Central Park. La corren personas de todo el mundo (para los extranjeros, inscribirse cuesta 450 dólares). Hay muchos participantes de Latinoamérica.Todo el trayecto es un espectáculo maravilloso. Todo el mundo en la calle alienta a los corredores y los corredores, por su parte, piden que la gente los aliente. Cada uno lleva una camiseta alusiva a alguna pasión propia o de alguien que ya no está. No faltan las menciones a las personas que murieron en el ataque del 11-S. Hasta una bandera de la memoria se ve entre quienes corren. Y hay varias camisetas de Argentina, incluso, algunas de Boca Juniors. Los infelices. Los felices. Los ausentes. En un mismo momento (o tiempo), Nueva York puede ser tan diversa y contrastante como la imaginación y la realidad lo permitan. Estas son tres postales instantáneas de Nueva York. La ciudad que, dicen, está en crisis, aunque los miles de turistas que pueblan sus calles, sus museos, sus parques, sus restaurantes, no la vean. No la noten. ¿Crisis? ¿Qué crisis? Sólo para los locales, y los que están suficientemente alejados de Times Square.