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Mayo también es literatura

Tras la Revolución de 1810, "la literatura comienza a manifestarse bajo formas vivas y a circular como sangre de todo el cuerpo social".

15 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
Mayo también es literatura

En 1870, Juan María Gutiérrez, el padre de la crítica literaria argentina, advirtió que, tras la Revolución de 1810, "la literatura comienza a manifestarse bajo formas vivas y a circular como sangre de todo el cuerpo social, habiendo permanecido estancada hasta entonces en la región estrecha de los placeres intelectuales, íntimos y aislados".

Esa nueva literatura, a la que Gutiérrez considera "la verdadera poesía popular" e "hija de la historia", es la poesía gauchesca, cuyas primeras composiciones han quedado asociadas al poeta oriental Bartolomé Hidalgo.

Tangencialmente, Gutiérrez participa de una incipiente discusión sobre el canon literario argentino: opone poesía popular y cultura letrada, no distingue orientales de argentinos, y fija a la Revolución como origen de algo diferente.

Cuarenta años más tarde, alrededor del Centenario, aquella discusión estalla. Leopoldo Lugones, en unas conferencias, coloca al Martín Fierro de José Hernández -y por él, a la gauchesca- en el centro de nuestro canon (esas conferencias luego forman un libro, El payador ).

De aquí en más, como ha escrito Carlos Altamirano ( La fundación de la literatura argentina ), se dota "a la figura del gaucho de una nueva función cultural. Es decir, no ya tema de evocación nostálgica, sino elemento activo de identificación".

El consenso alrededor de esta posición fue tan fuerte que si avanzamos 40 años más y llegamos a 1951, en una famosa conferencia ("El escritor argentino y la tradición"), Jorge Luis Borges impugna la idea de que toda nuestra tradición esté condensada en la gauchesca.

Este rápido repaso puede hacer pensar que la base de nuestro canon literario se organizó hacia el Centenario sin disputas ideológicas importantes. Nada de eso. En Los textos de la patria. Nacionalismo, políticas culturales y canon en Argentina (Beatriz Viterbo, 2007), Fernando Degiovanni estudia "una de las batallas más perdurables y cruciales por la imposición de un canon" nacional, la que se produjo poco después del Centenario y cuyos protagonistas fueron Ricardo Rojas y José Ingenieros, editores de dos colecciones de libros que se sostuvieron a lo largo de una década.

Naturalmente, cada una creaba una versión específica del canon. Las dos se inscriben en el nacionalismo que tiñe esa época, pero difieren en la forma de señalar, a través de los textos literarios, el desarrollo de la argentinidad.

Explica Degiovanni: "Si frente a la doble cuestión de la inmigración masiva y la reforma electoral, Rojas iba a sostener que la argentinidad excluía toda postura política de izquierda y tenía sus bases en los valores culturales de los grupos criollos ajenos a cualquier cosmopolitismo de ideas, la empresa de Ingenieros se centraría en el diseño de un repertorio textual que afirmaba al mismo tiempo el lugar crucial de las doctrinas jacobinas y socialistas en los orígenes de la nación y hacía de los inmigrantes componentes decisivos de la argentinidad".

Semejante discusión demuestra que inventar una nación no sólo implica crear argumentos, sino también narraciones que la sostengan.