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Mayo siempre fue una fiesta

Bartolomé Hidalgo, le cuenta a su amigo Jacinto Chano, cómo la ha pasado en las Fiestas Mayas de 1822. Rogelio Demarchi.

30 de mayo de 2010 a las 12:01 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
Mayo siempre fue una fiesta

En el que se considera el último poema del oriental Bartolomé Hidalgo, Ramón Contreras, un gaucho de Guardia del Monte, le cuenta a su amigo Jacinto Chano, capataz de una estancia en Islas del Tordillo, cómo la ha pasado en las Fiestas Mayas de 1822.

Juan Carlos Garavaglia, en Construir el estado, inventar la nación (Prometeo Libros, 2007), explica que los festejos porteños por el 25 de Mayo recibieron la denominación de Fiestas Mayas desde 1813, cuando se organizó una serie de actos que abarcaron una semana entera, desde el 24 hasta el 31. Con todo, agrega que ya en 1811 se conmemoró la instauración de la Primera Junta en cada barrio de la ciudad y durante varios días, y que las Fiestas Mayas no se realizaron sólo en Buenos Aires sino en varios puntos del antiguo virreinato, "alcanzando incluso lugares como Montevideo o Maldonado".

Esta forma de celebrar, en realidad, se apropió de una tradición instalada en la época de la colonia. Una fiesta popular, en el período tardocolonial, implicaba baile, "máscaras", representaciones teatrales, lectura de poemas, carros triunfales con inscripciones alegóricas, carreras de caballos, búsqueda de la sortija y corridas de toros.

Todo eso figura en el relato que Contreras le hace a su amigo Chano. Le habla de los arreglos florales y las luces, la "versería" (los recitados), los músicos y los bailes, los fuegos artificiales, las funciones teatrales, el desfile de militares y de gauchos a caballo, la presencia de las autoridades, la disputa por la sortija y la competencia del palo enjabonado (donde destaca la participación de un inglés "baquiano"). Y si algo resalta, por la emoción que causó en los presentes, es la participación de "los escuelistas" (niños de las escuelas) y que uno de ellos "que tendría 12 años / nos echó una relación...", es decir, leyó un discurso sobre el significado de la fecha patria.

Como bien afirma Garavaglia, el poema "muestra que la fiesta hace tiempo que había escapado al espacio lúdico exclusivo de la ciudad y forma parte también del mundo de la cultura popular rural".

Había algo más. Aquellas fiestas alentaban esa utopía revolucionaria que hablaba de la libertad y la igualdad. El 25 de mayo se sorteaban los dineros destinados a subsidiar a artesanos, familias pobres, niños huérfanos y la libertad de cierta cantidad de esclavos.

Si la dura realidad del momento impedía alcanzar el gran objetivo social, al menos esos premios lo hacían posible en mínima escala y le aseguraban a toda la comunidad su vigencia y la necesidad de seguir luchando por ellos.

La diversión, entonces, tenía una clara finalidad política. Si la lengua, la religión y la cultura no alcanzaban para construir la nueva identidad, porque no permitían establecer un corte radical con el pasado, la celebración del 25 de Mayo debía grabar en la memoria social el día en que había nacido el nuevo régimen.