Ni académicos ni poetas: periodistas
Eso dice, aclara, recuerda, apunta, a sus periodistas el New York Times en la versión 2015 de su tradicional Manual de Estilo. Es obvio aclarar que la frase no es una recomendación livianita, sino que conlleva una exigencia de una contundencia tal que la vuelve implacable.
"Somos periodistas. No somos poetas o académicos, artistas o activistas". Eso dice, aclara, recuerda, apunta, a sus periodistas el New York Times en la versión 2015 de su tradicional Manual de Estilo. Es obvio aclarar que la frase no es una recomendación livianita, sino que conlleva una exigencia de una contundencia tal que la vuelve implacable. Está escrita a fuego en uno de los medios de comunicación más prestigiosos del mundo.No hace otra cosa que poner límites, que definir áreas de acción. Tal vez, arriesgando un aporte a tamaña definición, podría decirse que "tampoco somos fiscales".De ningún modo debe entenderse, claro está, que las acepciones negativas, es decir todo lo que los periodistas no son, nos convierte automáticamente en máquinas de expresar contenidos asépticos en cualquiera de las plataformas en las que se expresan los medios de comunicación en la actualidad.El New York Times apela a un lugar común de extrema sencillez pero de difícil acatamiento: informar, opinar, analizar, comprometerse pero no formular piezas acusatorias dignas de un fiscal, y mucho menos dictar sentencia. Para eso están los jueces.Cualquier tema, desde la vida privada del jugador de fútbol Daniel Osvaldo hasta la acusación judicial por encubrimiento en la causa Amia a la presidenta Cristina Fernández, queda entrampado en una verdadera carnicería mediática.Cada vez con más frecuencia, los periodistas extralimitamos nuestra función crítica y hablamos como dirigentes en campaña. Una cosa es opinar; otra, pontificar como si se estuviera en un atril de tribuna de campaña y descalificar al que piensa diferente.En algunos programas de televisión pasa eso. Las discusiones por respetables posiciones diferentes y hasta encontradas terminan convertidas en un chiquero, con descalificaciones profesionales y personales."Inútil", "ladrón", "fracasado" son las palabras que a menudo se usan para descalificar al que osa mirar la realidad desde otro lugar.Quien lo hace se arroga cualidades que generalmente no demuestra con facilidad y que, cuando debe revalidar títulos en la trinchera, a menudo se observa que poco tiene que ver la pomposidad del relato con la calidad de lo que presenta a sus lectores, seguidores, oyentes o televidentes. Se dedican a cazar a los que no comulgan con sus ideas tirando carpetazos que vaya a saber de dónde vienen. Las viejas reglas indican que el involucramiento y el compromiso no deben confundirse con la militancia. También, vale recordarlo, el conocimiento se demuestra con trabajo y, fundamentalmente, con capacitación.En caso contrario, estamos en presencia de payadorcitos marginales que dedican su tiempo, en el mejor de los casos, a despotricar contra el otro. Algunos lo hacen por convicción, otros por un salario, y allí está lo más triste o lo más duro. Eso significa alquilarse. Allí, entonces, estamos hablando de otra cosa. Estamos hablando de corrupción pura y dura.

