“Nadie tiene el valor de apagar la tele”
Su libro, “De infancias y adolescencias”, Enrique Orschanski recopila las columnas publicadas en La Voz del Interior. Desde ellas, habla de los chicos, los padres, el trabajo y todo lo malo que conlleva la desatención.
–En sus columnas, usted habla desde su lugar de pediatra, pero parece psicólogo; y más que psicólogo de niños, psicólogo de padres. ¿Cómo es esto? ¿Dónde empieza y dónde termina la función y naturaleza del pediatra? –Los pediatras somos los últimos médicos de familia que van quedando. Tal vez, el desdibujamiento de la función del médico clínico y la superespecialización hace que pocas ramas de la medicina queden enfocadas en las familias. Mi trabajo durante estos últimos 30 años ha sido ampliar las anteojeras para entender que al lado de un chico, hay un padre y una madre, abuelos, tíos, amigos, colegio, barrio… Hay un momento en que nos encontramos con múltiples cajas que se van superponiendo. Los chicos son partes de un mecanismo mucho más complejo. El que no entiende el cosmos, no entiende al niño. Cuando llegan a la consulta y preguntan "¿qué le está pasando a mi hijo?", yo repregunto qué está pasando en la familia para que el hijo esté dando síntomas. Los adultos tienen mecanismos de represión que contienen, limitan, filtran la expresión de un sentimiento. Los chicos, no. Desde muy chiquitos saben si han sido buscados, queridos, esperados. La mirada integral me facilita mucho proponer algún tipo de tratamiento. –¿Qué es lo que más se ve en su consultorio? –Afortunadamente, la gran mayoría de las consultas son por enfermedades simples. Pero a las enfermedades simples no las solucionan los médicos; las solucionan los organizadores de ciudades, los que hacen las cloacas, los que aseguran que el agua sea potable, que los colegios estén limpios, que haya buen transporte. La salud está en manos de otra gente; los médicos trabajamos cuando algo sale mal. Los pediatras vemos que las grandes enfermedades físicas están resueltas, ya hay vacunas para casi todo, la mayoría de los chicos come. La pediatría en la que yo fui formado en los '80 se encargaba de las emergencias. Eso fue superado con el progreso social. Pese a todo lo que se diga, desde el punto de vista pediátrico estamos mejor. Sin embargo, los padres ven a sus hijos cansados o tristes. Piden vitaminas. Ahí es cuando uno tiene que manejar variables amplias. Hay que hablar un rato más en la consulta. ¿Por qué está cansado? ¿Qué hace todo el día? Y entonces me encuentro con chicos que tienen la agenda de un gerente de banco en quiebra. Están más ocupados que Obama. No puedo entender que tengan tantas obligaciones, aunque sus padres crean que es por su bien. –Usted siempre menciona el hecho de que los padres vuelven del trabajo hechos una ruina y sin ganas de prestarle atención a los hijos. ¿Qué consecuencias tiene esto en la salud de los chicos? –La consecuencias son tres epidemias fuertes: de soledad, de ansiedad y de indefinición de identidades. El problema de soledad, de orfandad de chicos de padres vivos, es un cuello de botella complicado de resolver porque los padres están trabajando muchas horas fuera de la casa y cuando vuelven siguen conectados con el trabajo, o están demasiado cansados para prestarle atención a los chicos. Como consecuencia de esto, a muy temprana edad, los chicos son tercerizados. Se encuentran en manos de gente muy buena, de docentes muy amorosos, entrenados, pero que no tienen el olor de la madre, la voz de la madre. Esto no cambia ni los fines de semana. Es más, la expresión "fin de semana" es un eufemismo; la semana de trabajo no termina nunca. A lo sumo, se expresa más el cansancio, que implica más permisos para los chicos, más comida chatarra... Entonces los chicos empiezan a hacer síntomas. La epidemia de desatención que existe hoy se debe a que los chicos se sienten desatendidos. Y estoy hablando de hijos de padres amorosos y preocupados por ellos, pero que no pueden resolver la ecuación de "trabajo y gano dinero" o "estoy con los chicos". Ya han pasado dos generaciones así, de padres que no saben jugar con sus hijos. Para peor, el almuerzo familiar desapareció, la