Mitos y sentidos del parto del peronismo
En la memoria peronista, en sus ritos y conmemoraciones, es más importante el 17 de octubre de 1945 que el 24 de febrero de 1946 (fecha en la que Perón ganó las elecciones presidenciales).
En la memoria peronista, en sus ritos y conmemoraciones, es más importante el 17 de octubre de 1945 que el 24 de febrero de 1946 (fecha en la que Perón ganó las elecciones presidenciales). Esta observación permite aproximarnos a la doble legitimidad del peronismo: la primera descansa en un discurso épico reflejado en el encuentro mítico entre Perón y su pueblo (concebido como una totalidad) en Plaza de Mayo, y por ende, en una relación de tipo carismática entre la Nación y su líder; la segunda se apoya en la lógica liberal democrática por la cual el peronismo se reconoce como una “parte” de la comunidad política en competencia con otras fuerzas políticas a través del proceso electoral. Esta dualidad de fuentes de legitimación es clave para comprender al peronismo como identidad colectiva. Esta fue marcada siempre por una tensión interna entre la vocación hegemónica y el apego a las reglas del pluralismo democrático.

En los años del exilio de Perón, el 17 de octubre fue un grito de combate de la resistencia peronista (“Fusiles y machetes por otro 17”, era la consigna que se pintaba en las paredes). Tras su regreso al país en 1973, se reformuló para poner el acento en su carácter de “Día de la Lealtad”, en clara alusión a los jóvenes díscolos de la izquierda peronista: la cultura de la resistencia cedía paso a la hegemonía del verticalismo.
La resignificación de la fecha fue aplaudida por la inmensa mayoría de los gobernadores, la CGT y las 62 Organizaciones Sindicales, al igual que los sectores más violentos de la derecha peronista.
Montoneros respondió con la “teoría del cerco”, una ficción según la cual el líder se encontraba preso de su entorno, básicamente de su esposa María Estela Martínez y de José López Rega, su poderoso ministro de Bienestar Social. De este modo, podían criticar y desafiar las políticas del líder, conservando al mismo tiempo la identidad peronista.
El 17 de octubre marcó el nacimiento de una identidad colectiva que descansaba en tres atributos: un liderazgo carismático, una forma de hacer política en la cual la movilización popular jugaba un papel relevante y una elite reformista, de origen militar, dispuesta a producir cambios en las relaciones sociales. Su principal desafío era articularse con una clase obrera fuertemente organizada en sindicatos. A las 23.30, al hablar a la multitud desde el balcón de la Casa Rosada, Perón (de saco y corbata) inició su discurso reconociendo el papel central de los trabajadores organizados.
El mito de Evita
Evita no jugó un papel importante en la génesis de la movilización popular. Cuando el 9 de octubre Perón fue destituido de sus tres cargos (vicepresidente de la Nación, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión), Evita era una figura desconocida tanto en el ámbito gremial como para las grandes masas de la población. Tras la detención de Perón, su primera reacción fue pedir una audiencia a las autoridades de gobierno: se la otorgaron para un mes después. Más tarde, ella misma reconoció: “Yo viví esa realidad como una más” y adhirió fervorosamente a la hipótesis del carácter espontáneo del movimiento: el pueblo salió solo a la calle, nadie dio el toque de salida, afirmó en la Escuela Superior Peronista.
El mito del despertar del pueblo dormido
El 17 de octubre tuvo un componente espontáneo y otro organizado. Pero la historia oficial del peronismo tiende a rendir más culto al primero que al segundo.
Los mitos del origen constituyen un género que tiene predilección por los escenarios vírgenes, ahorra los prefacios y omite las raíces. En su vanidad fundacional, ignora que los fenómenos sociales son el producto de procesos históricos de larga y media duración. Su obsesión es marcar un antes y un después. Por eso se prefiere pensar a Perón como una suerte de rey taumaturgo que despertó a “un pueblo dormido”. No sólo se borraba así el papel protagónico de izquierdistas y anarquistas en medio siglo de luchas sociales, sino que se cerraban las llaves para comprender el papel clave de un amplio sector del sindicalismo argentino, fogueado desde la década del ’30 en prácticas de negociación con el Estado, que vio en Perón la mejor opción en el abanico de posibilidades que le ofrecía su época.
En última instancia, se soslayaba también el importante rol jugado por los gremios seducidos, en el bienio precedente por la Secretaría de Trabajo y Previsión. Por eso, la primera consecuencia organizativa del 17 de octubre fue la creación del Partido Laborista, promovido por el dirigente de los trabajadores de los frigoríficos, Cipriano Reyes. En junio de ese año, el laborismo británico había ganado las elecciones a los conservadores y constituía un faro para aquellos militantes obreros interesados en avanzar hacia un Estado de bienestar. Pero sus pretensiones de autonomía respecto de Perón serán pronto defraudadas.
En Córdoba, menos masivo y más violento
En la inmensa mayoría de las provincias, el 17 de octubre no fue escenario de ninguna manifestación. Al día siguiente, en cambio, comenzó a cumplirse el paro de actividades dispuesto por la CGT y el Comité Nacional de Huelga.
En nuestra ciudad rechazaron adherir al paro la seccional Alta Córdoba de la Unión Ferroviaria, el Centro de Empleados de Comercio y el Sindicato Obrero de la Construcción. El paro del 18 fue menos masivo que en otros lugares (por ejemplo, en Río Cuarto la actividad fue normal) pero más violento: se atacaron las sedes de sindicatos adversos como el de la Construcción (hubo varios heridos de bala), se apedrearon comercios que se negaban a cerrar sus puertas, los diarios, y las sedes del Jockey Club y el Club Social.
Lucas de Olmos, exdecano de la Facultad de Derecho tras el golpe de junio de 1943 y figura de la elite católica tradicionalista, habló ante unas 2.500 personas en la plaza San Martín. Asomaba así la génesis de un movimiento heterogéneo pero potente, cuyas contradicciones internas no tardarían en aflorar a la superficie: tras el triunfo electoral peronista de 1946, la provincia sufrió la intervención federal al año siguiente.
*Director del Programa de Historia Política de Córdoba de la UNC / investigador del Conicet