merienda casi no existe porque los chicos hacen muchas cosas fuera del colegio, y la cena es una reunión de individualidades frente a la pantalla del televisor. Y nadie tiene valor para apagar la tele y afrontar el diálogo. –Es decir que hay que revertir el mensaje verbal y no verbal que presenta al trabajo como un castigo. –En algún momento, los chicos tienen que empezar a escuchar que el trabajo es algo bueno, porque ellos también deben pensar en su propio proyecto de vida. No está mal que los padres le dediquen tiempo al trabajo. Pero en algún momento, cuando el chico quiere hablar, hay que escucharlo y darle la prioridad. Puede ser algo importante o algo banal, pero hay que estar disponible para los chicos, y con alegría, además. –¿Cómo se manifiesta la epidemia de ansiedad? –La epidemia de ansiedad viene de la mano de la percepción del tiempo. La generación "doble clic" (ahora generación Z) asume las relaciones entre personas a velocidad web, y demanda que todo sea rápido, inmediato. Son impacientes, intolerantes, malos oyentes y con escasa concentración. Esto repercute en el cuerpo, originando enfermedades de ansiedad: cefaleas tensionales, gastritis, dolores de panza crónicos, dolores musculares. Se rompen los dientes de tanto apretar las mandíbulas de noche y no aprenden porque –dicen– "las maestras son muy lentas". –¿Y la epidemia de indefinición de identidades? –Lo de la indefinición de identidades tiene dos aspectos: el positivo, porque es una generación que se ha criado en medio de la aceptación de la diversidad, tanto religiosa y de géneros como de estructuras familiares. Entienden y conviven con gays y transexuales con una naturalidad que nunca antes se había visto. No les afecta, ellos nacieron con ellos. Al mismo tiempo, comprenden que las familias ensambladas ya son normales y que inclusive superaron en cantidad a las familias tradicionales. Lo negativo es que los límites de identidad personal son borrosos a la hora de las definiciones en la adolescencia, y surgen trastornos que se traducen en falta de compromiso, relaciones breves y sucesivas con otros chicos, promiscuidad. La superficialidad en los vínculos es inevitable, y les afecta cuando quieren concretar un proyecto. –La brecha social cada vez más amplia que podemos advertir en la calle, ¿cómo repercute en la salud de los chicos? –Incide profundamente. La brecha más notoria es la de la expresión oral. La pobreza verdadera comienza en la incapacidad de nombrar lo que sienten. En el consultorio, por ejemplo, no pueden decir qué les pasa. Hay chicos que no saben cómo hablar porque son la tercera generación de personas que no saben cómo comunicarse. Se expresan con mensajitos, gruñidos, empujones… Eso los deja muy cerca de la violencia. Creo que la gran manifestación de la brecha social de los próximos años va a ser que no nos vamos a entender aun hablando el mismo idioma. La recuperación del vocabulario sería una maravilla para evitar el acoso, el hostigamiento. Si uno no puede siquiera nombrar un sentimiento, la tristeza, principalmente, explota adentro. –¿En qué medida lo que los niños escuchan de los adultos en su casa, en la calle y en los medios incide en la manera en que ellos se piensan a sí mismos? –No influye para nada en ellos, pero sí en la forma en que ellos nos ven a nosotros. Ven que nosotros no ocupamos el lugar de adulto. Creen que es natural la falta de coherencia entre lo que decimos y hacemos. Ellos diferencian claramente realidad y fantasía. Es más, la violencia en la televisión no los afecta; lo que los pone mal es una trompada del padre a la madre. O al capó de otro auto que le rozó el paragolpes. –¿Los límites siguen siendo un gran tema en el cuidado de los chicos? –Es el tema más reclamado por los padres, pero yo lo veo al revés. Veo que los padres no ponen límites, porque cuando llegan a su casa tienen que pagar peaje por no haber estado en todo el día y entonces todo está permitido. Así se pierden las jerarquías. En cambio, los límites les quitan ansiedad a los chicos, les devuelven la condición de hijos, les dan la seguridad y tranquilidad de que tienen a un adulto que los cuida. Y eso es lo que más necesitan.

